lunes, 3 de enero de 2011

Presentación del B 7


La primera novela de Miguel Aceytuno se presenta este lunes, 10 de Enero en la librería Bertrand (Rbla Catalunya 37). Uno de los roleros más entusiastas y prolíficos de este pais se desmarca por fin con su gran afición: la historia naval, y se desvela como el gran contador de historias que siempre ha sido.

La presentación es a las 19:30. Charla con el autor, algo de cava y la posibilidad de que te firme un ejemplar calentito si consigue pillarlo... ¿Te lo vas a perder?

(Fragmento)



(...)El B-7 era un submarino tan desgraciado, que no teníamos ni cocinero. A diferencia de nuestros barcos hermanos, no estábamos ni en Cartagena, con los de instrucción, ni en Mahón, con el resto de la serie. Nuestra base era la Carraca. Dos veces al mes, de mañanita, soltábamos amarras y salíamos hacia el estrecho. Ahí hacíamos inmersión y esperábamos a los Churruca, el ojito derecho de la flota. Material inglés, pero todo hay que decirlo, destructores conductores de primera, un lujo. Como no hemos tenido y no volveremos a tener, se lo digo yo. Jugaban un ratito al gato y al ratón con nosotros -lo que nos dejaban las baterías, ya de fábrica justitas en esta serie, y en este caso con más puentes que el Camino de Ronda- y volvíamos a casa para cenar, y a dormir cada uno en nuestra camita. Como los señores.

Yo amaba con toda mi alma a aquel cascarón. Bien cierto es que había estado a punto de desguazarse tras un fallo en el soplado de los lastres que casi les envió al fondo, bendito fuera el maquinista de guardia al mandar sopla toda sin esperar a que el oficial se diera cuenta de la que acababa de liar, y tras el choque con aquel mercante, que tenía que ser inglés, me cago en todo.

Pero algún contador de capitanía pensó que aquello aún tendría un buen uso, y aquí estábamos, para que los galgos de acero probaran los dientes. De ahí que los salaos de la base nos llamaran por mal nombre “La Liebre”. Mucho gracioso suelto es lo que hay, se lo digo yo, cuando aquellas máquinas no daban más allá de diez nudos.

Para un auxiliar segundo como yo era un destino genial. Estaba en funciones de jefe de máquinas, haciendo y deshaciendo a mi gusto, con permiso del comandante. De no ser así, hubiera terminado carboneando en el Abuelo… quiero decir, el acorazado España. Era un puesto como mínimo para un oficial, pero ya se sabe como hacemos las cosas en este país. Hacía ya como un par de años que me lo habían dado provisionalmente, con la promesa de que en semanas se iba a regularizar la situación.

Además de un servidor de ustedes, los fijos de la dotación eran el señor comandante –de él hablaremos más tarde-, un cabo electricista, Biela, un cabo de radio, Curriyo, dos fogoneros preferentes, un marinero carpintero y cuatro chavales para todo, que eran los que más trabajaban. El resto de la dotación eran suboficiales, cabos y marineros alumnos de todo pelaje y especialidad, que de lunes a viernes trasteaban las tripas del B-7. Cuando terminaban la teórica del curso realizaban las prácticas de máquinas o electricidad con nosotros, o con otro par de barcos tan desgraciados como el nuestro.

(...)

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