domingo, 7 de octubre de 2012

De Desencuadernadas, Garitos y Fulleros (II): Donde jugar: Casas de juego y Casas de conversación



Se juega en todos y cada uno de los rincones de las Españas, que ya se sabe que la nobleza tiene por gran deshonor el trabajar en otra cosa que no sea servir al Rey en la diplomacia o con las armas, y de tanto ocio por fuerza ha de nacer el aburrimiento, que es una de las madres del pecado. Como en muchas otras cosas, son la Villa de Madrid, por ser capital, y Sevilla, por ser la desembocadura del río de riquezas que  nace en las Américas. Más de trescientos garitos hay en esa ciudad, y la Villa y Corte no le anda muy a la zaga. Juegan señores y vasallos, nobles y pícaros, se juega en los salones de los Palacios y en las ruinosas covachas de los barrios más bellacos. Juegan hombres y aún mujeres, en cuarteles y en cárceles, en salas de justicia y en mancebías. Pero como hay que distinguir, y aunque cualquier sitio es bueno para echar una baraja, vamos a hablar aquí de los locales exclusivamente dedicados al juego.

Casas de juego

Llamadas por mal nombre Mandrachos, Leoneras y otros aún más germanescos, son locales autorizados por Real Licencia, que se suele dar a soldados lisiados en la guerra, de probada honra, reconocido valor pero escasa bolsa, que tienen así un modo de ganarse honradamente el pan.

Tampoco es mala cosa que el amo o encargado de la casa de juego sea hombre bravo, pues ha de lidiar con los que tienen mal perder, que nunca es del agrado de uno irse con la bolsa menguada o vacía, o con los fulleros y sus cómplices, que todo el disimulo que le ponen a ejercer su arte se vuelve bronca y bellaquería, cuando se sienten descubiertos.
Casas de juego las hay de mayor o menor importancia, llamando los jugadores, comúnmente, “Garitos” a las casas más humildes, en los que la clientela suele ser más miserable. Dicen las gentes doctas que tal nombre viene de la palabra “garita”, que así se llaman los estrechos aposentos de las galeras. Es costumbre pagar una pequeña cantidad para entrar en las casas de juego, se juegue luego o no. Este pago recibe el nombre de paila o coima. Y no se extrañen de que haya quien pague y luego no juegue, que aún en los garitos más infectos no falta alguna comodidad con la que atraer al ocioso, ya sea un botijo con agua fría en verano o un braserillo más valiente que eficaz en invierno. Casas con más pretensiones añaden algún vasejo de vino a los que consideran buenos clientes, o un bocado a los que llevan mucho tiempo jugando, para que el rugir de sus tripas no les obligue a alzarse de la mesa. Y aún diré más, que hay que, yendo cada día a una Casa de Juego sin tocar nunca una baraja, sale diariamente de ella con beneficio. Pero tenga paciencia el lector, que primero es uno y luego, lo otro, y pronto a describir esa gente llegaré.

En una casa con licencia solamente se pueden jugar a los juegos de cartas legales, y nunca a los dados, por ser considerados peligrosos, pues como hasta un zagal sabe es en ellos mucho más fácil hacer la flor. De lo cual se lamentan mucho los soldados, que son muy aficionados a ellos. Claro que, como ya se ha mentado, del dicho al hecho, hay demasiado trecho, y hasta la más honrada de las casas de juego tiene algún lugar tranquilo donde la clientela de confianza se puede saltar las normas.

Casas de conversación

Pero las personas de calidad prefieren distraer sus ocios en las Casas de Conversación, lugares selectos donde, pese a que no se paga por entrar, no puede colarse cualquiera. En ellos se charla de nimiedades, se debate sobre la política del reino o sobre la última decisión de Olivares, los poetillas recitan a sus amigos más íntimos sus poesías y se establecen, a veces, hasta duelos de ingenio, acertijos y composiciones rimadas improvisadas. Y, por supuesto, también se juega. Y a veces a juegos ilegales, y con apuestas altas, que hay que tener muchos hígados o ser muy insensato para sostenerlas, que al no estar estas Casas tan vigiladas por la ley como las Casas de Juego, pueden ser más peligrosos aún que ellas.

Ni que decir tiene que garitos ilegales hay ciento y más, y en ellos se juega a todo tipo de juegos, siendo los preferidos los de estocada, ya que puestos a ser deshonesto, mejor pecar por lo alto que no por lo bajo. De cuando en cuando alguaciles y corchetes hacen alguna redada en uno de estos antros, pero no crea el lector que suele pillar a los jugadores con las manos en la masa, que la cosa suele ser al contrario: Que un Mandracho ilegal puede tener una única puerta para entrar, pero a buen seguro tendrá mil y una salidas. Y no faltan ojos y oídos atentos, que den alarma de la llegada de la gurullada, dando tiempo al grueso de la tropa a emprender la huida:

Si la casa es grande, usan postigos falsos a otra calle; si es pequeña, sobornan a los vecinos para saltarlas paredes y tejados; si tienen, por suerte, alguna iglesia cerca de ella, se valen a costa de su fábrica con muchas tejas quebradas y otros daños. Entiéndense los centinelas y avisos que tienen para este fin con unas metáforas extrañas (...) Sin saber cómo (...) en un momento despachan los fulleros, unos por aquí y otros por otra parte; y apenas cuando entra la justicia halla hombre de los que jugaban (salvo los que tienen vara alta con alguaciles y escribanos)
Luque Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos.
Hablando en germanía:
Nombres de las cartas
As: Asa Fuerte, Eslabón, Punto, Suerte Sola.
As de Espadas: Espadilla.
Cuatro de Bastos: Palos Vacíos.
Dos de Bastos: Horca.
Ocho de Oros: Tabla de Horno, Tabla de Pan.
Rey: Casa Grande.
Seis de Copas: Calle del Puerto.
Siete: Cueva del Becerro, Ronda, Setenil.
Sota: Cuatro letras, Puta (del palo que sea, Espadas, Bastos, Oros o Copas), Soldado.
 

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