jueves, 30 de abril de 2015

De dragones y de hombres



            Evidentemente, no podría ser de otro modo: Como grandes creadores de criaturas míticas que eran, al Dragón lo inventaron los griegos. También le dieron nombre: drakö, aunque preferían llamarlo dercein. Así llamaron Hesiodo y Estrabón a las serpientes gigantes que vivían en los confines del mundo, reptiles que poseían en ocasiones rasgos de otros seres: cabeza de caballo, alas laterales de murciélago, garras de águila...
            Apolo, ese dios repelente y marcadamente homosexual (por no decir abiertamente maricón), tuvo el dudoso honor de inaugurar la galería de matadragones pasándose por la piedra a la pobre Pitón, la Dragona/serpiente a la que se le rendía culto en Delfos. Convenientemente reeducadas, las sacerdotisas, las Pitias, seguirán masticando laurel y farfullando las predicciones sagradas durante toda la antigüedad, eso sí, ya bajo la advocación de Febo Apolo. Robert Graves (en su estudio "La Diosa Blanca") señala el hecho como la lucha entre una diosa femenina, terrestre, y un dios macho (aunque sea poco) que "purifica" el culto y somete a las sacerdotisas. La vieja lucha del paso del Matriarcado al Patriarcado... Bien pudiera ser que la serpiente gigante fuera una de las representaciones de la arcaica diosa madre griega, si se tiene en cuenta que Homero describe en la Iliada el escudo de Agamenón con "un dragón tricéfalo de color azul". Por lo menos sospechoso, si tenemos en cuenta que ese mismo Agamenón sobrevivirá a diez años de guerra en Troya para morir ejecutado ritualmente por su mujer, Climmenestra, con un hacha de doble filo... La ejecución que los cultos matriarcales neolíticos reservaban a los jefes-guerreros cuando se les terminaba el tiempo de mandato (no fuera a ser que se lo creyeran demasiado). Por cierto, solían ser ocho años, y hay quien dice que el ajedrez no deja de ser una representación simbólica del asesinato de ese rey...
            Perdonen el off topic... ¿Dragones, no? Bien, vuelvo...
             Sea como fuere, el dercein no era demasiado querido por los héroes griegos de la época clásica. De hecho, si leemos los mitos, parece que masacrarlos fue durante un tiempo deporte olímpico: Herakles, Cadmo, Perseo, todos en algún momento se enfrentaron a algún dragón, normalmente en horas de trabajo del pobre bicho, mientras se kurraba el custodiar unas manzanitas de oro, o una princesita, o lo que fuera menester. Que ser guardián era lo suyo, y de ahí su nombre. Pues en griego clásico, dercein significa "ver".
             Nuestro querido bicho tuvo mejor suerte con los romanos. Lo llamaron draco –önem, tomando su nombre menos utilizado, que seguramente les gustaría más. Lo convirtieron en insignia militar: Un dragón era la enseña de una cohorte (500 hombres, la décima parte de una legión, que, por cierto, usaba como emblema un águila... de nada) Los portadores de las enseñas del dragón recibían el nombre de draconarius. El primero de los muchos dragones de dos patas. Luego volveremos sobre eso.
            Hasta un tipo normalmente tan serio como Plinio se permitió un par de anécdotas sobre los dragones: Así pues, gracias a él sabemos que en verano al dragón le apetece la sangre del elefante, que es muy fría: Lo ataca, se le enrosca, le clava los dientes, lo mata. Por desgracia, al morir el elefante rueda por tierra, aplastando al Dragón...
            ¿Qué quieren que les diga? Prefiero una cervecita, a ser posible en jarra helada...
            Siempre según Plinio, los dragones, además de inventar el refresco, inventaron el turismo: en Etiopía cuatro o cinco dragones se ponían de acuerdo para atravesar el Mar Rojo rumbo a Arabia, abrazándose y formando con sus cuerpos... ¡una especie de embarcación que flota! (Y luego dicen que los jugadores de rol tenemos demasiada imaginación)
            Pero para los romanos, el dragón también era fuente de remedios entre medicinales y mágicos: sus ojos, secados y batidos con miel, eran linimento eficacísimo contra las pesadillas; con la grasa de su corazón, guardada en la piel de una gacela y atada al brazo con los tendones de un ciervo se creaba un talismán infalible en los litigios judiciales. Un collar de dientes de dragón volvía indulgente al amo y gracioso al rey. Y los ingredientes de una poción que hacía invencible a quien la tomase eran el pelo y la médula del león, la espuma de un caballo ganador en una carrera, las uñas de un perro y, por supuesto, los sesos de un dragón...
            Hay constancia que estos remedios se vendían en la Roma de los Césares. No me pregunten a mí sobre la autenticidad de los ingredientes.
            Los Bizantinos, herederos de los romanos en muchos aspectos, crearon una simbología propia para el dragón: Lo consideraron símbolo del Caos, de calamidades públicas como la enfermedad o el hambre. Por ello lo representaban alegóricamente, siendo vencido por un centurión. La Civilización venciendo a la Barbarie...

            Esta alegoría bizantina tuvo dos herederos directos iconográficamente hablando: los bárbaros se quedaron con la copla que les interesó, en concreto la idea de que los dragones daban miedo. Los nórdicos que se iban de viking (léase saqueo y masacre) al sur cuando la cosecha ya estaba recogida pintaban dragones en sus escudos y esculpían cabezas de dragón en las proas de sus naves. Dragones había en los estandartes de Inglaterra, de Gales, de Escocia... Dragones blancos para los sajones, rojos para los bretones y normandos. Valor para los nuestros, terror para nuestros enemigos. Como se dice en el romance de Athis: Ce sudoient Romains porter / ce nous fait moult à redouter... (lo que viene a decir, en traducción libre, que si lo usaban los romanos, por algo sería)
            El otro alumno aventajado que se aprendió la lección bizantina fue, evidentemente, el cristianismo. Religión masculina (hasta podríamos decir que razonablemente machista), heredera del judaísmo (más machismo todavía), ya habían tenido sus más y sus menos con la Serpiente (¿De nuevo el culto femenino a la tierra?). Y claro, una culebrita no da mucho miedo... Pero un Dragón... es otra cosa. Así que retomaron la imagen del centurión y del dragón, llamaron al centurión San Jorge (o Arcángel San Miguel, lo que haga falta) y al pobre Dragón... pues eso, Lucifer, Satanás, Demonio... La identificación del Dragón con la Bestia del Apocalipsis de San Juan es ya evidente en tiempos de San Agustín: "... el diablo es león y dragón: león por el ímpetu, dragón por la insidia..." Los artistas medievales se encargarán de plasmar mil y un dragones en las gárgolas de las catedrales, en los torturados capiteles de los claustros, en los enfermizos Bestiarios, Libros de Horas y Beatos. Reptiles a menudo negros, ya con cola de serpiente, alas de murciélago, garras de león, a veces patas de águila y aguijón de escorpión. Pero no se confíen, que como bestia maligna que es, a veces cambia, y lo vemos con cabeza femenina y larga cabellera (¿otra vez la vieja analogía mal=serpiente=mujer?)
            Guardián, curiosidad, alegoría, bestia del mal... el último estadio en el que acabó nuestro pobre dragón fue el del mito. Cuando pasa de moda su imagen de bestia infernal, es cada vez menos creíble como criatura posiblemente real. Posiblemente, el último en tratar a los dragones desde un punto de vista científico es Conrad Gesner en su Historia Animalium (mediados siglo XVI)
             En Asia, el mito del dragón evolucionó de manera distinta. En China al dragón se le llama Lung, y por lo demás su iconografía es inquietantemente parecida a la occidental: cuerpo de serpiente, alas, grandes garras, cuernos y colmillos... Es un animal muy sabio, relacionado con el cielo y los fenómenos atmosféricos, en especial la lluvia. Se convirtió en el protector del imperio: El trono del emperador era el trono del Dragón; su cara, el Rostro del Dragón. Y cuando moría, se decía que subía al cielo a lomos de un dragón (evidentemente).
            Había dragones malvados. A veces, intentaban devorar el sol. Y los campesinos, al ver un eclipse, empezaban a gritar y a hacer ruido, para asustar al Dragón malo. Siempre lo conseguían, menos mal. De todos modos, hasta un niño podría domar un Dragón chino: Solamente hay que apoderarse de la perla que lleva consigo, en la que está todo su poder... Se volverá inofensivo si se la quitan. Muchas tradiciones, sin embargo, dicen que los dragones, astutos ellos, suelen tragársela. Que no es plan de poner las cosas fáciles...
            Cualquier texto sobre dragones quedaría cojo si no citara a Borges. El argentino exquisito, fabulador y razonablemente coñón los describió deliciosamente en su obra "El libro de los Seres Imaginarios" (haciendo más referencia al dragón oriental que al occidental, como se verá:
             Según Borges, en el dragón hay nueve semblanzas: sus cuernos se parecen a los del ciervo, su cabeza a la del camello, sus ojos a los de un demonio, su cuello al de la serpiente, su vientre al de un molusco, sus escamas a las de un pez, sus garras a las del águila, las plantas de sus pies a las del tigre, y sus orejas a las del buey. Algunos hay que en lugar de orejas tienen cuernos, pero oyen bien, posiblemente a través de éstos. Sus huesos, dientes y saliva tienen virtudes medicinales. Puede ser visible o invisible a voluntad. En la Primavera sube a los cielos, en Otoño se sumerge en el mar. Hay Dragones Celestiales, que llevan en sus lomos los palacios de los dioses; Dragones Divinos, que rigen los vientos y las lluvias; Dragones Terrestres, protectores de arroyos y ríos y Dragones Subterráneos, guardianes de tesoros...
            Con todo, como ya se apuntó más atrás, los dragones más peligrosos siempre han sido los de dos patas. Con el nombre de dragón se bautizó al soldado de caballería armado también con arma de fuego. Dragones fueron (por citar un único ejemplo) los protagonistas de las Dragonadas, las persecuciones llevadas a cabo contra los calvinistas franceses durante el reinado de Luis XIV: se arrastró a las gentes por los cabellos hasta los templos católicos, se les colocaron yugos como si fueran bueyes, se derribaron sus templos y se expulsó de Francia a los que, a pesar de todo esto, no se convirtieron... Y claro, sin "ninguna razón" todo terminó en una sangrienta revuelta. , la rebelión de los camisardos en julio de 1702...
            Pero no hablemos de historias reales, que al fin y al cabo, este blog sólo habla de monstruos de fantasía.

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