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domingo, 26 de agosto de 2018

La Historia tras la Leyenda 3. El Zorro




El personaje de “El Zorro” nace en 1919 de la pluma de Johnston McCulley, en su novela “La maldición de Capistrano”. El éxito de la misma impulsó al autor a escribir más de 60 novelas sobre el personaje, la última de las cuales, “La máscara del Zorro” se publicó ya póstumamente. Otros autores, con posterioridad, tomaron el relevo. ¡Incluso una escritora tan seria como Isabel Allende! Pero el Zorro tiene muchas vidas, no sólo la literaria. Seriales radiofónicos, tele-novelas, series de televisión, dibujos animados, cómics y sobre todo una larga serie de películas han contribuido a la popularidad del personaje.

¿Y quién es el Zorro? Se trata de un misterioso espadachín enmascarado, vestido de negro, con capa y sombrero de ala recta, según l moda en California. Defiende a los pobres e indefensos de funcionarios corruptos y de otros villanos que actúan con impunidad gracias a su poder. Bajo su máscara se esconde don Diego de la Vega, un aristócrata hispano californiano que, a la manera de Bruce Wayne en el Batman de  Bob Kane y Bill Finger, finge una personalidad frívola e indolente. Las aventuras escritas por McCulley transcurrían en Los Ángeles durante la época del gobierno mexicano (entre 1821 y 1846), aunque adaptaciones posteriores lo han situado durante la etapa virreinal española. ¡Incluso una película italiana de 1963 lo sitúa en el siglo XVII, enfrentado nada menos que a los tres mosqueteros! (Se lo juro: el film se llama “El zorro y los tres mosqueteros”. Véanla, si lo desean, bajo su propia responsabilidad)

McCulley según su propia confesión, creó el personaje basándose principalmente en un personaje histórico: El bandido Joaquín Murrieta Orozco, apodado “El Patrio”, “El Bandido de la Montaña”, “El Jinete sin cabeza”, “El Coyote”... y “El Zorro”.


Sobre su lugar de nacimiento hay dos teorías:
La más aceptada dice que nació en el estado de Sonora (México), donde el apellido Murrieta es común, y donde junto a su hermano se dedicaba a la cría de caballos.
Otra afirma que era de origen chileno, nacido en Quillota, a unos pocos kilómetros al norte de la ciudad de Valparaíso. Esta tésis afirma que fue soldado en la escolta de Manuel Bulnes Prieto, presidente de la República de Chile entre 1841 y 1851, teniendo que huir del país por haber dado muerte a un alto oficial del ejército chileno (que había matado a un hermano menor de Joaquín).

Sea como fuere en 1850 Joaquín Murrieta, su mujer Rosita Félix y su hermano menor Carlos se encuentran en California, en plena “fiebre del oro”. Muchos mexicanos y chilenos (junto con gentes un poco de todas partes) se han trasladado allí en busca de la quimera del oro que dicen que empiedra los ríos y se puede sacar sin esfuerzo. Evidentemente, es una exageración... pero algunos compatriotas tienen suerte. Eso no gusta en absoluto a los blancos de origen anglosajón o europeo, que consideran que el oro californiano les corresponde a “ellos” y no a desarrapados “greasers” (grasientos, nombre despectivo con el que se referían a los hispanos). La cosa fue que el gobernador de California general Persifor Smith acusó al colectivo latino de “alterar el orden” y firmó un edicto de expulsión: A partir de la notificación se les daba tres horas para irse... sin llevarse absolutamente nada más que lo puesto. Ni sus pertenencias, ni sus herramientas de buscadores de oro. Ante las protestas (y los disturbios que ocasionó la puesta en práctica de la ley) ésta se suavizó: Podían quedarse... pero como “eran extranjeros” se les impuso un impuesto especial de 20 dólares mensuales (el llamado “Foreign Miners Tax” algo que no se exigía a irlandeses, polacos, alemanes y otros europeos, por cierto). Además, las autoridades “miraban para otro lado” en los delitos causados por la población anglosajona y europea contra la población latina.
Lo más irónico es que, hasta 1848, esas tierras formaban parte de México. Los 75.000 hispanos nacidos allí se convirtieron, de un día para otro, en extranjeros en su propia patria.

En este clima de racismo y hostigamiento, Carlos Murrieta fue ahorcado sin juicio acusado del robo de un caballo. Y a Rosita Félix la violaron y la asesinaron. Hubieran matado a Joaquín, pero no estaba en casa ese día. Lamentarían (y mucho) no haberlo encontrado. Joaquín Murrieta no se molestó en denunciar el caso a las autoridades: Al fin y al cabo, era ilegal que un hispano denunciase “a un blanco” por cualquier delito, real o ficticio. En lugar de ello, decidió tomarse la justicia por su mano. Al igual que muchos otros se hizo bandido. Pronto figuró como integrante de una curiosa banda llamada “los cinco Joaquines”, ¡pues todos sus miembros se llamaban Joaquín! (Joaquín Murrieta, Joaquín Botellier, Joaquín Carrillo, Joaquín Ocomoreña y Joaquín Valenzuela). Luego se convirtió en líder de su propia banda, junto a otro bandido que se convirtió en su lugarteniente y mano derecha: Manuel García, más conocido por su alias de “Jack Tres Dedos”. Entre los años 1850 y 1853 se atribuyen a Joaquín Murrieta y sus asociados robos por un total de 100.000 dólares y más de cien caballos, así como la muerte de 22 personas (tres de ellos, agentes de la ley). Sin embargo, nunca atacaron ni robaron a un mexicano ni a otro hispano. De hecho, esa comunidad les protegía y ocultaba cuando había necesidad.

Para detener a Murrieta el nuevo gobernador de California John Bigler creó el 11 de mayo de 1853 un grupo especial de alguaciles, que fue bautizado como “Rangers de California”, al mando de un ex Ranger de Texas llamado Harry Love. En realidad eran un grupo de caza recompensas sin escrúpulos a los que el gobernador prometió inmunidad total y una recompensa de 5.000 dólares (una suma más que considerable para la época) si le traían la cabeza de Murrieta. El recién creado grupo tuvo un éxito asombroso: algo más de un mes más tarde (el 25 de julio) se enfrentaron a un grupo de bandidos mexicanos matando a dos... ¡que “casualmente” resultaron ser Murrieta y su lugarteniente, “Jack Tres Dedos”! Como prueba de la muerte de los bandidos Harry Love y sus hombres le cortaron la cabeza a Murrieta y la mano a “Tres Dedos”, colocándolos en un jarrón de Whisky para que no se pudrieran. Estos macabros trofeos fueron exhibidos en Stockton, San Francisco, y otras ciudades de California , donde la gente podía verlos previo pago de 1 dólar. Terminaron en el Golden Nugget Saloon de San Francisco, hasta que el local (y sus trofeos) fueron destruidos por el terremoto de 1906.


Aunque Harry Love y sus hombres cobraron la recompensa, hubo gente que denunció que ésa cabeza no pertenecía a Murrieta, pues el bandido tenía una cicatriz muy característica en la mejilla. Del mismo modo, aunque las autoridades lo negaron siempre, hubo quien afirmó haber visto a Murrieta participar en otros asaltos y robos, atribuidos a otros bandidos. Una tradición afirma que el bandido aprovechó la confesión de su supuesta muerte para volver a México junto a su cuñado  Jesús Félix, dedicándose a la captura y venta de potros salvajes, que luego vendían entre Sonora y Veracruz. Incluso llegó al San Francisco Herald en 1875 una carta, escrita al parecer por el mismo Murrieta, en la que afirma en tono de chanza que “aún conservo mi cabeza”. Según esta hipótesis, Murrieta murió plácidamente en algún momento entre los años 1880 y 1890. Se dice que su tumba se encuentra en el pueblo de Cucurpe, en Sonora.


lunes, 4 de julio de 2016

Golfines y Hermandades: Una guerra secreta (y cruel).



Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) los cristianos pasan a controlar la llanura manchega, empujando a los musulmanes al sur de Sierra Morena. Es un amplio territorio despoblado, una auténtica tierra de nadie con escasas aldeas y aún menos castillos. En suma, un territorio sin ley. Esas tierras entre el Tajo y los Montes de Toledo serán el hogar de los golfines, y el principal marco de sus actividades.
Su origen es incierto. Unos apuntan a que son los restos del ejército cruzado que vino a hacer la guerra santa contra el moro, y que acabada la campaña con la toma de Calatrava y la victoria de las Navas se quedaron en estas tierras para seguir peleando. Otros, que son gentes marginadas, delincuentes y forajidos que no tienen otro sitio mejor donde caerse muertos. Los más, los definen simplemente como una mescolanza de  “vagos, malhechores, criminales, prófugos, hidalgos arruinados por el juego o por los vicios” (José María Cuadrado dixit). El siglo XIII fue su momento de gloria: escondidos en sus refugios en los montes, auténticas aldeas secretas y fortificadas, lanzan sus ataques de rapiña indistintamente contra uno u otro lado de la frontera. Viven del pillaje, el saqueo, el robo, la extorsión, el secuestro y el asesinato. Forman auténticos ejércitos privados, de pequeño tamaño e indisciplinados, pero feroces y duchos en el manejo de las armas. Y muy sanguinarios, ya que el terror es su modo de controlar un territorio que consideran suyo. Diferentes grupos llegan a organizarse para hacer acciones conjuntas, como las que realiza un musulmán renegado llamado "Carchena", que llega a ser considerado "el rey" de los golfines y que manda incluso sobre pequeñas poblaciones e incluso torres y  castillos en los que poder refugiarse en caso de necesidad. Llegó un momento en que parecían imparables... Pero no lo eran, claro.
Las cosas se les empezaron a torcer en el siglo XIV. La noticia de sus hazañas llega hasta las Cortes de Castilla, que deciden considerar los Golfines no unos simples bandoleros, sino una amenaza más seria, casi un ejército invasor. Se fomenta la creación y organización de "Hermandades", milicias de los mismos pobladores de esos territorios, entrenadas por soldados veteranos y equipadas por el Rey. La primera, la Hermandad de Ballesteros, Colmeneros y Leñadores, estableció el modus operandi a seguir: Dar caza sin piedad a los golfines, o a quien se sospechase que podía serlo, y cuando se capturase vivo a alguno, sin juicio alguno colgarlo de un árbol y dejarlo allí hasta que se pudriera.
 (Por cierto, el ahorcamiento por aquél entonces era muerte lenta, que podía durar tranquilamente quince minutos o más. No se empujaba al reo para que se rompiese el cuello, sino que se le izaba con la soga al cuello para que se fuera estrangulando lentamente. Por ello muchas veces era misericordia, si tardaba en morirse, acelerar el proceso disparándole varias flechas).
Si había juicio, muy pocas veces era declarado inocente el acusado, tanto es así que la Hermandad de Peralvillo primero ajusticiaba al acusado y luego lo encausaba.
No menos sanguinaria era la Hermandad de Pozuelo (más tarde renombrada como de Ciudad Real): Tras el ajusticiamiento no se enterraba al reo, sino que era depositado en una enorme arca de piedra, con agujeros para que pudriesen entrar las alimañas carroñeras y alimentarse de su cadáver. Y alguno hubo que allí colocaron sin que se hubiera muerto del todo, que los muertos, ni gritan, ni suplican piedad, y consta que alguno así lo hizo...
Paradójicamente, algunas de estas hermandades tenían su origen en partidas rganizadas de Golfines, que se habían acogido al perdón Real y ahora se dedicaban a cazar a sus antiguos camaradas. Estas Hermandades darán origen un siglo más tarde a la Santa Hermandad que tan buenos servicios dará a los Reyes Católicos