lunes, 9 de marzo de 2020

Iglesias que no te creerías: 2. Rambo, el héroe cultural de Papua








Según la Wikipedia “Papúa Nueva Guinea, oficialmente el Estado Independiente de Papúa Nueva Guinea (en inglés: Independent State of Papua New Guinea; en tok pisin: Independen Stet bilong Papua Niugini; en hiri motu: Papua Niu Gini)— es un país soberano de Oceanía que ocupa la mitad oriental de la isla de Nueva Guinea (la otra mitad es parte del estado de Nueva Guinea Occidental) y una numerosa cantidad de islas situadas alrededor de esta.”


Fue descubierta por marinos portugueses y españoles en el siglo XVI. El explorador portugués Jorge de Menezes la bautizó como “Papua” por los  guías malayos que llevaba consigo (en su idioma “papuah”, significa ”rizado”, en referencia al pelo de los nativos). Lo de “Nueva Guinea” se debe al capitán español Yñigo Ortiz de Retez, que en 1545, al desembarcar en sus playas, le pareció que los nativos de la zona se parecían a los habitantes de  la costa de Guinea en África. Sin embargo, la isla  no empezó a ser colonizada hasta finales del siglo XIX. La parte norte fue ocupada por Alemania, la parte sur por el Imperio Británico. Tras la primera guerra mundial los ingleses le arrebataron la colonia a los alemanes. Al país se le concedió la independencia en 1949., bajo la tutela de Australia (de hecho, la nación no alcanzaría su auto gobierno hasta 1975). es uno de los países con mayor diversidad cultural del mundo (se han contabilizado 848 idiomas, de los que siguen hablándose 836). Eso, siendo un país escasamente poblado (7 millones de habitantes) y con una población muy dispersa, en el que solo el 18% de la población vive en ciudades.  Mientras que en ellas se vive en el siglo XXI, buena parte de los aborígenes del interior de la selva siguen inmersos en la Edad de Piedra, viviendo en aldeas bajo una estructura tribal y practicando una economía de subsistencia (forma de vida “tradicional”, la llaman). Con todo, estas comunidades no están aisladas: saben de la existencia de ese “mundo exterior” más avanzado, algunos jóvenes van a trabajar a las minas o a las ciudades; y también reciben a misioneros, médicos… y antropólogos, claro.

Uno de ellos fue el británico  Michael Wood, que a principios de la década 2000 convivió varios meses con los kamula, una de las etnias más aisladas. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al pedirles que le contaran historias y leyendas de su tribu ¡empezaron a hablarle de Rambo! Y no, no era otro personaje con el mismo nombre. ¡Le hablaron de un tipo grande, muy musculoso, con una cinta roja en la frente y un enorme cuchillo con el que mataba a sus enemigos! Es decir, el personaje interpretado por Stallone.

A grandes rasgos, la historia que le contaron sobre las hazañas de su héroe fue la siguiente: Rambo era un semidios kamula grande, muy fuerte, del que se enamoró la “hija de la Reina” (se supone que de la Commonwealth). Mandó llamar a Rambo a su palacio y copuló con él. Al ser descubiertos por su marido, éste mandó que cargasen de cadenas a Rambo y lo encarcelasen. Hizo que lo juzgaran para condenarlo a muerte. Para ello reunió a todos los abogados australianos, ingleses y norteamericanos. Para defender a Rambo solo se presentó un abogado de Papúa-Nueva Guinea, muy astuto, que argumentó que para matar a Rambo tendrían que matar todas sus imágenes, ya fuera en foto o en película, todas sus camisetas y demás objetos donde estuviera su rostro o su nombre. Y, además, como era un espíritu kamula de los bosques, tendrían que matar la tierra, el agua, los árboles y plantas de Papúa-Nueva Guinea. Y los hombres blancos vieron entristecidos que no podrían matar a Rambo, y lo dejaron libre. Entonces Rambo prometió que, cuando llegara la Tercera Guerra Mundial, él iría a Papúa-Nueva Guinea a ayudar y proteger a sus gentes. Esa Tercera Guerra Mundial era, según le contaron a Wood, algo inminente, ya anunciada en el texto bíblico del Apocalipsis. Los Kamula (y todos los habitantes de Papúa Nueva Guinea en general) lucharían en nombre de Dios contra un Gobierno Mundial Único que querría imponerse para  controlarlos a todos, ejecutando a quien protestase. Además, también mataría a quien leyese la Biblia o fuera a la Iglesia. Pero entonces aparecería Rambo dando a los kamula uniformes y armas para la lucha y llevando a los valientes kamula a la victoria, para que a su muerte pudieran todos ir al Cielo.

Una vez pasada la sorpresa inicial, Wods se puso a analizar el mito de Rambo (y posteriormente lo publicó en su libro “Kamula accounts of Rambo and the state of papua nex guinea” 2006). Los kamula valoran sobre todo la masculinidad, reflejada en la fuerza física, las habilidades como gran guerrero y cazador y el atractivo sexual. Narrando sus hazañas, llevando armas (o imitaciones de madera), copiando su forma de hablar  y vestir o simplemente teniendo presente su imagen, Rambo les transmitía fuerzas para luchar contra la adversidad. Este rol, tradicionalmente, lo habían llevado a cabo los llamados “espíritus de los arbustos”, o “del bosque”, seres mágicos que se movían entre el reino visible e invisible y que aumentaban las capacidades de guerreros y cazadores si eran invocados. Convertirse en el recipiente de un espíritu de los bosques tenía un inconveniente: había que actuar al servicio de la tribu, no para el beneficio propio. Los que actuaban egoístamente eran malvados, y si tenían fuerza o buena suerte era porque eran brujos que devoraban carne humana, por lo que según las leyes de los kamula podían (y debían) ser ejecutados en el acto. Los kamula estaban muy ofendidos contra el gobierno porque  no les daba permiso para matar legalmente brujos. También consideraban que el gobierno era egoísta (y por lo tanto, malvado), ya que no repartía los productos de tecnología moderna ni el dinero entre todos, sino que los atesoraba para sí. Y es que para los kamula el dinero y la tecnología proceden de los europeos (o de Dios, según algunos), por lo que han de ser un bien común, no de unos pocos. Por ello los kamula se sentían oprimidos y esperaban la llegada de Rambo, que los liberaría.

Sobre cómo entraron en contacto los kamula con las hazañas de Rambo hay dos teorías: Una, que otro antropólogo anterior a Woods les mostró fragmentos de una película de tal personaje a los kamula para ver cómo reaccionaban. Otra, que alguno de los jóvenes que salen de la tribu para trabajar en las minas o probar suerte en la ciudad vio alguna de las películas y las contó a sus paisanos cuando vino de visita, narrándolas como si fueran hechos reales (o quizá sus oyentes lo entendieron así)

De un modo u otro, Rambo, el defensor de los oprimidos por el malvado gobierno, sigue siendo admirado y adorado como héroe cultural, semidiós y futuro liberador de Papúa-Nueva Guinea.








jueves, 30 de enero de 2020

Iglesias que no te creerías: 1. Nuwaubianismo, la supremacía negra.



De la infancia de Dwight York se sabe muy poco. Se cree que nació entre 1935 y 1945, pero al parecer su acta de bautismo (si alguna vez la hubo) se ha perdido. Unos dicen que es natural de Boston (Massachusetts), pero el propio York asegura haber nacido en Sudán, hijo de  un noble príncipe sudanés y de madre egipcia; de haber viajado a Egipto a estudiar el islam con su padre, (quien supuestamente sería un predicador del islam entre las tribus nubias) y posteriormente haber viajado a Nueva Jersey. Sea como fuere el primer registro oficial en el que figura está fechado en 1964, cuando es detenido por violar a una niña de 13 años. Durante los diez años siguientes entró y salió de la cárcel varias veces, con acusaciones de fraude, falsificación de documentos, posesión ilegal de drogas y armas y extorsión. En sus estancias en la cárcel se relacionó con los “Panteras Negras” (organización nacionalista negra, socialista y revolucionaria, activa en los estados Unidos entre 1966 y 1982). Finalmente se hizo músico de Hip-Hop (llegó a grabar varios discos), se cambió el nombre al de  Imaam Isa Abdullah y fundó, a mediados de la década de los 70, la religión denominada ”Ciencia del Nuwaubianismo”

Sus seguidores lo consideran un dios viviente, reencarnación de Melquisedec, el arcángel Gabriel y Jesús, entre otros. También es el Mahdi profetizado por el islam.

El Nuwaubianismo asegura que el ser humano es una especie de origen extraterrestre: El ser humano superior (de hecho, el único que se le puede llamar “hombre”) es el hombre “nubio” o “melanita” (negro), pues se crearon con una base genética de los annunaki. Estos extraterrestres tienen la piel verde porque tienen magnesio en la sangre, pero al entrar en contacto con la atmósfera terreste el magnesio fue reemplazado por hierro, de allí surgiendo el color negro en la piel. Las otras razas, los “rojos”, los “amarillos” y los blancos fueron creados para servir como esclavos a la raza superior, pero los “hicsos” (los blancos), la más inferior de todas las razas, creada de la mezcla genética de el mandril y el orangután, se revelaron contra sus legítimos amos, alterando el orden natural y la jerarquía establecida por los extraterrestres.

Para mantener su predominio sobre el hombre negro, los blancos han usado todo tpo de artimañas, desde químicas  (mantienen barato el precio de las bebidas alcohólicas para embrutecer a los negros, y de paso para que sus órganos puedan preservarse mejor para ser usados posteriormente en trasplantes para blancos); tecnológicas (inventaron la música disco para matar neuronas a los negros); e incluso mágicas (El papa católico, los reyes de Inglaterra, la élite política de los Illuminati y el Grupo Bilderberg se reúnen una vez al año en un sabbath para adorar al diablo y sacrificar a un negro, renovando así el llamado “hechizo de Leviatán” que mantiene a los negros sumidos en la ignorancia.

Otras “perlas de sabiduría” que salieron (y salen) de la boca de  Dwight York son:

  • Las mujeres blancas tuvieron relaciones sexuales con los chacales de las montañas del Cáucaso mezclándose ambas especies y naciendo así el perro doméstico.
  • El pene del negro es más grande que el del blanco, lo que indica la superioridad racial y hace que las mujeres blancas prefieran a los hombres “verdaderos” como amantes.
  • Cada persona posee siete clones alrededor del mundo.
  • Los fetos abortados y desechados por el desagüe sobreviven y viven en las alcantarillas, donde se congregan y, posteriormente, se organizan buscando la dominación del mundo.
  • Es imperativo que después de que nace un bebé se entierre la placenta para que Satanás no la tome y haga con ella un demonio a su servicio (blanco, por supuesto)

Desde el año 2004  Dwight York cumple en la cárcel varias condenas por abusos sexuales contra niñas menores de edad (una de ellas de cuatro años de edad). Por ello deberá estar encerrado un total de 135 años de cárcel. La totalidad de sus víctimas eran hijas de miembros de su  secta. Su alegato de que como líder espiritual tenía derecho a poseer varias esposas de todas las edades no fue escuchada. Sus fieles más acérrimos aseguran que, siendo como es inmortal, saldrá de la cárcel una vez cumplida su pena, en el año 2149, con unos dos siglos de edad..

lunes, 23 de diciembre de 2019

Befana, la bruja de la Navidad





¡Jolines otra vez Navidad!
Bueno, me consuela que esta vez me he encontrado con un personaje al que (al menos en una de sus versiones) estas fiestas le gustan tan poco como a mi…

La Befana (nombre completo, Strega Befana, es decir, “Bruja Befana”) es el equivalente italiano al Papá Noel o a los Reyes Magos: el ser mágico que en la noche del 5 al 6 de enero entra en las casas y deja regalos y dulces para los niños que se han portado bien. Su aspecto es bastante chocante, ya que no se trata de un barrigón rijoso vestido de rojo, ni de elegantes señores venidos de oriente, sino de una bruja en el sentido mas clásico del término: Viste de negro, lleva un gorro cónico, es vieja, tiene verrugas en la nariz y viaja en escoba. Sus ropas están ajadas y muchas veces manchadas de hollín, pues suele entrar en las casas bajando por las chimeneas. Y, en contra de lo que podamos pensar de las brujas (como seres rencorosos y amargados) se la representa normalmente sonriente y alegre, aunque (sobretodo hace un par de generaciones) se contaba que tenía una faceta macabra: No le gustaba que la vieran, así que si algún niño la espiaba, le golpeaba con su escoba, no le dejaba ningún regalo y se iba para no volver nunca jamás. Y si los niños habían sido muy muy malos… Pues a la manera del Krampus alemán, se los comía.
Por contra, si se le dejan los zapatos para que los use esa noche (pues los suyos están siempre rotos) deja más regalos. La Befana también agradece que le dejen un vaso de vino y una fruta (una naranja o una mandarina) para coger fuerzas. En tiempos pasados se decía que si se le daba tal ofrenda la Befana purificaba la casa de cara al año entrante, limpiando con su escoba las tristezas y errores pasados..

Leyendas sobre el origen de la Befana y por qué realiza su trabajo hay tres:

La más dulce cuenta que los Reyes Magos, de camino a Belén, se perdieron por culpa de una espesa niebla, que les impedía ver la estrella que les guiaba. Solo una anciana que vivía sola, a la que los niños temían y tenían por bruja, supo indicarles el camino hasta Belén, y los Reyes la animaron a acompañarles a visitar al Niño. Jesús se dio cuenta de su soledad y de su dolor por darle miedo a los niños (ya que ella nunca había tenido hijos), y le dijo que a partir de entonces sería la abuela de todos los niños, y que estos la querrían siempre.

Otra, algo más neutra (y la más conocida) dice que la Befana indicó el camino a los Reyes, cierto, pero no quiso acompañarles, por pereza. Luego se arrepintió, reunió dulces y fue tras ellos… pero ya no los encontró, ni al Niño tampoco. Para que los dulces no se desaprovecharan los empezóa regalar a los niños que encontraba, y le gustó tanto que lo sigue repitiendo cada año.

Finalmente, una tradición bastante antigua y macabra (y la que a mí, personalmente, más me gusta) dice que la Befana fue la única persona en todo Belén que se negó a honrar al Niño llevándole obsequios. Por ello fue castigada a tener que regalar dulces y juguetes a los niños del mundo, hasta que encuentre al Niño Jesús y sea así perdonada. La Befana lo hace a disgusto, pues lo ve como una maldición (por eso se come a los niños malos).

Sobre el origen de la tradición, está documentada ya en el siglo XIII, aunque historiadores y folcloristas señalan que su origen puede ser mucho más antiguo: En concreto, al siglo III a.C. cuando los romanos inician la adoración de la diosa Strenia (de donde deriva nuestra palabra actual “estreno”, por cierto).  Esta diosa menor estaba vinculada al inicio del año, y en su nombre se intercambiaban regalos, para tener algo nuevo con lo que empezar el año igualmente nuevo. Con la llegada del cristianismo la Iglesia adaptó esta costumbre haciéndola suya, al igual que hizo con muchas otras fiestas paganas.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Minorías malditas de España 9. (y último) Los Vaqueiros de Alzada






Brañeros, “Baqueros” (sí, con “B”) y sobre todo Vaqueiros es el nombre con el que se conoce un grupo étnico, situado entre la parte occidental de Asturias y el norte de León, dedicado a la cría del ganado vacuno. Aunque aparecen citados en documentos a partir del siglo XVI, es  Gaspar Melchor de Jovellanos el primero que hace una descripción extensa de estas gentes, en una carta fechada en 1793 a su amigo  Antonio Ponz. Sus costumbres y modo de vida les hicieron especialmente odiosos a los ojos de sus vecinos, en especial durante los siglos XVII y XVIII (y buena parte del XIX). Sus brañas (aldeas vaqueiras) se encontraban en los concejos de Tineo, Salas, Valdés, Belmonte, Navia, Cudillero, Villayón y Somiedo. Los apellidos vaqueiros más conocidos son Ardura, Acebedo, Acero, Antón, Arnaldo, Barreiro, Berdasco, Boto, Calzón, Cano, Blasón, Freije, Gayo, Gancedo, Parrondo Riesgo, Rubio, Redruello, Mayo, Sirgo, Gavilán, Parrondo, Pico y Verdasco. Y sobre todo Feito, y Garrido, quizá las dos familias más grandes y poderosas entre los vaqueiros. Así lo dice la copla popular “Antes que Dios fuera Dios y el sol diese nestos riscos, ya los Feitos era Feitos y los Garridos, Garridos”. Estos apellidos eran considerados infamantes tanto por los “marinuetos” (los asturianos que vivían en la zona litoral) como por los “xaldos” (que vivían en las montañas pero tenían vida sedentaria). Era creencia común que el que nacía Vaqueiro, moría Vaqueiro. Tampoco le dejaban ser otra cosa, ni los vaqueiros querían serlo. De todos modos, nunca hubo demasiados: El número de vaqueiros nunca sobrepasó el 4% de la población total asturiana, y muchas veces apenas llegó al 2%

Sobre su origen se han elaborado las más diversas teorías (y que al lector de esta serie de “minorías malditas” le sonarán familiares, pues fueron usadas para otros colectivos): Que eran originariamente esclavos romanos huidos; celtas renegados que se aliaron con los romanos; vikingos que quedaron aislados;  una rama escindida de los maragatos (esa era, en concreto, la teoría de Jovellanos); y especialmente moriscos derrotados de la revuelta de las Alpujarras de 1568-1571 y/o que se negaron a irse de la península con la expulsión de 1609-1613. Sea cual fuere la razón, eran “hijos de moros” que se habían escondido en los montes. Esa era la opinión más extendida en los siglos XVIII y XIX sobre el origen de los vaqueiros por parte de sus vecinos. En una época, y no es casualidad, en la que el sustantivo “moro” se usaba como insulto pues se consideraba sinónimo de hereje y cobarde. Incluso, en según qué contexto, define a un hombre embrutecido, más cercano de las bestias que de los hombres. Un infrahumano, en suma. Origen que los vaqueiros negaron siempre, y con mucha razón. Los antropólogos están de acuerdo, hoy en día, en que eran simplemente gentes de la tierra que decidieron vivir de manera diferente a la de sus vecinos.

Los vaqueiros entran en la historia escrita en 1523. Una serie de personas “llamadas baqueros” ponen queja por escrito de que el concejo de Valdés les quería obligar a pagar impuestos como si fueran vecinos establecidos allí, siendo así que no lo eran, sino extranjeros y viajeros de paso. Algo más tarde, en 1552, encontramos una queja por escrito de los vecinos del concejo de Somiedo, explicando al alcalde mayor los prejuicios que les ocasionaban los vaqueiros que iban a pasar el verano a aquellas tierras porque les comían las hierbas y luego se marchaban en septiembre sin ayudarles a después a pagar los tributos concejiles. Ya entrado el siglo XVII, Diego das Mariñas, señor de Campona, hace una petición formal al rey para que se castrase a todos los vaqueiros a fin de que no se extendiese la raza. Esta petición fue apoyada por algunos nobles asturianos, pero por suerte no fue tomada en serio.

La desconfianza, desprecio y marginación que sufrían los vaqueiros se debía en gran parte a su forma de vida. Aunque compartían un mismo territorio, los vaqueiros no reconocían ningún amo. Y lo cierto es que su forma de vida trashumante les permitió con éxito eludir las cargas fiscales durante siglos. Los vaqueiros no vivían en el pueblo, (por lo que no pagaban impuestos ni al municipio ni al señor feudal, y mucho menos diezmos a la iglesia), sino arriba en las montañas, en sus “brañas” (aldeas vaqueiras, luego ya entraré en detalle con ellas). Y eso, en invierno. En los meses más cálidos se trasladaban con todos sus enseres a prados más altos aún. Por ello ni iban a misa con regularidad ni sus hijos iban a la escuela. Cuando bajaban a las aldeas de los xaldos para comprar lo que no podían producir (herramientas y ropa, básicamente) o para vender sus excedentes (principalmente queso, a veces alguna vaca o ternero) lo hacían en grupo. La desconfianza imperaba entre los dos colectivos. Para los vaqueiros, xaldos y  marinuetos son unos presumidos, que se jactan de cosas que ni tienen ni pueden tener, y por ello son envidiosos y malos con sus vecinos. Por su parte, era creencia común entre xaldos y marinuetos que los vaqueiros eran gentes sucias, analfabetas, ariscos y rudos, esquivos y astutos, siempre dispuestos a engañar en sus tratos a los “honrados” sedentarios. Gentes malas e “inferiores”, en suma, a las que despreciar y de las que desconfiar. Se decía de los vaqueiros, a la hora de describirlos, que eran una mezcla de gallegos (por lo de recelosos, desconfiados e ignorantes) y catalanes (por lo de interesados y separatistas).

Xaldos y marinuetos, en complicidad con la Iglesia y la autoridad local, hacen sentir al vaqueiro que es un ser inferior de mil maneras diferentes: En las tabernas nunca les servirán el vino en vaso de cristal, sino en pote de cuerno. En los bailes de la romería (y de cualquier fiesta, suponiendo que los vaqueiros acudan a ella) se les hace bailar aparte y entre ellos, nunca con las mozas de la localidad (ni ningún xaldo se rebajaría a sacar a bailar una vaqueira, por supuesto). Los dichos ofensivos y rijosos relativos a los vaqueiros son moneda corriente. En las iglesias, los vaqueiros han de situarse al fondo, separados de los demás por una señal (normalmente una baranda o viga de madera, aunque la mayoría se retiraron en 1844 por Real Decreto aún queda una en  la iglesia de San Martín de Luiña, por si tienen curiosidad). En las procesiones no les dejaban llevar pendones, ni cruces o imágenes. No se les enterraba junto a “las gentes de bien”, sino en lugar aparte, para que estuvieran separados en muerte como lo estuvieron en vida. Incluso sacerdotes había que por no dejar, ni los dejaban entrar en la iglesia, dándoles la comunión en la puerta del templo. Quizá por ello los vaqueiros no pisaban la iglesia si no era para una boda, bautizo o comunión (por dificultad para salvar las distancias, decían ellos con cierta razón, por ser unos paganos, decían sus vecinos).

Lo cierto es que los vaqueiros no tenían demasiadas habilidades sociales, ni siquiera entre ellos. Era difícil que miembros de dos brañas distintas se reunieran, por lo que lo habitual era que los matrimonios se concertaran entre miembros de la misma braña, la mayoría de las veces con vínculos de sangre entre ellos, lo que provocaba una endogamia cada vez más acentuada. Como describió con mucho acierto el escritor, dibujante y viajero británico Ricard Ford en 1844 (A Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home, traducido como “Manual para viajeros por España y lectores en casa”); "Cada pequeño clan se mantiene solitario y altivo, esquivando y despreciando a su vecino: se protegen contra la humanidad como protegen a sus rebaños del lobo; nunca se casan fuera de su propia tribu."

Ford dio en el clavo al calificar la braña como tribu, pues pocas estructuras hay en España más tribales que una braña vaqueira. La definición fácil de braña sería “aldea de vaqueiros”, pero en realidad era mucho más que eso. Dicen los cultos que su nombre deriva del latín “brannam” (lugar alto y empinado), y quizá tengan razón.  Otros dicen que deriva del bable “branu” (verano)… y al igual tengan razón ellos. En esto, ni quito ni pongo rey.
Una braña era un pequeño poblado en el que vivía una familia extensa: el patriarca y sus hermanos, esposas, hijos, nietos, sobrinos, primos… En ocasiones fueron bastante grandes, pero el número de edificios nunca superó el medio centenar. Estaba situada en un prado, en algún lugar alto y agreste, con gran desnivel. Los vaqueiros aprovechaban los terrenos circundantes llanos como pastos para el ganado y para mantener pequeños huertos. No circulaba dinero en las brañas. No había pagos por el trabajo. Todo era colectivo, y los miembros de la braña, relacionados por estrechos lazos de parentesco, se ayudaban unos a otros. Algunos escritores románticos vieron en las brañas la evolución de los castros de aquellos astures que se enfrentaron a Roma… y si no es cierto, bien pudiera serlo.
Las familias vaqueiras tenían dos brañas: la de invierno y la de verano, situada en una zona más alta, y se trasladaban de una a otra con todas sus posesiones según fuera el periodo de la  trashumancia. De ahí la coletilla “de alzada” con que los definió Jovellanos, pues “alzaban” sus moradas en la temporada cálida (desde inicios de mayo hasta finales de septiembre). Las brañas nunca se quedaban del todo vacías. Quedaba siempre en ellas un guardés conocido como el “vecinderu” que cuidaba de la braña fuera de la estación de uso.

La casa del vaqueiro (o más bien choza) estaba hecha con muros de piedra, sin cemento o argamasa. Unos simples agujeros hacían las veces de puertas y ventanas. El techo era habitualmente de paja. Al menos, así era el “teito”, la casa de la braña de verano. Las casas de las brañas de invierno solían ser un poco más confortables. Con todo, incluso las más elaboradas tenían estructuras muy sobrias, con ventanas pequeñas. La parte más importante de la casa vaqueira era la cuadra, el alojamiento de los animales… eso, cuando no compartían espacio físico con sus dueños.

A partir de los años 40 del siglo XX se produce la integración de los vaqueiros con el resto de la sociedad asturiana. Coincide, como no, con el fin de la explotación tradicional ganadera. Se abandonan los signos externos que identificaban a los vaqueiros, y se pone fin a  los prejuicios, y con ellos a la endogamia. También es cierto que muchos vaqueiros dejan de serlo, pues migran a la ciudad buscando mejores condiciones de vida. Hoy en día apenas nos queda el  Museo de los Vaqueiros de Alzada en la población de Naraval, y la romería llamada "La Vaqueirada", que se realiza el último domingo de julio en el Alto de Aristébano, limitrofe entre Luarca y Tineo. Se escenifica una boda vaqueira, con cantos y bailes regionales, y sobre todo se come, se bebe sidra (mucha) y se ríe uno mucho. Muy recomendable, la verdad...

viernes, 1 de noviembre de 2019

Minorías malditas de España 8. Soliños


Sucedió hace casi veinte años, cuando estaba recopilando información para mi suplemento sobre Galicia, “Fogar de Breogán”. Estaba charlando con una mujer (del Morrazo, por cierto) con cierta fama de sabia y entre risas terminé preguntándole si es que era una meiga. “Non”, me contestó repentinamente seria y orgullosa. “Eu son soliña”

Muchos antropólogos no consideran a los Soliños una etnia marginal, ya que se trata de los descendientes de una mujer cuya historia se ha teñido de leyenda, y no es mote infamante, sino apellido que  llevan con orgullo. De todos modos, aunque solo sea para honrar su recuerdo, la historia de María Soliño merece ser narrada.

Al despuntar el siglo XVII Cangas de Morrazo era una población pesquera que gozaba de cierta prosperidad: A su puerto llegaban gran cantidad de pescado (especialmente congrio y merluza) que se vendía, sobre todo en salazón, a otras provincias de España e incluso al extranjero. Todo ello terminó bruscamente el 9 de diciembre de 1617, cuando una escuadra de piratas “turcos” llegó a la ría de Vigo. Según los datos del Memorial del Procurador Gerónimo Núñez, cronista de los hechos, dos mil piratas desembarcaron entre punta de Rodeira y punta Balea (posiblemente ni fueron tantos, ni venían de Turquía, sino de la Bereberia, pero en fin, así lo escribió). Siempre según el memorial, Cangas fue saqueada y arrasada, con unas 150 casas incendiadas. Las víctimas se contabilizaron en más de un centenar de muertos, sin contar las violaciones y los que fueron capturados para ser vendidos como esclavos. Los demás lograron escapar a los montes cercanos. Cangas de Morrazo tardaría casi dos siglos en recuperarse, hasta finales del siglo XVIII o principios del XIX. Eso supuso que la pequeña nobleza (y la Iglesia) vieran reducidos sus ingresos en concepto de diezmos y rentas. También que muchos de los supervivientes “perdiesen la razón”, según el memorial del procurador. Posiblemente, por estrés postraumático. Ambos hechos se conjugarían de la manera más perversa imaginable.

Una de las supervivientes afectadas fue María Soliño. Perdió a su hermano, Antonio Soliño, y a su marido, Pedro Barba, ambos asesinados por los piratas. Se dice que solía dar largos paseos por la playa, ya fuera de día o de noche “para ver si el mar devolvía algún cuerpo de ahogado al que dar cristiana sepultura”. Y esa costumbre fue su desgracia. O al menos, la excusa para la misma. Pues María Soliño era una mujer rica. Había heredado de su marido, además de su casa de dos plantas en el centro de la población y una empresa de pesca, salazón y exportación de pescado, varias fincas y, lo más importante,  “derechos de presentación” en la Colegiata de Cangas de Morrazo y en la Iglesia de San Cibrán de Aldán. Esos “derechos de presentación” suponían en la práctica unas rentas que la Iglesia tenía que pagar de por vida a los herederos del fundador de un edificio religioso, y que procedían del diezmo recaudado por dicho edificio. Unas rentas muy jugosas que la Iglesia deseaba recuperar. Era imposible hacerlo del adinerado Pedro Barba, pero su viuda, María Soliño, no tenía ahora quien la defendiese, había perdido el negocio familiar y sus fincas, hoy por hoy, no valían nada.

La Inquisición llegó a Cangas en 1619 y detuvo a buen número de esas “locas” que no se habían recuperado de los hechos de 1617, acusándolas de brujería. Un buen número de ellas eran enajenadas, pobres de solemnidad. Otras, como María Soliño, eran viudas desamparadas con un buen pasar económico. María, nacida en el mismo Cangas en 1551, fue detenida en 1621, cuando tenía 70 años. Como las otras, fue interrogada (delicado eufemismo para señalar que la torturaron) y, como las otras, confesó lo que quisieron: Que era bruja desde los cincuenta años, que había copulado con Satán, que procedía de una estirpe de brujas nacidas de la unión entre una meiga hija del diablo y de un pirata normando siete siglos atrás. Lo que nunca lograron que confesara es que había negado a Dios Nuestro Señor. El 23 de enero de 1622 fue condenada a que le fueran confiscados todos sus bienes y rentas (que era lo que se pretendía desde el principio) y llevara el Sanbenito (hábito penitencial infamante) durante seis meses. No existe constancia de la fecha de su defunción ni de dónde está enterrada. Se especula que murió antes de cumplir los seis meses de penitencia, y por no haber quedado en “gracia” con el Altísimo se le negó sepultura en tierra sagrada.

No fue la única, por supuesto. Entre 1619 y 1628 fueron encausadas por el santo Oficio otras ocho mujeres acusadas de brujería:  Entre ellas,  Elvira Martínez, condenada al escarnio público al confesar ser bruja y consorte de Satán. O la “meiga de Darbo”, cuyo único delito fue que le sangrara la nariz sin razón aparente y le hicieran confesar que era porque los muertos se comunicaban con ella. O Catalina de la Iglesia, que confesó haber asesinado a cinco niños y niñas de pecho. De las encausadas Teresa Pérez y María dos Santos solo sabemos su nombre. Y de las tres últimas, ni cómo se llamaban ni siquiera su supuesto crimen. No debería extrañarnos si recordamos que poco antes (noviembre de 1610) se produjo el célebre auto de fe de las brujas de Zugarramurdi.

La anciana María Soliño desapareció, pero “María Soliña” vive. La leyenda dice que su fantasma aún recorre las playas de Cangas del Morrazo, en especial cerca de Coiro. Sus descendientes reivindicaron su apellido y aún hoy lo lucen con orgullo. Fue y es protagonista de poemas, canciones e incluso novelas. Hoy en día, incluso un IES de Cangas lleva su nombre.

No, no acabaron con la Soliña. Y no está sola.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Minorías malditas de España 7. Quinquis



En mi infancia, en el Guinardó de los años 60/70, “quinqui” era sinónimo de navajero. De ladrón de los que te asaltaba en una calle solitaria o en el portal de tu casa, amenazándote con un pincho y quitándote el dinero, la cadena y el reloj. Tardé años (muchos, la verdad) en saber que el nombre correspondía a un colectivo marginal con identidad propia. Y que su representante más famoso no era otro que Eleuterio Sánchez. “El Lute”. El enemigo público número 1 de la España tardofranquista.

“Quinqui” viene de “quincallero”, pues esa era su principal ocupación: la venta ambulante de quincalla, u objetos de metal barato. Se les conoce con otros nombres, claro: “Caldereros”, por el mismo motivo; “Andarrios”, les llamaban antiguamente en Castilla, por no tener domicilio fijo; “Quinaores” (del romani quinar, que significa comerciar); y “Mercheros” (por dedicarse al robo mediante la “mercha”, es decir, escondiendo lo robado entre la ropa) que es el nombre con el que se denominan así mismos actualmente.  Muchos los llamaban “gitanos blancos” por practicar el nomadismo y estar casi al margen de la ley como el colectivo gitano... pero no es nombre que guste, ni a unos, ni a otros, que durante mucho ambos grupos se han mirado con suspicacia. Del roce nace el cariño, sin embargo, y la muestra está en los “entrevelaos”, mestizos de merchero y gitano.

Dicen los actuales mercheros que su ascendencia se remonta a no menos de doce generaciones... y algunos dicen que más de veinte. Entendiendo 25 años por generación, eso nos situaría 500 años en el pasado... y por esas fechas (1449, en concreto) está registrada la llegada a Castilla de un grupo de caldereros extranjeros procedentes de Europa.

Otras explicaciones sobre su origen son: 

Que proceden de los vikingos que llegaron a la península en el siglo IX.
Descendientes de grupos de siervos de la gleba escapados de las tierras de su señor feudal.
Descendientes de moriscos que en la época de la expulsión (principios del siglo XVII) “se perdieron” camino de los puertos dediicándose desde entonces a llevar una vida errante.

Sea como fuere, los mercheros no es un fenómeno español: Características similares encontramos en los “Yeniches” alemanes, los “Tinkers” irlandeses y escoceses, los “Manouches” franceses...  Gentes, en suma, que preferían la vida libre y errante a establecerse en un lugar, pagando tributos e impuestos. El precio de su libertad era, a menudo, una extrema pobreza, que muchas veces les impulsaba a pedir limosna... y a robar al descuido. Por ello su llegada era vista con suspicacia... y a la par, con cierta curiosidad. En un mundo rural los viajeros siempre han sido fuente de noticias e información. Verdadera o falsa, tanto daba.

Al quinqui se le ha tachado de vago, mal hablado y ladrón. Sin ley, sin raza, sin padre ni madre. Sus comunidades eran acéfalas, sin ningún jefe ni autoridad entendida como tal. No legalizaban sus uniones sentimentales ni eran especialmente religiosos. Se valoraba la chulería,  el orgullo y la valentía; se despreciaba al débil, al cobarde y al soplón; y se respetaba a los ancianos. Las comunidades mercheras se mantenían unidas por su particular sentido del honor, de no denunciar nunca a otro merchero (ni siquiera si éste le había perjudicado), y anteponer la seguridad de la familia de sangre a la propia supervivencia personal. Como entre los mercheros existía una fuerte endogamia, en la práctica esta sociedad sin gobernante sin leyes funcionaba con una fuerte cohesión interna.

Esa endogamia ha creado una fisonomía particular del merchero: tez clara, pómulos pronunciados, rasgos amplios, ojos y pelo oscuros, y la estatura más bien baja. Hasta mediados del pasado siglo alternaron  la delincuencia con profesiones más o menos nómadas, como buhoneros, arrieros, recaderos. Solían trabajar en la artesanía ambulante de los metales, ejerciendo de caldereros, hojalateros... y quincalleros, de donde deriva su nombre. También eran tradicionalmente chatarreros y feriantes.  No se inscribían en el Registro Civil ni tenían documentación legal, por lo que estaban exentos del Servicio Militar Obligatorio (básicamente porque, oficialmente, ni existían)

En la década de 1950 fueron forzados a sedentarizarse, al igual que los gitanos, formando barrios de chabolas en las periferias de las grandes ciudades, acabando con su modo tradicional de vida.
Actualmente se cifra la población de mercheros en unas 150.000 personas. La comunidades más importantes se encuentran en León, Valladolid, Madrid, Asturias, País Vasco, Galicia y Barcelona. Ya no practican la endogamia, y se les puede encontrar desempeñando cualquier trabajo. Ya no venden artículos de hojalata y cobre, (con la llegada del aluminio y el acero), ni realizan venta ambulante de baratijas, pues no pueden competir con los actuales bazares chinos. Poco o nada queda de los mercheros, y pronto desaparecerán, si es que no lo han hecho ya.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Minorías malditas de España 6. Pasiegos



La mayoría de los historiadores coinciden en que “pasiego” procede de “valle del río Pas”. En el siglo XVII Fray Francisco Sota, en su Chronica de los Príncipes de Asturias y Cantabria, afirmó que el río fue bautizado de tal modo a raíz de una tregua (“Pax”) entre cántabros y romanos. En el siglo XIX el historiador Gregorio Lasaga Larreta sugirió que el nombre venía de “passagio”, un tributo de origen medieval por el tránsito (paso) del ganado. Más recientemente el etnólogo  Adriano García Lomas ha sugerido que hace referencia a la voz latina “passus” (“garganta estrecha y difícil de un monte”)

Sea como fuere, es un “pasiego” el natural de la comarca llamada “Pasieguería”, formada por los valles de los ríos Miera, Pisueña y Pas, (que da de hecho el nombre a la comarca y a sus gentes) en Cantabria, así como los cuatro valles más septentrionales de Espinosa de los Monteros, en Burgos (que tampoco es de extrañar siendo tierras vecinas unas con otras). En total, una zona de unos cuatrocientos kilómetros cuadrados, con abundantes quebradas y pendientes abruptas, que las hacen tierras poco aptas para la agricultura. Por ello el medio de vida de los pasiegos fue siempre la ganadería, de cabras y (a partir del siglo XIX) de vacas. (En menor medida, también se dedicaron al comercio y transporte de mercancías, y un poco al contrabando, que una cosa lleva la otra). La ganadería les obligó a adoptar un medio de vida transhumante, viviendo los meses de verano en las zonas de los pastos altos de montaña y los de invierno en los valles. Esto hace que cada núcleo familiar tenga habitualmente al menos dos residencias (y muchos hay que tienen cuatro o cinco). Su forma de vida, al contrastar con la de sus vecinos (predominantemente agrícolas y completamente sedentarios) los convirtió en comunidad aparte. El rechazo dio lugar a la endogamia, y el aislamiento a la formación de costumbres propias.

Se supone que el origen de este aislamiento se produce durante el siglo IX. La repoblación del territorio cántabro se produce alrededor de monasterios e iglesias (lo que permite reunir a la población y cobrarles impuestos con más facilidad). Pero los valles pasiegos, por ser tan agrestes y de difícil acceso, quedan al margen de este proceso. La primera referencia escrita a los habitantes de “Pas” (sic) la encontramos en un documento fechado el año 1011, en el que el conde Sancho de Castilla hace entrega al monasterio burgalés de San Salvador de Oña de un “territorio de montañas bravas y desiertas, al norte de Espinosa, que usan de pasto los pastores”. Este territorio pasa, en 1396, a depender de la villa de Espinosa de los Monteros. En esa época aún no existe una población estable en los montes pasiegos, aunque los pastores los usen desde hace siglos para la trashumancia. De tener una casa más o menos estable, sin duda los pasiegos la tendrían en la misma Espinosa.

Hay que esperar hasta el siglo XVI para que aparezcan en los valles pasiegos las primeras ermitas e iglesias, y entorno a ellas se van creando las  poblaciones. Los vecinos de Espinosa tienen fama de ser fieles a los reyes de Castilla desde antes de que lo fueran (se dice que en el siglo IX uno de Espinosa salvó la vida al conde Sancho Díaz de Castilla, que creó un cuerpo de Monteros de la población, de ahí el nombre). Sea como fuere, en la época era normal que oriundos de Espinosa pertenecieran al séquito del rey como guardias de cámara, teniendo fama, además, de absoluta limpieza de sangre. Esta creencia (la de su linaje intachable de cristianos viejos) se hizo extensiva a todos los pasiegos (lo que no deja de ser irónico dadas las acusaciones que más adelante tuvieron que soportar). Las mujeres pasiegas también fueron famosas entre la aristocracia castellana por ser excelentes amas de cría. Se dice que una vez paridas, al emprender su viaje a Castilla para servir como nodrizas, llevaban un perrillo o un gato para darle de mamar, y así no perder la leche. (De hecho, hubo nodrizas pasiegas en la Casa Real española hasta tiempos de Alfonso XIII. Una pasiega amamantó al abuelo del actual rey, que no es poco.)

Hasta el año 1865 no se puede hablar de una marginación real hacia los pasiegos. Pero en el siglo XIX sucede un hecho importante: Los pasiegos se hacen traer vacas frisonas holandesas, que producen más leche que las vacas autóctonas, cambiando sus rebaños de cabras por estos nuevos animales. Así logran cierta prosperidad... y con ella la envidia de sus vecinos. Y claro, de la envidia nacen las maledicencias. Pronto se empieza a decir que los pasiegos  son descendientes de moros o judíos, que son malos cristianos que no observan regularmente los preceptos cristianos, ni los rezos, ni mucho menos los ritos. Se llega a decir que todas las mujeres pasiegas son brujas... ¡y que todos los hombres tienen rabo!


Cierto es que no eran los pasiegos de ir mucho a misa... principalmente porque cuando no hay una iglesia cerca en cincuenta kilómetros a la redonda tampoco es muy fácil, eso de acercarse a ella los domingos. También es cierto que, a finales del siglo XVI (1594, concretamente) se realizó una expedición evangelizadora por parte de la Compañía de Jesús de Santander a los montes del Pas (que así llamaban, por extensión, a toda la zona) preocupados por las almas de unas gentes "compañeros de las fieras en la habitación, y aun en las costumbres" (…) "en suma ignorancia de las más importantes y necessarias verdades del Christianismo", (viviendo en) "errores, los quales davan entrada á diversas supersticiones con que el demonio los engañava". La más flagrante, el que como no tenían imágenes ni iglesias veneraban un roble centenario, junto al que los avispados jesuítas levantaron un altar de campaña primero para hacer misa allí y una ermita en cuanto pudieron. La eterna costumbre de la iglesia, de sacralizar los viejos lugares de culto paganos, ya se sabe...

Aparte de ese tufillo a paganismo, los pasiegos tenían costumbres propias muy poco comunes con sus vecinos “cristianos”. Por ejemplo, practicaban, al igual que los maragatos, la “Covada”, en la que el hombre se acuesta junto al recién nacido como si él lo hubiera parido. Ya era costumbre practicada en tiempos de los cántabros, según narró Estrabón en su “Geografía”, así que no debería extrañarnos que dos etnias aisladas como pasiegos y maragatos la conservasen. Tampoco ayudó el que muchos pasiegos fueran de pelo tirando a rubio, ojos azules, tez pálida y más bien corpulentos, al contrario que sus vecinos, morenos y tirando a bajitos... aunque que me expliquen como se logra explicar que los rasgos de un tipo más bien alto, rubio y de ojos azules le señalan como descendiente de judíos... de hecho se llegó a acuñar el dicho de “el pasiego, a más rubio, más judío”.