lunes, 2 de diciembre de 2019

Minorías malditas de España 9. (y último) Los Vaqueiros de Alzada






Brañeros, “Baqueros” (sí, con “B”) y sobre todo Vaqueiros es el nombre con el que se conoce un grupo étnico, situado entre la parte occidental de Asturias y el norte de León, dedicado a la cría del ganado vacuno. Aunque aparecen citados en documentos a partir del siglo XVI, es  Gaspar Melchor de Jovellanos el primero que hace una descripción extensa de estas gentes, en una carta fechada en 1793 a su amigo  Antonio Ponz. Sus costumbres y modo de vida les hicieron especialmente odiosos a los ojos de sus vecinos, en especial durante los siglos XVII y XVIII (y buena parte del XIX). Sus brañas (aldeas vaqueiras) se encontraban en los concejos de Tineo, Salas, Valdés, Belmonte, Navia, Cudillero, Villayón y Somiedo. Los apellidos vaqueiros más conocidos son Ardura, Acebedo, Acero, Antón, Arnaldo, Barreiro, Berdasco, Boto, Calzón, Cano, Blasón, Freije, Gayo, Gancedo, Parrondo Riesgo, Rubio, Redruello, Mayo, Sirgo, Gavilán, Parrondo, Pico y Verdasco. Y sobre todo Feito, y Garrido, quizá las dos familias más grandes y poderosas entre los vaqueiros. Así lo dice la copla popular “Antes que Dios fuera Dios y el sol diese nestos riscos, ya los Feitos era Feitos y los Garridos, Garridos”. Estos apellidos eran considerados infamantes tanto por los “marinuetos” (los asturianos que vivían en la zona litoral) como por los “xaldos” (que vivían en las montañas pero tenían vida sedentaria). Era creencia común que el que nacía Vaqueiro, moría Vaqueiro. Tampoco le dejaban ser otra cosa, ni los vaqueiros querían serlo. De todos modos, nunca hubo demasiados: El número de vaqueiros nunca sobrepasó el 4% de la población total asturiana, y muchas veces apenas llegó al 2%

Sobre su origen se han elaborado las más diversas teorías (y que al lector de esta serie de “minorías malditas” le sonarán familiares, pues fueron usadas para otros colectivos): Que eran originariamente esclavos romanos huidos; celtas renegados que se aliaron con los romanos; vikingos que quedaron aislados;  una rama escindida de los maragatos (esa era, en concreto, la teoría de Jovellanos); y especialmente moriscos derrotados de la revuelta de las Alpujarras de 1568-1571 y/o que se negaron a irse de la península con la expulsión de 1609-1613. Sea cual fuere la razón, eran “hijos de moros” que se habían escondido en los montes. Esa era la opinión más extendida en los siglos XVIII y XIX sobre el origen de los vaqueiros por parte de sus vecinos. En una época, y no es casualidad, en la que el sustantivo “moro” se usaba como insulto pues se consideraba sinónimo de hereje y cobarde. Incluso, en según qué contexto, define a un hombre embrutecido, más cercano de las bestias que de los hombres. Un infrahumano, en suma. Origen que los vaqueiros negaron siempre, y con mucha razón. Los antropólogos están de acuerdo, hoy en día, en que eran simplemente gentes de la tierra que decidieron vivir de manera diferente a la de sus vecinos.

Los vaqueiros entran en la historia escrita en 1523. Una serie de personas “llamadas baqueros” ponen queja por escrito de que el concejo de Valdés les quería obligar a pagar impuestos como si fueran vecinos establecidos allí, siendo así que no lo eran, sino extranjeros y viajeros de paso. Algo más tarde, en 1552, encontramos una queja por escrito de los vecinos del concejo de Somiedo, explicando al alcalde mayor los prejuicios que les ocasionaban los vaqueiros que iban a pasar el verano a aquellas tierras porque les comían las hierbas y luego se marchaban en septiembre sin ayudarles a después a pagar los tributos concejiles. Ya entrado el siglo XVII, Diego das Mariñas, señor de Campona, hace una petición formal al rey para que se castrase a todos los vaqueiros a fin de que no se extendiese la raza. Esta petición fue apoyada por algunos nobles asturianos, pero por suerte no fue tomada en serio.

La desconfianza, desprecio y marginación que sufrían los vaqueiros se debía en gran parte a su forma de vida. Aunque compartían un mismo territorio, los vaqueiros no reconocían ningún amo. Y lo cierto es que su forma de vida trashumante les permitió con éxito eludir las cargas fiscales durante siglos. Los vaqueiros no vivían en el pueblo, (por lo que no pagaban impuestos ni al municipio ni al señor feudal, y mucho menos diezmos a la iglesia), sino arriba en las montañas, en sus “brañas” (aldeas vaqueiras, luego ya entraré en detalle con ellas). Y eso, en invierno. En los meses más cálidos se trasladaban con todos sus enseres a prados más altos aún. Por ello ni iban a misa con regularidad ni sus hijos iban a la escuela. Cuando bajaban a las aldeas de los xaldos para comprar lo que no podían producir (herramientas y ropa, básicamente) o para vender sus excedentes (principalmente queso, a veces alguna vaca o ternero) lo hacían en grupo. La desconfianza imperaba entre los dos colectivos. Para los vaqueiros, xaldos y  marinuetos son unos presumidos, que se jactan de cosas que ni tienen ni pueden tener, y por ello son envidiosos y malos con sus vecinos. Por su parte, era creencia común entre xaldos y marinuetos que los vaqueiros eran gentes sucias, analfabetas, ariscos y rudos, esquivos y astutos, siempre dispuestos a engañar en sus tratos a los “honrados” sedentarios. Gentes malas e “inferiores”, en suma, a las que despreciar y de las que desconfiar. Se decía de los vaqueiros, a la hora de describirlos, que eran una mezcla de gallegos (por lo de recelosos, desconfiados e ignorantes) y catalanes (por lo de interesados y separatistas).

Xaldos y marinuetos, en complicidad con la Iglesia y la autoridad local, hacen sentir al vaqueiro que es un ser inferior de mil maneras diferentes: En las tabernas nunca les servirán el vino en vaso de cristal, sino en pote de cuerno. En los bailes de la romería (y de cualquier fiesta, suponiendo que los vaqueiros acudan a ella) se les hace bailar aparte y entre ellos, nunca con las mozas de la localidad (ni ningún xaldo se rebajaría a sacar a bailar una vaqueira, por supuesto). Los dichos ofensivos y rijosos relativos a los vaqueiros son moneda corriente. En las iglesias, los vaqueiros han de situarse al fondo, separados de los demás por una señal (normalmente una baranda o viga de madera, aunque la mayoría se retiraron en 1844 por Real Decreto aún queda una en  la iglesia de San Martín de Luiña, por si tienen curiosidad). En las procesiones no les dejaban llevar pendones, ni cruces o imágenes. No se les enterraba junto a “las gentes de bien”, sino en lugar aparte, para que estuvieran separados en muerte como lo estuvieron en vida. Incluso sacerdotes había que por no dejar, ni los dejaban entrar en la iglesia, dándoles la comunión en la puerta del templo. Quizá por ello los vaqueiros no pisaban la iglesia si no era para una boda, bautizo o comunión (por dificultad para salvar las distancias, decían ellos con cierta razón, por ser unos paganos, decían sus vecinos).

Lo cierto es que los vaqueiros no tenían demasiadas habilidades sociales, ni siquiera entre ellos. Era difícil que miembros de dos brañas distintas se reunieran, por lo que lo habitual era que los matrimonios se concertaran entre miembros de la misma braña, la mayoría de las veces con vínculos de sangre entre ellos, lo que provocaba una endogamia cada vez más acentuada. Como describió con mucho acierto el escritor, dibujante y viajero británico Ricard Ford en 1844 (A Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home, traducido como “Manual para viajeros por España y lectores en casa”); "Cada pequeño clan se mantiene solitario y altivo, esquivando y despreciando a su vecino: se protegen contra la humanidad como protegen a sus rebaños del lobo; nunca se casan fuera de su propia tribu."

Ford dio en el clavo al calificar la braña como tribu, pues pocas estructuras hay en España más tribales que una braña vaqueira. La definición fácil de braña sería “aldea de vaqueiros”, pero en realidad era mucho más que eso. Dicen los cultos que su nombre deriva del latín “brannam” (lugar alto y empinado), y quizá tengan razón.  Otros dicen que deriva del bable “branu” (verano)… y al igual tengan razón ellos. En esto, ni quito ni pongo rey.
Una braña era un pequeño poblado en el que vivía una familia extensa: el patriarca y sus hermanos, esposas, hijos, nietos, sobrinos, primos… En ocasiones fueron bastante grandes, pero el número de edificios nunca superó el medio centenar. Estaba situada en un prado, en algún lugar alto y agreste, con gran desnivel. Los vaqueiros aprovechaban los terrenos circundantes llanos como pastos para el ganado y para mantener pequeños huertos. No circulaba dinero en las brañas. No había pagos por el trabajo. Todo era colectivo, y los miembros de la braña, relacionados por estrechos lazos de parentesco, se ayudaban unos a otros. Algunos escritores románticos vieron en las brañas la evolución de los castros de aquellos astures que se enfrentaron a Roma… y si no es cierto, bien pudiera serlo.
Las familias vaqueiras tenían dos brañas: la de invierno y la de verano, situada en una zona más alta, y se trasladaban de una a otra con todas sus posesiones según fuera el periodo de la  trashumancia. De ahí la coletilla “de alzada” con que los definió Jovellanos, pues “alzaban” sus moradas en la temporada cálida (desde inicios de mayo hasta finales de septiembre). Las brañas nunca se quedaban del todo vacías. Quedaba siempre en ellas un guardés conocido como el “vecinderu” que cuidaba de la braña fuera de la estación de uso.

La casa del vaqueiro (o más bien choza) estaba hecha con muros de piedra, sin cemento o argamasa. Unos simples agujeros hacían las veces de puertas y ventanas. El techo era habitualmente de paja. Al menos, así era el “teito”, la casa de la braña de verano. Las casas de las brañas de invierno solían ser un poco más confortables. Con todo, incluso las más elaboradas tenían estructuras muy sobrias, con ventanas pequeñas. La parte más importante de la casa vaqueira era la cuadra, el alojamiento de los animales… eso, cuando no compartían espacio físico con sus dueños.

A partir de los años 40 del siglo XX se produce la integración de los vaqueiros con el resto de la sociedad asturiana. Coincide, como no, con el fin de la explotación tradicional ganadera. Se abandonan los signos externos que identificaban a los vaqueiros, y se pone fin a  los prejuicios, y con ellos a la endogamia. También es cierto que muchos vaqueiros dejan de serlo, pues migran a la ciudad buscando mejores condiciones de vida. Hoy en día apenas nos queda el  Museo de los Vaqueiros de Alzada en la población de Naraval, y la romería llamada "La Vaqueirada", que se realiza el último domingo de julio en el Alto de Aristébano, limitrofe entre Luarca y Tineo. Se escenifica una boda vaqueira, con cantos y bailes regionales, y sobre todo se come, se bebe sidra (mucha) y se ríe uno mucho. Muy recomendable, la verdad...

viernes, 1 de noviembre de 2019

Minorías malditas de España 8. Soliños


Sucedió hace casi veinte años, cuando estaba recopilando información para mi suplemento sobre Galicia, “Fogar de Breogán”. Estaba charlando con una mujer (del Morrazo, por cierto) con cierta fama de sabia y entre risas terminé preguntándole si es que era una meiga. “Non”, me contestó repentinamente seria y orgullosa. “Eu son soliña”

Muchos antropólogos no consideran a los Soliños una etnia marginal, ya que se trata de los descendientes de una mujer cuya historia se ha teñido de leyenda, y no es mote infamante, sino apellido que  llevan con orgullo. De todos modos, aunque solo sea para honrar su recuerdo, la historia de María Soliño merece ser narrada.

Al despuntar el siglo XVII Cangas de Morrazo era una población pesquera que gozaba de cierta prosperidad: A su puerto llegaban gran cantidad de pescado (especialmente congrio y merluza) que se vendía, sobre todo en salazón, a otras provincias de España e incluso al extranjero. Todo ello terminó bruscamente el 9 de diciembre de 1617, cuando una escuadra de piratas “turcos” llegó a la ría de Vigo. Según los datos del Memorial del Procurador Gerónimo Núñez, cronista de los hechos, dos mil piratas desembarcaron entre punta de Rodeira y punta Balea (posiblemente ni fueron tantos, ni venían de Turquía, sino de la Bereberia, pero en fin, así lo escribió). Siempre según el memorial, Cangas fue saqueada y arrasada, con unas 150 casas incendiadas. Las víctimas se contabilizaron en más de un centenar de muertos, sin contar las violaciones y los que fueron capturados para ser vendidos como esclavos. Los demás lograron escapar a los montes cercanos. Cangas de Morrazo tardaría casi dos siglos en recuperarse, hasta finales del siglo XVIII o principios del XIX. Eso supuso que la pequeña nobleza (y la Iglesia) vieran reducidos sus ingresos en concepto de diezmos y rentas. También que muchos de los supervivientes “perdiesen la razón”, según el memorial del procurador. Posiblemente, por estrés postraumático. Ambos hechos se conjugarían de la manera más perversa imaginable.

Una de las supervivientes afectadas fue María Soliño. Perdió a su hermano, Antonio Soliño, y a su marido, Pedro Barba, ambos asesinados por los piratas. Se dice que solía dar largos paseos por la playa, ya fuera de día o de noche “para ver si el mar devolvía algún cuerpo de ahogado al que dar cristiana sepultura”. Y esa costumbre fue su desgracia. O al menos, la excusa para la misma. Pues María Soliño era una mujer rica. Había heredado de su marido, además de su casa de dos plantas en el centro de la población y una empresa de pesca, salazón y exportación de pescado, varias fincas y, lo más importante,  “derechos de presentación” en la Colegiata de Cangas de Morrazo y en la Iglesia de San Cibrán de Aldán. Esos “derechos de presentación” suponían en la práctica unas rentas que la Iglesia tenía que pagar de por vida a los herederos del fundador de un edificio religioso, y que procedían del diezmo recaudado por dicho edificio. Unas rentas muy jugosas que la Iglesia deseaba recuperar. Era imposible hacerlo del adinerado Pedro Barba, pero su viuda, María Soliño, no tenía ahora quien la defendiese, había perdido el negocio familiar y sus fincas, hoy por hoy, no valían nada.

La Inquisición llegó a Cangas en 1619 y detuvo a buen número de esas “locas” que no se habían recuperado de los hechos de 1617, acusándolas de brujería. Un buen número de ellas eran enajenadas, pobres de solemnidad. Otras, como María Soliño, eran viudas desamparadas con un buen pasar económico. María, nacida en el mismo Cangas en 1551, fue detenida en 1621, cuando tenía 70 años. Como las otras, fue interrogada (delicado eufemismo para señalar que la torturaron) y, como las otras, confesó lo que quisieron: Que era bruja desde los cincuenta años, que había copulado con Satán, que procedía de una estirpe de brujas nacidas de la unión entre una meiga hija del diablo y de un pirata normando siete siglos atrás. Lo que nunca lograron que confesara es que había negado a Dios Nuestro Señor. El 23 de enero de 1622 fue condenada a que le fueran confiscados todos sus bienes y rentas (que era lo que se pretendía desde el principio) y llevara el Sanbenito (hábito penitencial infamante) durante seis meses. No existe constancia de la fecha de su defunción ni de dónde está enterrada. Se especula que murió antes de cumplir los seis meses de penitencia, y por no haber quedado en “gracia” con el Altísimo se le negó sepultura en tierra sagrada.

No fue la única, por supuesto. Entre 1619 y 1628 fueron encausadas por el santo Oficio otras ocho mujeres acusadas de brujería:  Entre ellas,  Elvira Martínez, condenada al escarnio público al confesar ser bruja y consorte de Satán. O la “meiga de Darbo”, cuyo único delito fue que le sangrara la nariz sin razón aparente y le hicieran confesar que era porque los muertos se comunicaban con ella. O Catalina de la Iglesia, que confesó haber asesinado a cinco niños y niñas de pecho. De las encausadas Teresa Pérez y María dos Santos solo sabemos su nombre. Y de las tres últimas, ni cómo se llamaban ni siquiera su supuesto crimen. No debería extrañarnos si recordamos que poco antes (noviembre de 1610) se produjo el célebre auto de fe de las brujas de Zugarramurdi.

La anciana María Soliño desapareció, pero “María Soliña” vive. La leyenda dice que su fantasma aún recorre las playas de Cangas del Morrazo, en especial cerca de Coiro. Sus descendientes reivindicaron su apellido y aún hoy lo lucen con orgullo. Fue y es protagonista de poemas, canciones e incluso novelas. Hoy en día, incluso un IES de Cangas lleva su nombre.

No, no acabaron con la Soliña. Y no está sola.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Minorías malditas de España 7. Quinquis



En mi infancia, en el Guinardó de los años 60/70, “quinqui” era sinónimo de navajero. De ladrón de los que te asaltaba en una calle solitaria o en el portal de tu casa, amenazándote con un pincho y quitándote el dinero, la cadena y el reloj. Tardé años (muchos, la verdad) en saber que el nombre correspondía a un colectivo marginal con identidad propia. Y que su representante más famoso no era otro que Eleuterio Sánchez. “El Lute”. El enemigo público número 1 de la España tardofranquista.

“Quinqui” viene de “quincallero”, pues esa era su principal ocupación: la venta ambulante de quincalla, u objetos de metal barato. Se les conoce con otros nombres, claro: “Caldereros”, por el mismo motivo; “Andarrios”, les llamaban antiguamente en Castilla, por no tener domicilio fijo; “Quinaores” (del romani quinar, que significa comerciar); y “Mercheros” (por dedicarse al robo mediante la “mercha”, es decir, escondiendo lo robado entre la ropa) que es el nombre con el que se denominan así mismos actualmente.  Muchos los llamaban “gitanos blancos” por practicar el nomadismo y estar casi al margen de la ley como el colectivo gitano... pero no es nombre que guste, ni a unos, ni a otros, que durante mucho ambos grupos se han mirado con suspicacia. Del roce nace el cariño, sin embargo, y la muestra está en los “entrevelaos”, mestizos de merchero y gitano.

Dicen los actuales mercheros que su ascendencia se remonta a no menos de doce generaciones... y algunos dicen que más de veinte. Entendiendo 25 años por generación, eso nos situaría 500 años en el pasado... y por esas fechas (1449, en concreto) está registrada la llegada a Castilla de un grupo de caldereros extranjeros procedentes de Europa.

Otras explicaciones sobre su origen son: 

Que proceden de los vikingos que llegaron a la península en el siglo IX.
Descendientes de grupos de siervos de la gleba escapados de las tierras de su señor feudal.
Descendientes de moriscos que en la época de la expulsión (principios del siglo XVII) “se perdieron” camino de los puertos dediicándose desde entonces a llevar una vida errante.

Sea como fuere, los mercheros no es un fenómeno español: Características similares encontramos en los “Yeniches” alemanes, los “Tinkers” irlandeses y escoceses, los “Manouches” franceses...  Gentes, en suma, que preferían la vida libre y errante a establecerse en un lugar, pagando tributos e impuestos. El precio de su libertad era, a menudo, una extrema pobreza, que muchas veces les impulsaba a pedir limosna... y a robar al descuido. Por ello su llegada era vista con suspicacia... y a la par, con cierta curiosidad. En un mundo rural los viajeros siempre han sido fuente de noticias e información. Verdadera o falsa, tanto daba.

Al quinqui se le ha tachado de vago, mal hablado y ladrón. Sin ley, sin raza, sin padre ni madre. Sus comunidades eran acéfalas, sin ningún jefe ni autoridad entendida como tal. No legalizaban sus uniones sentimentales ni eran especialmente religiosos. Se valoraba la chulería,  el orgullo y la valentía; se despreciaba al débil, al cobarde y al soplón; y se respetaba a los ancianos. Las comunidades mercheras se mantenían unidas por su particular sentido del honor, de no denunciar nunca a otro merchero (ni siquiera si éste le había perjudicado), y anteponer la seguridad de la familia de sangre a la propia supervivencia personal. Como entre los mercheros existía una fuerte endogamia, en la práctica esta sociedad sin gobernante sin leyes funcionaba con una fuerte cohesión interna.

Esa endogamia ha creado una fisonomía particular del merchero: tez clara, pómulos pronunciados, rasgos amplios, ojos y pelo oscuros, y la estatura más bien baja. Hasta mediados del pasado siglo alternaron  la delincuencia con profesiones más o menos nómadas, como buhoneros, arrieros, recaderos. Solían trabajar en la artesanía ambulante de los metales, ejerciendo de caldereros, hojalateros... y quincalleros, de donde deriva su nombre. También eran tradicionalmente chatarreros y feriantes.  No se inscribían en el Registro Civil ni tenían documentación legal, por lo que estaban exentos del Servicio Militar Obligatorio (básicamente porque, oficialmente, ni existían)

En la década de 1950 fueron forzados a sedentarizarse, al igual que los gitanos, formando barrios de chabolas en las periferias de las grandes ciudades, acabando con su modo tradicional de vida.
Actualmente se cifra la población de mercheros en unas 150.000 personas. La comunidades más importantes se encuentran en León, Valladolid, Madrid, Asturias, País Vasco, Galicia y Barcelona. Ya no practican la endogamia, y se les puede encontrar desempeñando cualquier trabajo. Ya no venden artículos de hojalata y cobre, (con la llegada del aluminio y el acero), ni realizan venta ambulante de baratijas, pues no pueden competir con los actuales bazares chinos. Poco o nada queda de los mercheros, y pronto desaparecerán, si es que no lo han hecho ya.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Minorías malditas de España 6. Pasiegos



La mayoría de los historiadores coinciden en que “pasiego” procede de “valle del río Pas”. En el siglo XVII Fray Francisco Sota, en su Chronica de los Príncipes de Asturias y Cantabria, afirmó que el río fue bautizado de tal modo a raíz de una tregua (“Pax”) entre cántabros y romanos. En el siglo XIX el historiador Gregorio Lasaga Larreta sugirió que el nombre venía de “passagio”, un tributo de origen medieval por el tránsito (paso) del ganado. Más recientemente el etnólogo  Adriano García Lomas ha sugerido que hace referencia a la voz latina “passus” (“garganta estrecha y difícil de un monte”)

Sea como fuere, es un “pasiego” el natural de la comarca llamada “Pasieguería”, formada por los valles de los ríos Miera, Pisueña y Pas, (que da de hecho el nombre a la comarca y a sus gentes) en Cantabria, así como los cuatro valles más septentrionales de Espinosa de los Monteros, en Burgos (que tampoco es de extrañar siendo tierras vecinas unas con otras). En total, una zona de unos cuatrocientos kilómetros cuadrados, con abundantes quebradas y pendientes abruptas, que las hacen tierras poco aptas para la agricultura. Por ello el medio de vida de los pasiegos fue siempre la ganadería, de cabras y (a partir del siglo XIX) de vacas. (En menor medida, también se dedicaron al comercio y transporte de mercancías, y un poco al contrabando, que una cosa lleva la otra). La ganadería les obligó a adoptar un medio de vida transhumante, viviendo los meses de verano en las zonas de los pastos altos de montaña y los de invierno en los valles. Esto hace que cada núcleo familiar tenga habitualmente al menos dos residencias (y muchos hay que tienen cuatro o cinco). Su forma de vida, al contrastar con la de sus vecinos (predominantemente agrícolas y completamente sedentarios) los convirtió en comunidad aparte. El rechazo dio lugar a la endogamia, y el aislamiento a la formación de costumbres propias.

Se supone que el origen de este aislamiento se produce durante el siglo IX. La repoblación del territorio cántabro se produce alrededor de monasterios e iglesias (lo que permite reunir a la población y cobrarles impuestos con más facilidad). Pero los valles pasiegos, por ser tan agrestes y de difícil acceso, quedan al margen de este proceso. La primera referencia escrita a los habitantes de “Pas” (sic) la encontramos en un documento fechado el año 1011, en el que el conde Sancho de Castilla hace entrega al monasterio burgalés de San Salvador de Oña de un “territorio de montañas bravas y desiertas, al norte de Espinosa, que usan de pasto los pastores”. Este territorio pasa, en 1396, a depender de la villa de Espinosa de los Monteros. En esa época aún no existe una población estable en los montes pasiegos, aunque los pastores los usen desde hace siglos para la trashumancia. De tener una casa más o menos estable, sin duda los pasiegos la tendrían en la misma Espinosa.

Hay que esperar hasta el siglo XVI para que aparezcan en los valles pasiegos las primeras ermitas e iglesias, y entorno a ellas se van creando las  poblaciones. Los vecinos de Espinosa tienen fama de ser fieles a los reyes de Castilla desde antes de que lo fueran (se dice que en el siglo IX uno de Espinosa salvó la vida al conde Sancho Díaz de Castilla, que creó un cuerpo de Monteros de la población, de ahí el nombre). Sea como fuere, en la época era normal que oriundos de Espinosa pertenecieran al séquito del rey como guardias de cámara, teniendo fama, además, de absoluta limpieza de sangre. Esta creencia (la de su linaje intachable de cristianos viejos) se hizo extensiva a todos los pasiegos (lo que no deja de ser irónico dadas las acusaciones que más adelante tuvieron que soportar). Las mujeres pasiegas también fueron famosas entre la aristocracia castellana por ser excelentes amas de cría. Se dice que una vez paridas, al emprender su viaje a Castilla para servir como nodrizas, llevaban un perrillo o un gato para darle de mamar, y así no perder la leche. (De hecho, hubo nodrizas pasiegas en la Casa Real española hasta tiempos de Alfonso XIII. Una pasiega amamantó al abuelo del actual rey, que no es poco.)

Hasta el año 1865 no se puede hablar de una marginación real hacia los pasiegos. Pero en el siglo XIX sucede un hecho importante: Los pasiegos se hacen traer vacas frisonas holandesas, que producen más leche que las vacas autóctonas, cambiando sus rebaños de cabras por estos nuevos animales. Así logran cierta prosperidad... y con ella la envidia de sus vecinos. Y claro, de la envidia nacen las maledicencias. Pronto se empieza a decir que los pasiegos  son descendientes de moros o judíos, que son malos cristianos que no observan regularmente los preceptos cristianos, ni los rezos, ni mucho menos los ritos. Se llega a decir que todas las mujeres pasiegas son brujas... ¡y que todos los hombres tienen rabo!


Cierto es que no eran los pasiegos de ir mucho a misa... principalmente porque cuando no hay una iglesia cerca en cincuenta kilómetros a la redonda tampoco es muy fácil, eso de acercarse a ella los domingos. También es cierto que, a finales del siglo XVI (1594, concretamente) se realizó una expedición evangelizadora por parte de la Compañía de Jesús de Santander a los montes del Pas (que así llamaban, por extensión, a toda la zona) preocupados por las almas de unas gentes "compañeros de las fieras en la habitación, y aun en las costumbres" (…) "en suma ignorancia de las más importantes y necessarias verdades del Christianismo", (viviendo en) "errores, los quales davan entrada á diversas supersticiones con que el demonio los engañava". La más flagrante, el que como no tenían imágenes ni iglesias veneraban un roble centenario, junto al que los avispados jesuítas levantaron un altar de campaña primero para hacer misa allí y una ermita en cuanto pudieron. La eterna costumbre de la iglesia, de sacralizar los viejos lugares de culto paganos, ya se sabe...

Aparte de ese tufillo a paganismo, los pasiegos tenían costumbres propias muy poco comunes con sus vecinos “cristianos”. Por ejemplo, practicaban, al igual que los maragatos, la “Covada”, en la que el hombre se acuesta junto al recién nacido como si él lo hubiera parido. Ya era costumbre practicada en tiempos de los cántabros, según narró Estrabón en su “Geografía”, así que no debería extrañarnos que dos etnias aisladas como pasiegos y maragatos la conservasen. Tampoco ayudó el que muchos pasiegos fueran de pelo tirando a rubio, ojos azules, tez pálida y más bien corpulentos, al contrario que sus vecinos, morenos y tirando a bajitos... aunque que me expliquen como se logra explicar que los rasgos de un tipo más bien alto, rubio y de ojos azules le señalan como descendiente de judíos... de hecho se llegó a acuñar el dicho de “el pasiego, a más rubio, más judío”.



















miércoles, 31 de julio de 2019

Minorías malditas de España 5. Morenos y “de Blancos”





España  fue el último país europeo en abolir por completo la esclavitud, en 1886, aunque algunos señalan que no había esclavos en la península desde 1776, cuando el sultán Mohammed III de Marruecos compró (y liberó) a casi todos los esclavos musulmanes de Barcelona, Sevilla y Cádiz... (aunque no hay datos sobre los esclavos de origen subsahariano). En 1837 llegó la abolición legal de la esclavitud española... pero limitada al ámbito peninsular. La esclavitud no fue ilegal en la entonces colonia de Puerto Rico hasta 1873, y Cuba tuvo que esperar hasta 1880 (complementado con el real decreto del ya citado año de 1886, que liberó a los últimos 30.000 esclavos que quedaban de la isla).

Volviendo a la península... ¿qué fue de los esclavos tras su liberación? La mayoría de los de origen magrebí fueron acogidos por el sultán de Marruecos, pero muchos de los antiguos esclavos de color se quedaron en la península. Recibieron los motes de “morenos”, “travesaos”, (o “atravesaos”). “los del barco”, “los de Colón” y “de Blanco” (ya que eran propiedad de blancos). Al negro también se le llamaba, de gorma genérica “Simón”, y “Curro”.  Algunos de estos motes llegaron a convertirse en apellidos, y sus descendientes aún los usan.

Desde el siglo XIV y hasta inicios del siglo XIX (hasta que los ingleses decidieron decir digo donde habían dicho diego y pasaron de ser los mayores comerciantes negreros a luchar contra la esclavitud) Sevilla, Cádiz y Valencia fueron (junto con Lisboa) centros de comercio esclavista de primer orden. Tanto es así que en esas y otras ciudades andaluzas la población de color (esclava o ya liberada) llegó a alcanzar el 20% del total. (la excepción está en San Lúcar de Barrameda, que llegó a contar con casi un 50% de población esclava o descendiente de esclavos.  A finales del siglo XVI se calculan en España 58.000 esclavos subsaharianos, “turcos” (musulmanes del imperio otomano), “moros” (originarios del norte de África) e incluso nativos de las islas Canarias. Solían ser mineros y jornaleros en el campo y sirvientes en la ciudad, en especial los subsaharianos. Durante los siglos XVII y XVIII tener un esclavo de color (convenientemente “adiestrado” en el arte de servir) era señal de distinción, y tanto aristócratas como clérigos presumían de ellos.  Se permitían las manumisiones (declararlos legalmente libres), al modo de la “Lex” romana, pero ese derecho era un arma de doble filo: los “negros” libres  quedaban relegados al nivel más bajo de la sociedad, y solo tenían acceso a los trabajos más penosos. Los que ningún blanco, ni el más pobre, quería hacer. Hubo excepciones, por supuesto. Juan Latino, en el siglo XVI llegó a ser catedrático de la Universidad de Granada y está considerado el primer afroeuropeo en escribir en latín clásico. Todo un logro para un hombre  nacido en 1508 de una pareja de esclavos de color propiedad del cuarto conde de Cabra, Luis Fernández de Córdoba.  Otro esclavo de color que destacó por méritos propios fue Juan Pareja, esclavo ayudante de taller de Velázquez, que le concedió la libertad en 1650 (año en el que pintó su retrato) y que se convirtió en pintor de reconocido prestigio.

El historiador Antonio Delgado Hernández escribía en el siglo XIX: "En los siglos XIV y XV los mareantes de Palos, Moguer y Huelva frecuentaban la costa de Guinea, de donde extraían esclavos negros para los mercaderes de Andalucía... Las naves que conducían esta odiosa mercancía aportaban casi siempre a puertos inmediatos a Niebla, donde se negociaban los esclavos, y comúnmente quedaban muchos en el país... Cuando llegaba el caso de ahorrarlos (libertarlos), moraban en aquellos pueblos, donde la raza se perpetúa casi sin mezcla; pero al cabo de tantos años ha perdido su primitivo color y degenerado en trigueño. Muestran su origen en sus fisionomías y en rastros del ángulo facial de la raza etiópica"

Arcadio Larrea en “Los Negros de la Provincia de Huelva” constató en 1952 (fecha de la publicación de su trabajo) la presencia de descendientes de antiguos esclavos africanos en tres localidades de la zona de Niebla de la que habló Antonio Delgado cien años antes:  en Palos contabilizaba "de diez a 12 familias"; en Moguer "14 familias de negros puros (70 individuos) y unos 30 o 40 travesaos (mestizos)"; en Gibraleón, "el núcleo más importante y diferenciado", más de 200 individuos de color.

Estas comunidades se nutrieron en el siglo XIX de nuevos migrantes de color: Gentes libres que luchaban contra los españoles en Cuba y que, apresados, eran deportados a la península, aveces como paso previo antes de enviarlos a pudrirse a los presidios de Ceuta y Guinea. Tal fue el caso de un tal “Negro Simón”. Compañero del revolucionario cubano José Martí, que terminó sus días condenado por “asesinato” en un penal de Fernando Poo.

Paradójicamente, en 1950 ya no había descendientes de esclavos africanos en Niebla, donde antes fueron tan abundantes. En un documento de 1493 se quejan los vecinos de la población sobre las "muchas libertades e franquezas" que el señor de esas tierras (tercer duque de Medina Sidonia, don Juan de Guzmán), “les mandó dar e dio" a los antiguos esclavos, entre ellas tener un alcalde de su raza encargado de hacer "la justicia sobre sí". Eso en una época, recordémoslo, en la que las gentes libres de color, en la península, tenían prohibido aprender a leer y a escribir y les estaba vedado el acceso a figones y tabernas, fueran libres o esclavos, en la creencia de que el alcohol, incluso en pequeñas cantidades, enloquecía al hombre de color.

¿Donde fue la próspera población negra de Niebla? O se mezclarían con sus vecinos olvidando sus orígenes o quizá emigraron, como hicieron la mayoría de la comunidad negra de Sevilla, en su tiempo tan importante que a finales del siglo XIV tenía un asilo y una cofradía que aún hoy en día aún se mantiene, al menos de nombre: “Los Negritos” es actualmente la hermandad de Semana Santa más antigua de la ciudad. Muchos negros libres de origen sevillano acabaron en Cuba, en cuya capital, la Habana, terminaron creando una especie de organización criminal: los negros curros.

¿De qué trabajaban los afroeuropeos libres de Huelva? Pues lo hicieron en las tareas que pocos o ningún blanco querían hacer, y normalmente por un salario más bajo. Y bastante mal vistos por sus vecinos, claro, por aquello de que “les quitaban el trabajo”.

De unos años a esta parte vuelven a ver migrantes de origen africano en la península. Y me temo que las cosas no han cambiado absolutamente en nada.

jueves, 4 de julio de 2019

Minorías malditas de España 4. Los Maragatos



Se supone que el término “Maragato” procede del latín “mauricatus”, cuya traducción sería “hecho moro” o “morohablante”. Así se llaman los pobladores de la comarca de la Maragatería, en León, que ha adoptado el nombre de sus habitantes, y no al revés como es habitual, ya que esa tierra, hasta el siglo XVI. Recibía el nombre de “La Somoza”. Otra explicación señala que el nombre procede del latín “mauri capti”, es decir, moros cautivos. Y una tercera (por más sencilla quizá la más fiable) afirma que su nombre no tiene nada que ver sobre su supuesto origen, sino sobre las “maragas” o “baragas” (bragas) que llevaban, con lo que “maragato” sería simplemente “portador de maragas”. No se me sonrían, que la braga era como se llamaban los calzones masculinos, antepasados de nuestros pantalones. De “braga” procede el término bragueta y decir “hombre bien bragado” quería decir ser un hombre valiente. Que quizá fuera la definición correcta del término maragato. Luego volvemos a esto.

Sobre el origen de los maragatos la explicación más común es que son descendientes de musulmanes. Así lo explicó el arabista francés Reinhart Dozy en el siglo XIX, apuntando que podían tratarse de descendientes de bereberes, aislados en la zona de Astorga desde tiempos del rey Fernando I de León en el siglo XI.  Ya en el siglo XX el catedrático Jaime Oliver Asín reforzó la teoría magrebí de Dozy, citando a una tribu bereber en concreto: los baragwata, que hacia el siglo VIII emigraron de sus tierras estableciéndose primero en Al Andalus y luego al oeste de Astorga, siendo sus descendientes los maragatos. Sin embargo estudios recientes descartan el origen norteafricano de los actuales maragatos: No tienen mayor porcentaje de ADN marroquí que los que tienen otros pueblos de la península (El nombre completo del estudio, por si quieres buscarlo es “Mitochondrial DNA characterisation of European isolates: the Maragatos from Spain”. Sus autores son Larruga JM, Diez F, Pinto FM, Flores C, Gonzalez AM.)

¿De dónde proceden pues los maragatos? Dejando aparte la tesis africana, hay varias teorías más, a cada cual más peregrina:

Fray Martín Sarmiento, un erudito monje benedictino que en el siglo XVIII apuntó en su texto “Astorga: descripción de la Maragatería” que Maragato procede de "maurellos" o "mourellos" que serian mauritanos que antes de la dominación romana emigraron a la peninsula ibérica con las tropas cartaginesas y que se instalaron en la zona de Astorga, hacia el siglo III antes de Cristo.

Una explicación popular (y poco fundamentada) apunta su origen a visigodos de la época de don Rodrigo, que ante la conquista musulmana del siglo VIII se convirtieron al islam, siendo despreciados por sus vecinos. De ahí vendría el mote, que amalgama las palabras de “moro” y de “godo”

El catedrático de de la Universidad de León Laureano Rubio sostiene que el termino procede del transporte de pescado en salazón que realizaban los arrieros de esta comarca desde Galicia a Madrid, o lo que es lo mismo desde el mar a los gatos. De “mar a gato”, es decir, maragatos.

Otros, menos imaginativos, señalan que el término no aparece en los textos anteriores al siglo XIV, y puede ser una corrupción de “mercator”, es decir, mercader.

Aunque se considera que la capital de la Maragatería es Astorga, en realidad la comarca maragata se encuentra al oeste de la ciudad, en los lindes del monte Teleno. No en vano a la zona se la llamó, hasta el siglo XVI “la Somoza” (posiblemente de “sub-montia”, bajo el monte). La Maragatería propiamente dicha la componen una treintena de pueblos y aldeas (Brazuelo, Castrillo de los Polvazares, Lucillo, Luyego, Rabanal del Camino, Santa Colomba de Somoza, SantiagoMillas, Val de San Lorenzo, Lagunas, Quintanilla, Villalibre de Somoza entre otros) que ya en el siglo XIII disfrutaron del privilegio de “hermandad propia” (unión de los diferentes concejos municipales), concedido por Alfonso X en Burgos en 1270 y ratificado por Alfonso XI en 1336.

Esta tierra, escarpada y poco propicia para agricultura y ganadería, hizo que los de la zona se dedicaran principalmente a la artesanía y al transporte de mercancías, principalmente entre Galicia y Castilla, aprovechando la antigua vía romana que une Astorga con Lugo, donde tomaban la “Vía de la Plata” hasta Madrid. También aprovecharon las rutas del Camino de Santiago para llevar sus mercancías a Asturias, Cantabria y el norte de Castilla. Solían llevar en sus carromatos pescado en salazón de Galicia y carbón de Asturias, que vendían en las tierras del sur comprando productos de matanza (sobre todo embutidos) y productos de secano, que con los que comerciaban en el norte. Se hicieron famosos por la fiereza con la que protegían sus cargamentos de bandidos y ladrones, y por ser fieles a su palabra dada en los contratos: Tenían fama de que se les podía entregar cualquier mercancía valiosa, aunque fuera oro molido, que lo transportarían sin hacer preguntas... ni efectuar sisas. Posiblemente para cimentar su fama y ser fácilmente reconocidos empezaron a vestir de manera muy particular: Sombrero negro de ala ancha, chaleco y armilla (chaquetilla sin mangas), bragas (calzones) de color negro y polainas de paño.

El transporte y comercio de mercancías enriqueció a las familias maragatas, en una sociedad en la que, tras la expulsión de los judíos, la riqueza estaba relacionada con la nobleza y la ostentación. Los maragatos ni eran lo primero ni alardeaban con lo segundo. El oficio de arriero les condujo a desarrollar familias extensas, de padres e hijos pero también de tíos y primos, que la mayoría de las veces vivían juntos en la gran casa arriera maragata (de piedra, con un gran patio central dond se guardan carromatos y animales y pocas o ninguna ventana al exterior). La mayoría de los hombres estaban en los caminos la mayor parte del año, las mujeres se quedaban gobernando la casa y sus posesiones.

Al ser ricos pero plebeyos sus vecinos empezaron a mirarlos con envidia, y pronto empiezan a surgir las habladurías entorno a estas gentes: Es a partir del siglo XVI cuando se generaliza el nombre de maragato, al principio como insulto (para relacionarlos con los moros, es decir, no ser de “sangre limpia” ni “cristianos viejos”) y que el colectivo adopta como señal de identidad. Se les acusa igualmente de judíos, de ladrones y mentirosos, de herejes luteranos (pues no se ganaban el pan trabajando, sino comerciando, a la manera de los flamencos). Se dice de sus mujeres que nunca se peinan una vez casadas, que todos los hombres son borrachos, que sus casas son tan sucias que más bien parecen porquerizas... entre otras lindezas. No ayuda a eso que tengan costumbres propias, como la “boda maragata” (que dura dos días, con boda y tornaboda), la “fiesta del arado” (una especie de carnaval en la que los hombres se visten de mujeres) o la “Covada” (en el que el marido suplanta a la madre tras el parto, metiéndose en la cama junto al recién nacido). Por último, al desarrollar unas lineas de parentesco extensas cayeron poco a poco en al endogamia, negándose a relacionarse con gentes ajenas a sus clanes familiares arrieros, aunque fueran labradores o artesanos de la misma comarca. Eso los hizo marginarse aún más. Con todo, justo es decir que jamás sufrieron persecución alguna más allá de la maledicencia, no como otros colectivos de la península.

La llegada del ferrocarril supuso el fin del monopolio comercial de los maragatos. Los más emprendedores emigraron a América (sobre todo Argentina y Uruguay), otros se instalaron en las ciudades para continuar desde allí sus negocios. Hoy la presencia maragata queda solo en algunos museos locales y en fiestas muy puntuales, en las que se saca del armario el traje maragato típico, ya convertido en más disfraz que otra cosa.



jueves, 30 de mayo de 2019

Minorías malditas de España 3. Los Gitanos





El sustantivo  “gitano”, como se les conoce en España, es una corrupción de “egipciano”, es decir, procedente de Egipto, de donde los españoles del siglo XV (que fue cuando los gitanos entraron en la península) creían que procedían los gitanos. Por el mismo motivo en Francia se les llamaba antiguamente “bohémiens” o boumians” (es decir, bohemios) ya que entraron en el país galo con un salvoconducto del rey de Bohemia. Pero el término más común para llamarlos en Europa es “zíngaros”: (posiblemente del griego azinganos, literalmente “intocable”). Así se les conoce en Alemania (zigeuner), Francia (tzigane o tsigane), Italia (zingaro), Portugal (cigano), Turquía (cingeney). Los gitanos europeos prefieren para sí el término “romaní” o “rom” (que significa “hombre”); los españoles, a menudo se refieren a sí mismos como calé (que se puede traducir por “el que habla caló”, su lengua propia, aunque los hay que dicen que calé procede del indostaní  “kâlâ”, que significa simplemente “negro”.

¿De dónde procede este pueblo que en la Edad Media irrumpió en Europa? Se les ha considerado descendientes de Caín, o de la estirpe de Cam, el hijo maldito de Noé. Otras tradiciones remontan sus orígenes a magos caldeos de Siria, e incluso a hebreos que se negaron a  seguir a Moises a la Tierra Prometida y se pusieron a dar vueltas por el mundo a su aire. Se ha dicho que un gitano forjó los clavos con los que crucificaron a Cristo, trayendo la maldición a todos los suyos (pero los gitanos dicen que nanay, que ellos lo que hicieron fue robar los clavos originales, por lo que robar no es pecado para ellos).

Mitologías aparte, ya en el siglo XVIII un estudio exhaustivo del idioma romaní demostró que se trataba de una lengua de origen indico, emparentada con el  panyabí o el hindi occidental. Es decir, que el origen del pueblo gitano se encuentra  en el noroeste del subcontinente indio, en la zona en la que actualmente se encuentra la frontera entre los estados actuales de India y Pakistán. Esta teoría ha sido respaldada, ya más recientemente, con estudios genéticos.
No hay una respuesta clara sobre el motivo de la diáspora del pueblo gitano. Algunas teorías sugieren que pudieron ser individuos de una casta inferior, reclutados y obligados a luchar al oeste contra el avance musulmán. O quizá fueron conquistados por los musulmanes, esclavizados y enviados al oeste, donde formarían una comunidad cerrada y con el tiempo emigrarían huyendo de sus captores (esta hipótesis está respaldada por una crónica de Mahmud de Ghazni, que informa de la captura de 50.000 prisioneros durante una invasión turco-persa del Sind y del Punyab). La “Crónica Persa”, de Hazma de Ispaham, menciona a un pueblo de músicos que el rey de Persia solicitó al rey de la India hacia el siglo X. El Sahnameh (“Libro de los Reyes”) del poeta Firdusi, datado en 1010, nos da más datos: Este pueblo se llamada Zott (o Rom, o Dom, que de las tres maneras aparece en la crónica), y en número de 12.000, hombres y mujeres, partieron desde su patria junto al río Indo para entretener al rey de Persia Behram con sus cantos, sus bailes y sus espectáculos. El rey Behram les dio trigo, animales y tierras en las que vivir, para que así pudieran entretener gratuitamente al pueblo. Pero tras un año estas gentes habían malgastado lo que les dio el rey, sin labrar la tierra ni cuidar el ganado, por lo que el rey les condenó a vagar por los caminos, viviendo de la caridad, ya que eran incapaces de ganarse ellos mismos su sustento.

Sea por el motivo que fuese, la mayoría de los investigadores están de acuerdo en  que los gitanos abandonaron sus tierras natales de la India entorno al año 1.000. No todos, claro. Pueblos similares a los gitanos se encuentran hoy en día en la India (se supone que originarios de Rayastán, por cierto). Tampoco todos llegaron a Europa. Los lurios, (reconocidos como gitanos incluso por los propios gitanos) siguen viviendo hoy en día en Irán.

Sobre su periplo, podemos ceñirnos a las crónicas: Gentes llamadas “Atsinganoi” aparecen en Bizancio en el siglo XI. Se trata de adivinadores y magos ambulantes que, según una crónica fechada en 1054 (Vida del anacoreta San Georgios), llegaron a ser requeridos por el mismísimo emperador Constantino IX para que con sus artes místicas limpiaran de fieras salvajes los bosques. La cosa acabó mal para ellos: se les acusó de hechiceros y malhechores y fueron perseguidos por la justicia. De ese nombre griego, “atsinganoi”, derivará la palabra “zíngaro”, por cierto.

El fraile franciscano Simon Simeonis describe en 1322 un pueblo de costumbres muy similares a las de los gitanos asentado en Creta. Otro cronista, Ludolphus de Sudheim, habla en 1350 de otro pueblo de características similares, al que llama “mandapolos”, durante su peregrinación a Tierra Santa. En 1360 se establece en Corfú una comunidad claramente gitana (que aparece en las crónicas como “Feudum Acinganorum”). Los peregrinos la bautizan como “Pequeño Egipto”, de donde procedería la palabra “egipciano”. A finales del siglo XIV hay comunidades gitanas ya asentadas en tierras de serbios, búlgaros y rumanos. En 1416 se les encuentra ya en Alemania, al año siguiente en Bohemia, donde se les concede el famoso salvoconducto. En Suiza entraron en 1418 (donde se les expulsó en 1471, siendo el primer país europeo en hacerlo); en Francia en 1419, en 1420 en Bruselas y Flandes. En 1421 entraron en Italia, aunque no entraron en Roma (que se sepa) hasta 1427.

Oficialmente, los gitanos llegan a España en 1415. Es en esa fecha cuando  el infante Alfonso de Aragón concede en Perpignán un salvoconducto a un tal Tomás, hijo de Bartolomé de Sanno, “Indie Majoris Ethiope”, que dice estar peregrinando a Santiago de Compostela. Aunque otros historiadores señalan la fecha de entrada en 1425, apoyándose en la carta de seguro (salvoconducto, vamos) que el rey Alfonso V de Aragón le concede a un tal “Juan de Egipto Menor”. Tanto da que da lo mismo, la cuestión es que ya tenemos a los gitanos en la península, donde inicialmente son bien recibidos. Según la investigadora Teresa San Román en ese siglo XV entraron en la península unos 3.000 gitanos, que viajaban en grupos de 80 a 150 individuos, practicando la vida nómada y dedicándose a la adivinación y el espectáculo. Eran considerados buenos cristianos, tanto es así que en el tercer viaje de Colón (1498) viajaron cuatro gitanos en sus naves (estando como estaba el nuevo continente vedado a moriscos y judaizantes).

La permisividad de las autoridades terminó pronto: En 1499 los Reyes Católicos emiten la llamada “Pragmática de Madrid”, en la que se obliga al pueblo gitano a abandonar su vida nómada, adoptar un oficio y abandonar sus costumbres, su idioma y su forma de vestir (vamos, que dejen de ser gitanos). Se les da un plazo de dos meses, transcurridos los cuales podrán ser expulsados del reino o convertidos en esclavos, lo que más convenga a la autoridad local. Los gitanos no debieron hacer mucho caso a esta ley, ya que la misma pragmática se repite, prácticamente  letra por letra, en 1539 (bueno, cambia el castigo: se les condenará si desobedecen a 6 años de galeras). En total en España se emitirán más de 280 pragmáticas, decretos y leyes contra el pueblo gitano, cada vez más tozudo a integrarse. España no es el único país Europeo que empieza a considerar a los gitanos un problema: Ya hemos dicho que de Suiza se les expulsa en 1471. En el año 1500 se les expulsa igualmente del Sacro Imperio; en 1540, de Bélgica; en 1563, de Inglaterra. En Rumanía, donde se habían establecido tantos, era aceptada legalmente su esclavitud (práctica que no sería abolida hasta 1864)

El momento más oscuro de la historia gitana en España tiene lugar en julio de 1749, cuando se produce la llamada “Gran Redada” . Se trata ni más ni menos que de un proyecto para exterminar a la población gitana española arrestándolos y separándolos por sexos y edades. La cosa tenía su lógica. Si no se podían reproducir, se extinguirían en un par de generaciones. Esta barbaridad, autorizada por el rey Fernando VI y orquestada por el ministro marqués de la Ensenada, supuso el arresto, por el simple delito de ser gitanos, de más de 9.000 personas.  Dieciséis años más tarde (1765) Carlos III ordenó que fueran puestos en libertad, aunque los últimos no fueron liberados hasta 1783. Ese mismo año se promulga que los gitanos son ciudadanos del reino, y por lo tanto pueden residir en cualquier lugar que les plazca. Sin embargo, las presiones para que dejen su vida nómada, sus costumbres y su idioma no cejarán, antes bien, irán en aumento. Los gitanos españoles abandonan en su mayoría su vida nómada por otra semi nómada circunscrita habitualmente a una región. Del mismo modo encuentran un lugar en la sociedad, ejerciendo un oficio... o algo parecido. Se puede decir que entre los años 1850 y 1950 los gitanos son los abastecedores de ganado de labor (caballos, mulas, en menor medida bueyes) tanto para el gran terrateniente como para el pequeño propietario. Esa trata les permite llevar la vida semi itinerante que les gusta, sin estar adscritos a un municipio concreto. Por contra, siguen arrastrando los prejuicios de la sociedad. Se les acusa de ladrones (en especial de los animales que luego venden); de secuestradores de niños (a los que “convierten” en gitanos); y en menor medida (a medida que van pasando los años) de brujos y brujas, causantes de desgracias y de provocar la mala suerte. La progresiva mecanización del medio rural privará a los gitanos de su medio de vida, abocándolos nuevamente a la marginalidad más absoluta. Quedarán relegados a míseros barrios de chabolas primero, y a barrios marginales después, donde la salida más fácil es la delincuencia y el trapicheo, en especial de drogas. Los que tratan de llevar una vida honrada se dedican, en gran parte, a la venta ambulante en mercadillos callejeros o de pueblos. Unos pocos logran integrarse sin perder completamente su identidad gitana e incluso acceden a estudios universitarios. En 1988 se pone en marcha el Programa de Desarrollo Gitano, revisado en el año 2002. Gracias a él los gitanos españoles se han integrado en la sociedad más en los últimos 30 años que en los anteriores 3 siglos. Con todo, la comunidad gitana española (actualmente, unas 700.000 personas) sigue estando asociada a delincuencia y marginalidad. Se les acusa de vivir de las ayudas del Estado, es decir, de ser unos vagos, y de que las leyes son más permisivas con ellos que con el común de las personas.


Lo que, más que menos, es lo mismo que dicen de los migrantes africanos, mire usted qué casualidad...