jueves, 2 de mayo de 2019

Minorías malditas de España 2: Los Chuetas

 

Los Chuetas, del catalán mallorquín "xueta" (plural xuetes), eran (y son, que el tema aún colea, aunque ya poco) los descendientes de los judeoconversos mallorquines. Este nombre aparece por primea vez escrito en las actas de los procesos inquisitoriales de 1678.  Sobre su etimología hay dos hipótesis: Una que procede de juetó (mote despectivo aplicado a los judíos (en catalán jueus); y otra  que hace referencia a la costumbre de comer en público tocino, o de quemarlo en su casa para que lo olieran sus vecinos y así demostrar que se era tan cristiano como el que más (pues tanto judíos como musulmanes tienen prohibido el consumo de la carne de cerdo, por ser animal impuro según sus creencias). En catalán tocino se dice “cansalada”, pero en mallorquín se dice xulla, (pronunciado xuia o xua), por lo que de ahí nacería el nombre.

Se les conocía por otros nombres, claro: “xuetons” (que se traduciría por judiazos), “marxandos” (comerciantes menores, tenderos y buhoneros, por ser los oficios que solían desempeñar)  “des Sagell” o “des carrer”  (en referencia a la calle del Sagell, donde tradicionalmente vivían los chuetas de la ciudad de Mallorca). Entre ellos, a su vez, distinguían entre “els d´orella alta” (literalmente los de oreja alta), que eran los ricos y poderosos; y “els d ´orella baixa” (los de oreja baja) los pobres. Pues ya dice el refrán catalán que es el sino del pobre  “baixar les orelles” (es decir, humillarse). Por otro lado los chuetas solían llamarse “noltros” (nosotros) o “es nostros” (los nuestros). Los no chuetas eran, sencillamente, “es altres” (los otros) o  “es de fora del carrer” (los de fuera de la calle)

El origen de los chuetas se remonta al siglo XV, cuando el temor a que se repitan los asaltos a las juderías de 1391 y las predicaciones (se podría hablar más de amenazas nada sutiles y extorsión, pero en fin) de (San) Vicente Ferrer provocaron conversiones masivas entre la comunidad judía, que condujeron a que hacia 1435 prácticamente no hubiera ya judíos en la isla. Al menos en teoría, ya que la mayoría de las conversiones no fueron en absoluto sinceras,  y los conversos siguieron, en buena medida, practicando sus costumbres de origen hebreo, aunque eso sí, a puerta cerrada. Durante cincuenta años las cosas les fueron bastante bien: aunque estas prácticas eran un secreto a voces no fueron molestados hasta 1488, cuando se instala en Mallorca el Tribunal del Santo Oficio. Ya saben, el que crearon los Reyes Católicos  para fomentar en sus reinos la uniformidad religiosa. Según las actas de la misma Inquisición entre ese año (1488) y 1544 se acogen a Edictos de Gracia (es decir, que confiesan voluntariamente su condición de herejes judaizantes, vamos, que se denuncian a sí mismos a cambio de no ser castigados con penas severas) 559 mallorquines. Otros 239 son “reconciliados” (en que abjuraron de sus falsas creencias y fueron readmitidos en el seno de la Iglesia católica) y 537 fueron “relajados” (que no es que les hicieran un masajito, sino que los entregaron al brazo secular para ser ejecutados por muerte en la hoguera). De ellos 82 fueron, efectivamente, quemados. El resto (455) fueron quemados en efigie por haber muerto durante el proceso (bonito eufemismo para decir que los torturaron hasta la muerte) o, (mejor para ellos) lograron evitar ser apresados y huyeron. Por desgracia las actas inquisitoriales no indican el número de unos y de otros. 

Sea como fuere esta persecución tiene sus frutos: Muchos criptojudíos emigran de la isla, y la mayoría de los que se quedan se hacen más católicos que el mismísimo obispo, para evitar nuevas denuncias. Solo un pequeño grupo mantiene con gran secreto algunas prácticas judaizantes en la intimidad de sus familias, practicando una rigurosa endogamia entre ellos. Ese grupo será el origen de los chuetas. Pese a estar más o menos al corriente de sus actividades, este grupo no será molestado por las autoridades eclesiásticas durante más de cien años. Se les considera un colectivo poco peligroso, en comparación con las amenazas, mucho más cercanas, de los moriscos y (en menor medida) de los protestantes.

Este periodo de bonanza termina en 1678. Aunque la Inquisición como tal empieza a estar en horas bajas, la monarquía española necesita dinero más que nunca. Y buena parte de los criptojudíos mallorquines se han enriquecido haciendo negocios con comunidades judías de otras partes del Mediterráneo (sobre todo con la de Livorno, en la Toscana), así que son un bocado jugoso que morder, tanto más cuando parte de la sentencia supondrá la incautación, ya fuera en parte o en su totalidad, de sus bienes. Entre 1678 y 1695 se juzgaron a 339 personas. 283 fueron “reconciliadas”, aunque tuvieron que sufrir un tiempo de cárcel y se les embargó la mayoría de sus bienes, 5 quemados en efigie (ya que lograron escapar), 14 quemados los huesos (pues murieron en la cárcel o fueron juzgados ya diguntos) y 37 ajusticiados. La mayoría aceptaron besar la cruz antes de que se encendiese la hoguera, siendo asfixiados con garrote. Solo tres (Rafel Valls y los hermanos Rafel Benet y Caterina Tarongí) se negaron a ello y fueron quemados vivos, en 1691.  Se calcula que el valor de los bienes embargados a los condenados alcanzó los dos millones de libras mallorquinas, que en moneda equivaldría a 654 toneladas de plata. Sin duda alguna, fue un buen negocio...

Parte de la condena incluía la vergüenza pública de pasear durante las procesiones de Semana Santa. con la “gralleta”, nombre mallorquín del  sambenito, una especie de escapulario con forma de poncho con un agujero central por donde pasaba la cabeza,  (como los hombres-anuncio de los años 30, para entendernos)  Muchas veces la condena obligaba a los descendientes hasta la tercera generación a llevar igualmente el sambenito, por muy devotos católicos que fueran. Además, se pintaba un cuadro con el nombre y apellidos del condenado portando el sambenito y especificando su culpa, cuadros que estaban expuestos públicamente en el claustro del convento de santo Domingo (y ahí siguieron hasta que un grupo de chuetas, en 1820, asaltó por las bravas el claustro y los quemó todos). Además, en 1691 se publicó el libro “La Fee Triunfante en quatro autos celebrados en Mallorca por el Santo Oficio de la Inquisición en qué an salido ochenta i ocho reos, i de treinta, i siete relaiados solo uvo tres pertinaces.” del jesuita Francesc Garau, en el que aparecen reseñados todos y cada uno de los condenados, Así, los chuetas de Mallorca podían ser fácilmente identificables.
Por si tienen curiosidad, los quince apellidos chuetas por excelencia son:  Aguiló, Bonnín, Cortès, Fortesa, Fuster, Martí, Miró, Picó, Pinya, Pomar, Segura, Tarongí, Valentí, Valleriola y Valls. Hay algunos más, que entran y salen de las listas oficiales: Galiana, Moià,  Sureda, Vilaire, Valleriola (y seguro que me dejo alguno). En total, de una población de 859 289 habitantes (dato de Enero del 2015) que tiene la isla de Mallorca de 18.000 a 20.000 llevan alguno de estos apellidos.


Los portadores de estos apellidos tenían vedado el acceso a ciertas escuelas e incluso sufrían dificultades a la hora de estudiar y ejercer la carrera eclesiástica. A nivel de oficios solo eran admitidos en los gremios de  velluteros, merceros, plateros, tenderos y buhoneros, los únicos que no exigían un certificado de limpieza de sangre. Ningún cristiano que se tuviera por tal tendría a su servicio a un (o una)  chueta, ni aún desempeñando los empleos más bajos. Sobre todo en la Semana Santa y en el periodo de Cuaresma eran objetos de insultos, chascarrillos y burlas, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días:  (Alcalde, yo me desdigo/ de que Juan sea chueta,/ pero viene de la cepa/ que crucificó a Cristo). Por supuesto, ninguno tenía acceso a puestos de responsabilidad política o social, por muy preparado que estuviese o muy rica que fuera su familia.
En los años más duros se les llegó a acusar de negarse a casarse con cristianos viejos para así mantener su estirpe judía (cuando la endogamia era el resultado forzoso de su estigmatización social); que hacían bautizar a sus hijos con nombres judíos del Antiguo Testamento; que despreciaban e insultaban a los cristianos viejos (cuando solía ser al revés); que en sus domicilios tenían siempre iconografía del  Antiguo Testamento, nunca del Nuevo; que ejercían profesiones relacionadas con pesos y medidas para mejor engañar a los buenos cristianos;  que los muy egoístas realizaban colectas solo para sus pobres, ignorando a los cristianos más necesitados; que los que se hacían sacerdotes era para burlarse del credo cristiano; que seguían las leyes alimentarias judías (de no comer cerdo y similares); que festejaban en secreto el Sábado y no el Domingo; que rechazaban la absolución católica en el momento de su muerte... e incluso se decía de ellos que practicaban sacrificios humanos. 

Esta hostilidad fomentó un fuerte sentimiento de grupo, cohesionado y solidario entre sus miembros, fueran ricos o pobres. También provocó una fuerte endogamia, en el sentido de que estaba mal visto (tanto por unos como por otros) que un chueta se casara con alguien que no lo fuera. 

Durante el reinado de Carlos III se produjeron tímidos intentos de acabar con la marginación hacia los chuetas. Intentos de darles una igualdad social y jurídica con con respecto al resto de mallorquines, cosa que no se conseguiría (y sobre el papel) hasta la Constitución de Cádiz de 1812.  En 1836 es designado el primer político chueta:  Onofre Cortès que fue concejal del Ayuntamiento de Palma. Durante la II República (1930-1939) se permitió por primera vez a un sacerdote chueta oficiar misa en la Catedral de Mallorca.

Se puede decir que el prejuicio anti-chueta desaparece en 1950, cesando también la endogamia que caracterizaba al grupo. Sin embargo, en una encuesta realizada entre los mallorquines por la Universidad de las Islas Baleares en una fecha tan temprana como el año 2001, un 30% de los encuestados afirmó que no se casaría nunca con un (o una) chueta. Un 5% fue más lejos y afirmó que no tenía ni quería tener amigos chuetas.


domingo, 31 de marzo de 2019

Minorías malditas de España 1. Los Agotes

Cuando en Septiembre del 2014 publiqué en este blog una entrada sobre los Golluts de la vall de Ribes (Girona) se despertó bastante interés entre mis lectores. Alguno hubo que hasta me preguntó si había habido alguna otra etnia marginada en la península, “aparte de los gitanos, claro”.
Pues sí. En concreto ocho (nueve incluidos los gitanos). Algunas más conocidas, otras bastante menos.
 

El nombre de “agote” es la castellanización del euskera “agot”, en plural “agotak”. Al otro lado de los Pirineos, en Francia, se les llama “cagots”, pero han recibido otros nombres a lo largo de los siglos, a cada cual más infamante: gafos, crestias, leprosos, mesilleros, chistones o chistrones, lazdres, mesegueros, gezitas, patarinos, carpinteros, cristianos de San Lázaro, colliberts, gahets, oiseliers... y seguro que me dejo alguno. Esta comunidad, discriminada durante al menos ocho siglos (del XII al XX) estaba situada sobre todo en Navarra, en el valle de Baztán (localidades de Elizondo, Irurita, Elbete, Amaiur y sobre todo  en Bozate, hoy un barrio de Arizcun). Fuera de Baztán, considerada “Agoterri”, tierra o patria de los Agote, hubo grupos más pequeños en el valle del Roncal, Guipuzcoa, Huesca, y ya en Francia en Bearn y Aquitania.

¿Cuál era su origen y porqué fueron considerados un grupo marginal?  Lo cierto es que actualmente nadie lo sabe con certeza. Teorías, por supuesto, hay muchas:

Pío Baroja y  Michel Francisque, entre otros, los consideraban descendientes de godos. (en este sentido el “cagot” francés sería contracción del bearnés “cas-gots”,  “perros godos”, y el “agot” euskera sería got (godo) quitando la inoportuna “a”. Se trataría de desertores del ejército visigodo, refugiados en los valles vasconavarros y despreciados por sus congéneres por su cobardía frente al invasor musulmán. Otros autores como  Bascle de la Grece rechazan esta hipótesis: los godos eran una raza noble que tenía la misma religión y lengua que las gentes que supuestamente los discriminaban, aparte de un enemigo común: los musulmanes.

Otros traducen “cagots” como “cazadores de godos”, señalando que su origen es musulmán, y por lo tanto africano: Serían supervivientes de la batalla de Tours del año 732, que vencidos por Carlos Martel se les habría perdonado la vida a cambio de convertirse al cristianismo. Teoría dudosa si se tiene en cuenta que en Navarra  la convivencia entre cristianos y musulmanes nunca supuso ningún problema. Los seguidores de Mahoma se bautizaron y se integraron perfectamente.

Hace unos años la Universidad de Burdeos formuló una teoría interesante: Según ésta los agotes serían descendientes de criminales franceses perseguidos por la justicia que habían cruzado la frontera disfrazados como leprosos, refugiándose en el Bajo Pirineo. Estos delincuentes no tenían por qué ser asesinos o ladrones: En la sociedad del siglo XII podían ser perfectamente familias que se hubieran alzado contra su señor feudal, ya sea huyendo de unas tierras a las que estaban adscritos como siervos de la gleba o por negarse a pagar unos impuestos demasiado onerosos... a veces simplemente por no tener con qué. Lo malo es que a su condición de extranjeros se uniría su condición de supuestos apestados, lo que provocaría desde los inicios su marginalidad.

Mª Carmen Aguirre Delclaux, al igual que  J. Altadill, ahondan en el argumento de la enfermedad. Que eran portadores de la peste y, sobre todo, de la lepra, era una de las principales acusaciones que se hacían contra ellos. Según estos autores estas gentes fueron inicialmente consideradas leprosas y como tales encerradas en lazaretos. Al pasar el tiempo y no desarrollar la enfermedad se les permitiría hacer una vida más o menos normal, pero confinados en sitios muy concretos. Se les cambiaría la prisión por otra más grande, y el estigma se mantendría en sus hijos y posterior descendencia. Esta falta de desarrollo de la enfermedad se debería a que, en realidad... no era tal. Pues en la Edad Media se distinguía entre la llamada “lepra roja” (la enfermedad de Hansen, producida por el bacilo Mycobacterium leprae) y la “lepra blanca”, que podía ser lo que hoy conocemos como una erupción o alergia cutáneas, o más comúnmente, psoriasis. Y aún se entendía un tercer tipo de lepra, la llamada “lepra moral” que tenían personas tan malvadas y viciosas que les corrompía el alma en lugar del cuerpo... y que era transmitida de padres a hijos. Tal sería el caso, por ejemplo, de los conversos moros y judíos que seguían practicando a escondidas sus “falsos ritos”.

Una teoría menos truculenta apunta a que los agotes fueran originalmente canteros y carpinteros que trabajaban a lo largo del Camino de Santiago. La crisis de los siglos XVI-XVII los habría dejado sin trabajo, pasando de ser obreros cualificados a jornaleros dispuestos a trabajar un poco de lo que fuera con tal de sobrevivir. Esta explicación cojea en el apartado temporal: Ya se habla de Agotes en el siglo XII, es decir, cuatrocientos años antes del “nacimiento” de este grupo como etnia marginada. 

Algunos apuntan a que los agotes eran en realidad descendientes de refugiados cátaros, escondidos en los Pirineos para huir del poder de los reyes de Francia y el Papado. Como en el caso anterior, hay un baile de fechas, ya que se tiene constancia de la presencia de agotes cien años antes de la herejía cátara.
 
Siguiendo con las explicaciones heréticas, Toti Martínez de Lece apunta a que pudiera ser un colectivo que mantenía tradiciones precristianas. Vamos, que no estaban convertidos del todo. Y, sin embargo, no constituyeron jamás (que se tenga constancia fehaciente) un grupo diferenciado de sus vecinos, ni religiosa ni étnicamente. Hablaban la misma lengua y profesaban la misma fe. No eran ni agricultores ni ganaderos, pero sí hábiles artesanos, de la piedra, el hierro y sobre todo la madera., debido en buena parte a la creencia popular de que la madera no transmite las enfermedades, y por lo tanto incluso esos “apestados” podían trabajarla sin peligro de contagiar a nadie. Llegó a ser tan común que los agotes fueran carpinteros que los que no eran agotes se negaban a aprender el oficio, por miedo a que los confundieran con ellos (y los trataran como tales, claro).

Y es que el trato que se le daba a los agotes no era precisamente tema baladí:

  • Un/una agote no podía contraer matrimonio con alguien no agote
  • Los agotes estaban obligados a vivir en barrios o poblaciones separadas de las gentes “normales”
  • No podían cultivar la tierra ni poseer ganado.
  • Tenían que llevar en sus ropas (normalmente en la espalda) un símbolo que los identificara como agotes (normalmente, una huella de pata de oca o pato de color rojo)
  • Para avisar de su paso y permitir que los no agotes se apartaran de su paso (para no contagiarse de sus supuestas enfermedades) tenían que ir haciendo sonar una campanilla (o unas cliquetas),  al igual que los apestados.
  • En la iglesia no se podían mezclar con los otros fieles: tenían su propia puerta de entrada (“agoten athea”), más baja y estrecha; debían sentarse en una zona aparte del templo, delimitada por una raya en el suelo (o en algunos sitios, como  Arizcun, por una verja); tenían prohibido acercarse a la parte delantera del templo, donde estaba el altar; sus ofrendas eran recogidas y puestas aparte de las de los otros fieles; la eucaristía les era entregada desde lejos, con un palo o bastón, o se dejaban las hostias en un banco para que allí las tomasen; tenían su propia pila bautismal y se les enterraba en un lugar concreto del cementerio, junto a los suicidas, los excomulgados y los hechiceros. Los entierros debían hacerse por la tarde, medio a hurtadillas, y no se podía tañer las campanas en ellos. 
  • No podían beber en fuentes públicas
  • No podían participar en bailes o fiestas
  • No podían pisar el suelo descalzos, bajo pena de abrasarles las plantas de los pies con una barra de hierro al rojo vivo. Eso se debía a la creencia de que si lo hacían la tierra que pisaban se volvía estéril y nunca jamás volvían a crecer sembrados en ella.
  • No podían sentarse en la misma mesa que un no agote
  • No podían ser sacerdotes.
  • En un juicio, el testimonio de siete hombres libres equivalía al de treinta agotes.

Era creencia popular que los agotes eran malos cristianos; herejes que practicaban en secreto ritos paganos; que eran de otra raza, por supuesto inferior. Se les tenía por portadores de todo tipo de enfermedades (en especial la lepra); que carecían de lóbulos en las orejas; que tenían una oreja más grande que otra y que ésa estaba rodeada de pelo por todos los lados. Se decía de ellos que eran hechiceros, cretinos, homosexuales, que se acostaban con animales, que olían mal, que les apestaba el aliento, que si ponían un pie descalzo en la tierra no volvía a crecer nada en ella, 
Se aseguraba que su sangre era más caliente que la de un ser humano “normal”, por lo que si sostenían una manzana en la mano ésta se pudría en cuestión de segundos. Esa temperatura sanguínea los hacía viciosos y lujuriosos, coléricos, orgullosos, susceptibles, arrogantes, astutos, y por supuesto mentirosos. Todo ello absolutamente falso, por supuesto. “Agote” era un insulto especialmente grave, tanto que hay una sentencia  de la Corte fechada ¡en 1820! condenando a un hombre a pagar 25 libras (una cantidad importante en la época) por llamar “agote” a otro en una discusión. Sin que el otro lo fuera, claro. Si lo hubiera sido, no hubiera sido insulto sino afirmación. No en vano se conserva un texto de 1597 que dice textualmente:  “¡ Cállate agote ! Tu opinión cuenta menos que la de un perro. ¡No eres nadie!”

De poco sirvió la Bula pontificia fechada el 13 de mayo de 1515, en la que se recomienda al Chantre de la catedral de Pamplona  que trate a los agotes como al resto de los fieles. Se hizo caso omiso de ella, como también se ignoraron los decretos dictados en 1534 y 1548 por las Cortes de Navarra a favor de los agotes. Ni los buenos oficios de muy noble y poderosa familia de los Ursúa (que siempre defendieron a los agotes). No se promulgó una ley efectiva para terminar con su discriminación hasta 1819, (con la derogación de las leyes discriminatorias medievales en Navarra) declarándose que los agotes poseían los mismos derechos que sus vecinos. Con todo, coletazos de marginalidad y desconfianza hacia este colectivo perduraron hacia bien entrado el año 1950. En esas fechas ya se permite el matrimonio de agotes con otras gentes, y al librarse de la endogamia, el colectivo va diluyéndose.  Pero hasta fecha muy reciente aún se podía oír el dicho popular en Bozate: "Al agote, garrotazo en el cogote"






jueves, 28 de febrero de 2019

Vegetarianos y carnívoros en la Grecia Clásica



Hoy en día, a los nutricionistas se les llena mucho la boca con esto de la dieta mediterránea, que es la más equilibrada y tal y tal, y que la tríada mediterránea (aceite, pan y vino) es el sumun de la civilización, gasrtronómicamente hablando. Y bueno, no les quito yo razón (al contrario, se la doy, y mucho). Pero como nadie es profeta en su tierra, los inventores de esta dieta no sólo la despreciaban, sino que mantenían agrios debates sobre otras dos, y sobre cuál era la mejor.

Por un lado estaban los que rechazaban por completo el consumo de alimentos de origen animal: Vegetarianos eran muchos pitagóricos y neoplatónicos, y los seguidores de los misterios órficos. Para los primeros, matar seres vivos y sintientes, derramar su sangre, devorar su carne, son costumbres de un ser humano inferior, embrutecido, más cercano de esos animales de los que se alimenta que del ser más puro y espiritual en el que se podría convertir. Aristofonte (en el siglo IV antes de Cristo), describía los usos de los Pitagóricos y de cómo vivían sólo a base de pan y agua... Por cierto, también consideraban el sexo como algo sucio y bárbaro, Por lo que bien podemos decir que hacían gala de una absoluta abstinencia de la carne... en todos los sentidos. Los órficos tampoco comían carne... Pero porque creían en la transmigración de las almas. Comerse un pollo asado podía suponer asesinar antes de tiempo el espíritu del abuelo recién reencarnado, fastidiándole así el retorno a su condición humana...

En franca polémica con los vegetarianos estaban ¡los atletas! Tradicionalmente los que se entrenaban para los juegos Olimpicos (u otras competiciones físicas de menor importancia) seguían una dieta energética de higos secos, queso fresco y pan. Pero en el siglo V a. C. aparece un tal Ikkos de Tarento que vence en el pentatlon pulverizando records y, que al ser interrogado por su vitalidad y energía, dice que el secreto está en comer sólo carne... Su ejemplo cunde y apenas cien años más tarde tenemos el ejemplo del campeón de lucha Milos de Crotona, una especie de bestia parda que presumía de comerse diariamente (él solito) ocho kilos de carne acompañados de ocho kilos de pan, con ocho litros de vino (sin aguar) para ayudarlo a bajar todo... Dejando aparte a este animal, la mayoría de los atletas seguían una dieta cárnica, aunque no tan bestia y sí un poco más mística: comían carne de animales ágiles (por ejemplo, de cabra) si practicaban el salto, o de animales fuertes (como el buey) si querían hacerse con su fortaleza...

¿Y qué quieren que yo les diga? Que no soy ni juez ni parte implicada para mediar en el tema. Puedo decirles, eso sí, que el ser humano no sintetiza la vitamina B12. La conseguimos consumiéndola de los animales que sí la sintetizan. Su carencia provoca anemia, trastornos nerviosos y, a la larga, puede degenerar en comportamientos psicóticos. Los antiguos algo de proteína animal sí que tomaban, por muy vegetarianos que fueran, en forma de insectos o restos animales (por ejemplo heces, no me tuerzan el gesto) que estaban pegados a las pobres plantitas. Hoy en día, con fertilizantes químicos e insecticidas... Tomen complejos vitamínicos. Por favor.

¿Tenían razón entonces los carnívoros, sobre que su dieta era mejor? Pues, mire usted... Tampoco. Una dieta en exclusiva de carne roja aumenta la testosterona, que entre otras cosas aumenta el desarrollo muscular y óseo. Pero si no va acompañada de carbonohidratos, verduras y frutas provoca cetosis y exceso de ácido úrico, fastidiándonos el hígado y el riñón. Comer sólo carnes magras (como el pollo y el conejo) tampoco es una opción: Si sólo se consume eso se produce envenenamiento por proteínas, al cabo de siete días se empieza a tener diarreas y (si no se toma algo de grasa) uno puede llegar a morir por ello, que no deja de ser una manera bastante tonta de estirar la pata.

 Así que mejor quedarnos con una dieta equilibrada y comer un poco de todo. Sin excesos, como decía mi muy admirado Epicuro. Pero tampoco se me pasen, que hasta la moderación ha de usarse con moderación.



(De mi libro inédito "Tiempo para Comer". Cinco años ya en el cajón sin editor)

miércoles, 30 de enero de 2019

La Historia tras la Leyenda 8. (y último) Blancanieves



Todo el mundo conoce el cuento de Blancanieves... O, al menos, la versión “lalala” de Disney, estrenada en 1937... Que, sinceramente, en ocasiones se aleja bastante del cuento original.
Éste se publicó en 1812 por parte de los incombustibles hermanos Grimm. Su título original “Schneewittchen” significa, (oh casualidad), “Blancanieves”.  El idioma alemán, ya se sabe...

La protagonista es una hermosa y dulce princesa “de tez blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y pelo negro como el ala del cuervo”, cuya madre muere al poco de dar a luz. El rey su padre se vuelve a casar con una hermosa mujer que es en realidad una poderosa hechicera, muy vanidosa, que consulta siempre a un espejo mágico sobre quién es la más bella del reino... y el espejo siempre le contesta que ella... hasta que Blancanieves cumple 17 años y el espejo ha de admitir que la princesa es mil veces más hermosa que su madrastra. Ésta ordena a un cazador que se la lleve “de paseo” al bosque y la asesine, y que le traiga su corazón... así como el hígado y los pulmones (empiezan los recortes de la historia por parte de Disney). El cazador se apiada de ella y la deja escapar. A cambio entrega a la reina las vísceras de un jabalí joven, que ella hace cocinar y devora con gran deleite,

Blancanieves acaba en casa de siete enanos mineros, que la acogen y la protegen,,, pero no gratis. A cambio Blancanieves ha de limpiar, cocinar, hacer las camas, lavar, coser, tejer y, en suma, mantenerlo todo limpio y ordenado. Vamos, que la tienen de criada (por no decir esclava) sólo a cambio del alojamiento y la comida. En la excelente novela gráfica “Fábulas” de Bill Willingham también es obligada a acostarse con los enanitos... pero no entremos en eso.

Cuando la reina malvada descubre que Blancanieves aún está viva trata de asesinarla... Y no lo intenta una vez sino tres (más recortes de la película). Primero con un disfraz de buhonera, ofreciéndole a Blancanieves cintas para el pelo (y, ya puestos, estrangulándola con una). Pero cuando los enanos vuelven a la casa le desatan la cinta y Blancanieves revive.
La madrastra lo intenta una segunda vez disfrazada de vendedora de peines, ofreciéndole un peine de púas envenenadas. Nuevamente cree que la princesa está muerta, pero los enanos al regresar logran hacerla revivir de nuevo.
Como a la tercera va la vencida, esta vez lo intenta disfrazada de anciana, ofreciéndole una manzana envenenada. Y la princesa “pica” por tercera vez (la verdad es que es una niña un poco tonta ¿no?). Y ya saben: los enanos le fabrican un ataúd de cristal, un príncipe (un poco necrófilo, la verdad) la ve y se enamora de ella, ordena a sus sirvientes se lleven a su castillo el ataúd, los enanos como que nones, en el forcejeo el ataúd se cae... y el trozo de manzana envenenada que Blancanieves tenía en la garganta salta, haciendo que la princesita reviva por tercera vez.

El final del cuento clásico puede que sorprenda a más de uno: El príncipe (que lo es de un reino vecino) se casa por todo lo alto con Blancanieves... e invitan a la boda a la madrastra. Ésta no sabe la identidad de la novia, y cuando se da cuenta que es una trampa ya es demasiado tarde. Como castigo por haber intentado asesinarla tres veces la obligan a bailar para ellos tras la boda. Me dirán ustedes que es poco castigo.... y les contestaré que para hacerle bailar le calzan unos zapatos de hierro calentados al rojo vivo en la fragua, por lo que bailar, no sé yo si baila, pero saltos y alaridos, un rato... Y así hasta que cae muerta. Y es que los cuentos de hadas tradicionales hoy serían clasificados para adultos.


Según el investigador Karlheinz Bartels el cuento está inspirado en un hecho real: En concreto, en la desgraciada vida de la princesa   Maria Sophia Margaretha Catharina von Erthal, nacida en Lohr (Franconia alemana) en 1725. Su padre, el condestable  Philipp Christoph von Erthal, casó en segundas nupcias en 1743 con  Claudia Elizabeth Maria von Venningen, condesa de Reichenstein, también viuda. Aprovechando que él, por motivos diplomáticos, estaba ausente muchas veces de su casa, ella dio prioridad a los dos hijos que tenía de su primer matrimonio, en detrimento de María Sophia, a la que sometió a vejaciones y maltratos (más psicológicos que físicos, que estamos entre gente de la aristocracia). María Sophia era, además, de salud delicada y prácticamente ciega debido a la varicela que sufrió de niña. Era muy querida por el pueblo, ya que realizaba numerosas obras de caridad. Los “siete enanitos” serían siete niños que trabajaban en las minas, prematuramente envejecidos por su duro oficio, a los que ella habría favorecido. Por haber, había hasta un “espejo mágico” en el castillo: Mide 1´60 m. y si tiene curiosidad se exhibe en el museo Spessart, en la misma localidad de Lohr. Presenta una gran limpidez en su superficie (algo inusual en la época) y por ello se dice de él que es “un espejo parlante”, ya que siempre dice la verdad, tanto para bien como para mal. No hay final feliz para esta historia: la “princesa” terminó muriendo muy joven, algunos dicen que envenenada. Y no hubo príncipe que la rescatase de la muerte.

De todos modos no se me entusiasmen: El historiador alemán Eckhard Sander afirma que, de estar inspirado el personaje en alguien, fue en la condesa Margaretha von Waldeck, hija de Felipe, cuarto conde de Waldeck, que vivió en la primera mitad del siglo XVI y que sufrió la estricta disciplina de su madrastra, Katharina von Hatzfeld. A los dieciséis años fue enviada por su padre a Bruselas, a la corte de María de Hungría, donde tuvo un romance con el príncipe de España, Felipe II (que entonces estaba de bastante buen ver), con el consabido escándalo, ya que ella era luterana y todo eso... La cosa se solucionó por la vía rápida. La envenenaron a los veintiún años de edad. Ya se sabe, muerto el perro, se acabó la rabia.

Lo que ambos eruditos obvian muy convenientemente es que versiones anteriores del cuento (o muy similares) se conocían ya por lo menos desde el siglo XVIII. La más popular cambia los enanitos por ladrones (y no precisamente amables), y el espejo mágico por la luna, que es a la que le pregunta la reina malvada si es la más hermosa.

domingo, 30 de diciembre de 2018

La Historia tras la Leyenda 7. Roque Guinart



Nos lo encontramos en la segunda parte del Quijote, en concreto en los capítulos 60 y 61.  Camino de Barcelona, Quijote y Sancho se encuentran con un grupo de bandoleros liderados por Roque Guinart. Éste ha oído hablar del Quijote y sus locuras, pero a diferencia de la mayoría de los personajes con que se tropieza el ingenioso hidalgo no se burla de él, sino que lo trata con honor, decencia y respeto. Bastante más que lo que hacen, en el mismo libro, los duques y su corte. Cervantes presenta al bandolero como un hombre con honor, empujado a la delincuencia por leyes y gobernantes injustos, pero que pese a todo es un fiel vasallo del rey y trata de ayudar a sus semejantes y hacer el bien. El típico “Robin Hood”, para entendernos.
La cosa tiene su miga cuando nos enteramos que es un personaje rigurosamente histórico. Incluso hay quien apunta que Cervantes pudo llegar a conocerlo en persona, o (más probable) que le hablase de él su mecenas, el duque de Lemmos, por aquel entonces virrey de Nápoles, que sin duda lo conoció.

Perot Rocaguinarda (su nombre auténtico) viene al mundo en Oristà, Osona (Barcelona), en 1582. es el quinto de siete hermanos, y aunque nace en familia campesina con ciertos posibles (es decir, que son dueños de la tierra que trabajan, el “Mas Rocaguinarda” cuyas ruinas aún pueden visitarse) la costumbre y el sentido común dictan que será el primogénito (“l´hereu”) el que herede las propiedades familiares. El resto de los hermanos han de buscarse la vida como buenamente puedan... o vivir como simples jornaleros para el hermano mayor. Como esto último no le agrada en 1601, con 19 años, se instala en la ciudad de Vic con la idea de aprender un oficio. Pero lo que hace es ingresar en la hueste de  Carles de Vilademany, jefe de los “Nyerros” de la ciudad, en oposición a
Francesc de Robuster i Sala, obispo de la ciudad y cabeza visible de los “Cadells”.

¿Qué eran los “nyerros” y los “cadells”? Pues nada menos que los dos bandos de un conflicto que dividió y desangró Cataluña entre el último tercio del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII (aunque sus  raíces se remontan al siglo XIII). Todo empezó con una disputa de Tomás de Banyuls i Llupiá, noble y señor de Nyer, (en la comarca del  Conflent, búsquenla arriba en el mapa que desde 1659 pertenece a Francia). Por ser de Nyer, a sus partidarios se les llamaba “nyerros”. Pues lo que decía, que el buen hombre estaba peleado con un vecino suyo, el tanto o más noble barón de Arseguell, Joan Cadell i Solanell. Por apellidarse “cadell” (cachorro) ya tenemos mote para el otro bando del conflicto. Lo que empezó siendo una simple disputa local acabó convirtiéndose en la práctica en una guerra civil, con los nyerros defendiendo los intereses de la nobleza rural y los cadells los del patriciado urbano. Ambos bandos iban ostentosamente “uniformados” (al menos, cuando les convenía): Los nyerros, sombrero rojo y una larguísima capa, así como una marca con la figura de un lechón en la guarda de su cuchillo. Los cadells, por su parte, lucían una insignia con la imagen de un cachorro de perro.  Algunos historiadores han querido ver inclinaciones de los nyerros hacia el estado francés y de los cadells hacia el rey de España, pero es una traducción muy simplista de los hechos. En la práctica en 1640 ambos bandos se sumaron a la revuelta anti española de la guerra “dels Segadors.”
La lucha entre nyerros y cadells tenía su vertiente política, en la que los defensores de ambos bandos trataban de lograr que se promulgaran leyes y edictos favorables a su causa... y una vertiente violenta. Los partidarios de ambos bandos atacaban a sus rivales, en las ciudades... y sobre todo en el campo: Quemar las cosechas de los partidarios del bando rival, robar su ganado, asaltar las caravanas de mercancías y robar (perdón, “cobrar peaje”) a los viajeros que pasaran por sus territorio. Para los integrantes más agresivos de cada bando se convirtió en su medio de vida. Y así se crearon los “bandoleros” catalanes. (que se sentían muy insultados si se les llamaba simples bandidos o asaltantes de caminos, por mucho que en la práctica eso es lo que fueran). Estos bandoleros catalanes no decían “la bolsa o la vida” como pasa en las novelas románticas y en las películas: Aullaban “A carn! A carn!” (“A carne”, equivalente a decir “A muerte”) lo que tenía como resultado que sus víctimas no se resistiesen y suplicasen piedad. Normalmente les era concedida: el mercader que es asaltado un día y queda con vida puede reunir más diero para ser robado otro. En la teoría, los que eran partidarios del bando asaltante y mostraban su emblema no eran robados, o se les cobraba una cantidad simbólica “como ayuda a la causa”. En la práctica dependía del día y de cómo les fueran las cosas a los bandoleros en cuestión aquel mes. ¿Y los neutrales, los que no pertenecían ni a un bando ni a otro? me dirán algunos. Pues esos, evidentemente, eran esquilmados por ambos bandos.

El joven Rocaguinarda se zambulle de lleno en el conflicto, en el que que se siente muy cómodo, quizá demasiado: a los 20 años (1602) participa en el asalto al palacio del arzobispo de Vic (líder de los cadells, como ya se ha dicho). Va escalando puestos en el escalafón del bando nyerro sobre todo a partir de 1605, cuando el virrey de Cataluña, el italiano Héctor de Pignatelli y Colonna, duque de Monteleone, crea en la ciudad de Vic la Unió o Santa Germandat contra los bandoleros. Los nyerros urbanos (y en menor medida, los cadells) han de elegir entre poner fin a sus actividades... o huir al campo y proseguir allí con ellas. Rocaguinarda opta por lo segundo, organiza una cuadrilla y a partir de 1607 se convierte en uno de los bandoleros más famosos del territorio, Es en esta fecha cuando se le declara enemigo del reino y se ofrece por su captura una recompensa de 1.000 libras. Pero no solo no es capturado, sino que logra dar muerte al comisario especial Francesc Torrent dels Prats, que tenía órdenes de capturarlo vivo o muerto. El escenario de sus acciones suelen ser las comarcas de Osona, la Garrotxa, el Ripollès, la Cerdanya, el Berguedà, el Bages, el Vallès y la Conca de Barberà, aunque no se limita a ellas y más de una vez se le ha visto paseando por la mismísima Barcelona, donde tiene la residencia el virrey que ha puesto precio a su cabeza. Rocaguinarda tiene poderosos aliados. El abad del monasterio de Ripoll requiere sus servicios para enfrentarse al bandolero cadell “Trucafort” (alias de  Gabriel Torrent de la Goula), y los agustinos de  Sant Joan de les Abadesses lo contratan como brazo armado frente al obispo de Vic (Francesc de Robuster i Sala, que ya se ha citado más arriba).
El núcleo duro de la banda de Rocaguinarda está formado por Joan Gili ("Janot"); Jaume Alboquers, ("El Escolanet de Polinyá") y Gabriel Galí ("Barceló"), pero puede reunir una fuerza más o menos numerosa cuando la ocasión lo requiere, como sucede en febrero de 1610, cuando asedia Vic con un ejército campesino de más de 200 hombres, para imponer la hegemonía de los nyerros en la ciudad y bajarle los humos al obispo. Manda derribar las puertas de la muralla, pero con un gesto muy suyo prohíbe a los suyos entrar a saquear la ciudad. Al año siguiente realiza un acto similar:  Saquea la iglesia de Balanyà pero a continuación lo devuelve... a cambio, eso sí, que el obispo le levante la excomunión que, por hereje, pesaba sobre él. 

En 1611 cesa en el cargo de virrey de Cataluña el duque de Monteleone, y su sucesor, el arzobispo Pedro de Manrique, inicia un acercamiento con el bandido, ofreciéndole el indulto a cambio de servir al rey en la milicia... y fuera de territorio catalán. Demasiados enemigos tiene el bandolero para que se quede en Cataluña. Rocaguinarda tiene 29 años y para sorpresa de muchos acepta, afirmando que él “no luchaba contra su rey sino contra el mal gobierno”
¿Por qué aceptó el indulto Rocaguinarda, en la cúspide de su carrera como bandolero, cuando era más amado por su gente? Posiblemente porque sabía que no podía salir con bien de esa situación de otro modo... cosa que así sucedió. Aquellos que, como Joan Sala “Serrallonga” (el otro bandolero famoso del bando de los nyerros) no aceptaron el indulto fueron ejecutados o muertos en combate contra las tropas del rey o los miembros del otro bando (que a veces eran los mismos).

Las condiciones para el indulto de Rocaguinarda incluían abandonar Cataluña (y la península ibérica) en menos de 22 días, alzando banderín de enganche para reunir una compañía (con lo que todos los bandoleros que habían servido a sus órdenes pudieron acojerse con él al perdón real) y, como capitán de la misma, servir al rey en Italia o Flandes durante al menos diez años. Rocaginarda, que no era tonto, eligió el primer destino, por ser mucho más cómodo, y al parecer le gustó Nápoles, donde estaba acantonado el tercio (y era virrey el duque de Lemmos, mecenas de Cervantes). Hay documentos escritos de que en 1635 seguía residiendo en dicha ciudad.


sábado, 1 de diciembre de 2018

La Historia tras la Leyenda 6. Calamity Jane



Exploradora, cazadora de bisontes, luchadora contra los indios, soldado a las órdenes de Custer, amante de Wild Bill Hickok, tahúr, bebedora, pendenciera y muy certera con las armas de fuego, Calamity Jane representa posiblemente el prototipo de mujer aventurera del Salvaje Oeste. Le han dado rostro en el cine  (entre otras) Yvonne De Carlo (“Calamity Jane and Sam Bas”, 1949); Doris Day (“Calamity Jane”, 1953) y Ellen Barkin (“Wild Bill” 1995). Más recientemente en televisión  Robin Weigert (Deadwood, 2004-2006) interpretó a una Calamity menos glamurosa, más malhablada y más que posiblemente mucho más cercana a la persona real. Una persona que alimentó su leyenda en vida, y se aseguró que prosiguiese tras su muerte.

Martha Jane Canary nació en Princeton, Misuri, posiblemente en 1852, hija de Robert y Carlotte Canary. Fue la mayor de tres hermanos (otras fuentes dicen que de seis). No recibió una educación formal, pero al menos sabía leer y escribir. A la muerte de sus padres (su madre fallece en 1866 y su padre apenas un año más tarde, en 1867) Martha, con quince años, se convierte en la cabeza de familia, haciendo lo imposible para evitar que sus hermanos mueran de hambre. Se trasladaron a Wyoming, en la frontera con el Territorio Indio. Paradójicamente, allí la vida era un poco más fácil para unos huérfanos... pues no había leyes ni agentes que se metieran en su vida. A los 17 años ya tenía experiencia como  lavandera, camarera, cocinera, enfermera y bailarina de salón (quizá hasta de prostituta ocasional). También era una experta tiradora y una consumada jinete, habilidades que le fueron muy útiles cuando, en 1870, con 18 años (aunque en su autobiografía afirmó que tenía sólo 14) y libre ya de la responsabilidad de cuidar de sus hermanos,  se alista como exploradora para el ejército. Adoptó como vestimenta parte del uniforme estadounidense, aunque seguramente nunca fue un soldado en el sentido estricto de la palabra. En los siguientes cinco años sirvió a las órdenes (principalmente) del General Crook en las guerras indias. Ella dijo que también sirvió a las órdenes de Custer, pero posiblemente es una licencia (otra más) con las que adornó su autobiografía.  Es en esa fecha donde recibe el apodo de “Calamity Jane”, Según ella, por haberle salvado la vida a su superior directo, el capitán Egan, en una emboscada de los indios en Goose Creek. Según otras fuentes, porque era tan irascible, malhablada y temperamental (sobre todo cuando iba bebida, lo que era muy habitual) que meterse con ella era arriesgarse a “sufrir una calamidad”.

En 1875 acompaña (como exploradora, evidentemente) a la expedición geológica Newton-Jenney a las Colinas Negras,  territorio sagrado de los indios. Uno de los expedicionarios, JK Lane, cirujano en funciones, escribe al regreso de la expedición un artículo para el  Chicago Daily Tribune. En él cita a Martha Jane Canary como “Calamity Jane”, iniciándose así su leyenda, en ocasiones muy apartada de la realidad. Esta descripción romántica inspiró al novelista  Edward Wheeler, que la incluyó como personaje de su novela “Deadwood Dick, The Prince of the Road” (publicada el 15 de octubre de 1877). Es una especie de pistoletazo de salida. Una legión de escritorzuelos empiezan a hacerla aparecer (con su consentimiento o, las más de las veces sin él) en las novelas de 10 centavos, describiéndola como infalible con el rifle, la pistola y el látigo, así como consumada jinete, escaladora y nadadora. Y sobre todo, gran matadora de indios. Por supuesto.

Aunque en la expedición no se realizan prospecciones, pues el único fin de la misma es cartografiar el territorio, corre la voz de que se ha descubierto oro en las montañas, lo que provoca una nueva guerra india (la Gran Guerra Siux de 1876-77, en la que fallecería Custer).
Ese mismo año llevó a cabo la hazaña (verificada) de llevar un correo miliar por 90 millas de territorio hostil, teniendo que cruzar el río Plate a nado y sufriendo una pulmonía a consecuencia de ello que casi la mató. Pese a ello no recibió ningún reconocimiento oficial. Quizá resentida por ello dimitió de su trabajo como exploradora poco tiempo después. Otros dicen que el propio Crook ordenó que la expulsaran, al descubrir que alternaba su función de exploradora con la de lavandera (lo que no era tan grave) y la de prostituta (lo que ya lo era un poco más).

En 1876 se establece en Deadwood, Dakota del Sur, en las Black Hills. Según testimonios fiables trabaja para Madame Dora DuFran, primero como una de sus “chicas” (es decir, como prostituta) y más tarde como cocinera y lavandera. Malas lenguas dicen que la mudanza de su ocupación se debió a que espantaba a sus clientes con su lenguaje y sus maneras. En Deadwood conoció a Wild Bill Hickok y Charlie Utter, (hay quienes dicen que llegó a la población en la caravana de éste último). Calamity desarrolló una fuerte admiración hacia Will Bill, obsesionándose por él. Posteriormente, y tras el asesinato de éste, Calamity llegó a afirmar que se habían casado en secreto y que había tenido un hijo suyo, que había dado en adopción.  Posiblemente, otra mentira más, destinada a alimentar su creciente leyenda. (Hickok acababa de casarse con Agnes Lake Thatcher, de Cheyenne, Wyoming, y es dudoso que se enamorara de Calamity).

Pero que las fanfarronadas de la (demasiado) bebedora Calamity no nos hagan ignorar sus buenas acciones... y lo cierto es que se hizo famosa en Deadwood principalmente por dos: Salvó a los pasajeros de una diligencia ayudándoles frente al ataque de unos indios, y cuando de resultas de la reyerta murió el conductor,  John Slaughter, ella misma condujo la diligencia hasta Deadwood.
También, a finales de 1876, a raíz de una epidemia de viruela destacó en la labor de cuidar a los enfermos de la población, afirmando que “si no me han matado las flechas indias no lo hará una (CENSURADO) enfermedad de (CENSURADO)”

En 1884, en El Paso (Texas) conoció a  Clinton Burke, un cowboy y conductor de diligencias con el que se casó en 1885. Tuvieron una hija dos años más tarde, pero no fue un matrimonio feliz, y finalmente se separaron en 1895. Al año siguiente, con 44 años de edad, fue contratada para el espectáculo del “Salvaje Oeste” de Bufalo Bill. Poco después publicó una autobiografía llena de exageraciones: “Calamity Jane's Tall Tales, Told by Herself” (escrita con ayuda de un escritor anónimo, pues ella apenas sabía leer y escribir) que hacía vender en la puerta de los espectáculos en los que participaba. También comercializó fotografías de ella misma vestida a la manera de “exploradora aventurera”. Se puede decir que se convirtió en un personaje, y lo explotó mediante el merchandising. Su última aparición pública fue Panamericana en Buffalo, Nueva York, en el verano de 1901. Quedó ciega poco después (posiblemente por una rinopatía debido a una diabetes provocada por su alcoholismo). 
Murió en el año 1903, a los 51 años, de una infección intestinal complicada con  neumonía.
Su última voluntad fue ser enterrada cerca de Wild Bill Hickok en el cementerio de Mount Moriah, en la ciudad de Deadwood.

martes, 30 de octubre de 2018

La Historia tras la Leyenda 5. V


El personaje de “V de Vendetta”, con su característica máscara, apareció por primera vez en un cómic, publicado en la revista inglesa Warrior en 1982. Sus autores, Alan Moore (guión) y David Lloyd (dibujos), lo enmarcaron en un futuro cercano distópico: Quince años en el futuro (de 1982, es decir, estamos en 1997) el mundo ha sido parcialmente destruido por una guerra nuclear. Las islas británicas, que han salido más o menos bien paradas de la contienda, están bajo el férreo control de un gobierno de corte fascista-totalitarista. Un héroe de origen misterioso, que se esconde  tras una máscara de Guy Fawkes, lucha contra los sicarios del régimen tratando de destruir el Parlamento (símbolo del gobierno británico, tanto en esa ficción, como en el pasado o el presente reales) como tratara de hacer Fawkes. Pero el personaje de V  no presenta una alternativa al gobierno. Quiere que la gente se sacuda el yugo que les oprime pero, con un subtexto plenamente anarquista, no ofrece sustituirlo por nada. Eso depende de la gente. Ser libre implica la opción de pensar y decidir, no de limitarse a obedecer o aceptar sin más lo que se les proponga. V no lucha por o para el Pueblo. V ES el Pueblo. Bajo su máscara puede estar cualquiera, y de hecho están todos.
El personaje se hizo aún más popular con la película del año 2005 (aunque se redujo bastante el mensaje anarquista) y en el 2008, cuando la máscara de “V” fue adoptada como imagen por el grupo Anonymus.

Posiblemente al Guy Fawkes histórico le daría una apoplejía si resucitara y se diera cuenta de lo que  simboliza actualmente su imagen. 





Nacido en 1570 en el seno de una familia anglicana, se convirtió al catolicismo (por influencia de su padrastro) en 1586, con 16 años recién cumplidos. Cinco años después vendió las propiedades que había heredado de su padre y marchó a Europa para hacerse soldado y combatir en el muy católico ejército español del archiduque Alberto de Austria. Allí aprendió, entre otras cosas, a manejar explosivos, una habilidad que luego encontraría muy útil. Hacia 1600 visita España, donde castellaniza su nombre a “Guido”.
Hacia 1604, volvió a Inglaterra, reclutado por su amigo de la infancia John Wright  para una conspiración liderada por el católico Robert Catesby: los conjurados pretendían nada menos que volar el Palacio de Westminster con explosivos (en concreto, 36 barriles de pólvora, unos 800 kilogramos) que colocados en un sótano justo debajo de la Cámara de los Lores asesinarían al rey Jacobo I de Inglaterra junto a mucha de la aristocracia protestante. Aprovechando la confusión y que varios de ellos estaban infiltrados en el Palacio secuestrarían a los infantes reales, eliminarían o obligarían a renuncikar al trono al príncipe Carlos y colocarían en el trono a la joven  Isabel Estuardo, hija del rey Jacobo, que por su edad (en el momento de la conspiración tenía nueve años) sería fácilmente manipulada por ellos. Así lograrían derrocar a la Iglesia anglicana y devolver a Inglaterra al seno de la Iglesia católica, de la que se había separado cien años antes. (Se sospechó, aunque nunca se pudo demostrar, que la conspiración fue financiada al menos en parte por España, el enemigo natural de Inglaterra, y bien que pudiera ser cierto, aunque oficialmente se negó siempre).

Algunos de los conspiradores habían formado parte de la rebelión del conde de Essex contra Isabel I, en 1601. Otros se sentían decepcionados por el nuevo rey, que pese a ser hijo de una católica devota (la reina María Estuardo de Escocia) no había derogado las leyes anti-católicas dictadas por Enrique VIII. De hecho, las endureció, expulsando del país a los sacerdotes católicos y dictando una ley por la que se prohibía a los católicos recibir rentas o hacer testamentos (por lo que, al morir sin testar, sus posesiones pasarían a ser propiedad de la Corona). Otros, finalmente, eran nacionalistas ingleses o escoceses que quería abortar por todos los medios una supuesta unión entre ambos países, ahora que ambos tenían un mismo rey. En total eran trece los conjurados, aunque el “núcleo duro” lo formaban el cabecilla Robert Catesby, su primo Thomas Wintour, John Wright, Thomas Percy y el propio Guy Fawkes.

Sin embargo, la conspiración fue descubierta en el último momento, tras dieciocho meses de cuidadosa planificación. Uno de los conjurados,  Francis Tresham, envió una carta anónima a su primo Lord Monteagle avisándole de que no asistiera a la reunión del parlamento el 5 de Noviembre. Éste era católico, pero leal al rey, por lo que informó del anónimo al primer ministro, poniendo así al gobierno en alerta. Guy fue arrestado hacia la medianoche del 4 de noviembre de 1605, al ser descubierto en los sótanos del Parlamento, junto a los explosivos. Acusado y condenado por traición a la Corona, se decretó la ejecución más cruel de la ley inglesa, reservada para estos casos: Ser colgado (que no ahorcado, se le ponía la soga y se izaba, con lo que el cuello no se movía sino que se ahogaba lentamente, pataleando entre 5 y 10 minutos, en algunos casos hasta 15). Pero la ejecución no acababa ahí... sólo empezaba.
Cuando el reo dejaba de patalear (lo que indicaba que estaba prácticamente muerto) se le descolgaba y se dejaba que se reanimara un poco. Entonces lo ataban a unos caballos que lo arrastraban por las calles, cuidando de que tampoco muriera, sólo sufriera laceraciones por todo el cuerpo. Y finalmente era descuartizado lentamente. Tal suplicio mereció Thomas Wallace, el rebelde escocés “Braveheart”, y los amantes de Catalina Howard, la quinta esposa de Enrique VIII, entre otros. Pero Guy Fawkes burló a sus verdugos. Logró zafarse y saltó del patíbulo, que estaba bastante alto, para que todos vieran su ejecución. Se rompió el cuello y murió en el acto.
Los demás conjurados sufrieron peor suerte: Robert Catesby, Thomas Percy,  John Wright y su hermano Christopher murieron al ser detenidos (o murieron a consecuencia de las heridas sufridas). Los otros ocho conjurados fueron capturados, más o menos heridos, y condenados a la muerte de la que logró zafarse Guy.

La llamada “Conspiración de la pólvora” trajo como consecuencia un recrudecimiento de las leyes anti-católicas: Se les prohibió servir como oficiales del ejército o en la marina y se negó su derecho al voto, ley que no se levantaría hasta 1829,

Y por decreto real, cada 5 de Noviembre por la noche es recordada la conspiración de Guy Fawkes en la llamada “Noche de las Hogueras” (Bonfire Night), también llamada “Noche de  Guy Fawkes”. Se encienden hogueras, se queman en ellas peleles que representan al conspirador y se hacen estallar petardos y fuegos artificiales. Una celebración que a algunos nos recuerda mucho la Noche de San Juan.