miércoles, 31 de julio de 2019

Minorías malditas de España 5. Morenos y “de Blancos”





España  fue el último país europeo en abolir por completo la esclavitud, en 1886, aunque algunos señalan que no había esclavos en la península desde 1776, cuando el sultán Mohammed III de Marruecos compró (y liberó) a casi todos los esclavos musulmanes de Barcelona, Sevilla y Cádiz... (aunque no hay datos sobre los esclavos de origen subsahariano). En 1837 llegó la abolición legal de la esclavitud española... pero limitada al ámbito peninsular. La esclavitud no fue ilegal en la entonces colonia de Puerto Rico hasta 1873, y Cuba tuvo que esperar hasta 1880 (complementado con el real decreto del ya citado año de 1886, que liberó a los últimos 30.000 esclavos que quedaban de la isla).

Volviendo a la península... ¿qué fue de los esclavos tras su liberación? La mayoría de los de origen magrebí fueron acogidos por el sultán de Marruecos, pero muchos de los antiguos esclavos de color se quedaron en la península. Recibieron los motes de “morenos”, “travesaos”, (o “atravesaos”). “los del barco”, “los de Colón” y “de Blanco” (ya que eran propiedad de blancos). Al negro también se le llamaba, de gorma genérica “Simón”, y “Curro”.  Algunos de estos motes llegaron a convertirse en apellidos, y sus descendientes aún los usan.

Desde el siglo XIV y hasta inicios del siglo XIX (hasta que los ingleses decidieron decir digo donde habían dicho diego y pasaron de ser los mayores comerciantes negreros a luchar contra la esclavitud) Sevilla, Cádiz y Valencia fueron (junto con Lisboa) centros de comercio esclavista de primer orden. Tanto es así que en esas y otras ciudades andaluzas la población de color (esclava o ya liberada) llegó a alcanzar el 20% del total. (la excepción está en San Lúcar de Barrameda, que llegó a contar con casi un 50% de población esclava o descendiente de esclavos.  A finales del siglo XVI se calculan en España 58.000 esclavos subsaharianos, “turcos” (musulmanes del imperio otomano), “moros” (originarios del norte de África) e incluso nativos de las islas Canarias. Solían ser mineros y jornaleros en el campo y sirvientes en la ciudad, en especial los subsaharianos. Durante los siglos XVII y XVIII tener un esclavo de color (convenientemente “adiestrado” en el arte de servir) era señal de distinción, y tanto aristócratas como clérigos presumían de ellos.  Se permitían las manumisiones (declararlos legalmente libres), al modo de la “Lex” romana, pero ese derecho era un arma de doble filo: los “negros” libres  quedaban relegados al nivel más bajo de la sociedad, y solo tenían acceso a los trabajos más penosos. Los que ningún blanco, ni el más pobre, quería hacer. Hubo excepciones, por supuesto. Juan Latino, en el siglo XVI llegó a ser catedrático de la Universidad de Granada y está considerado el primer afroeuropeo en escribir en latín clásico. Todo un logro para un hombre  nacido en 1508 de una pareja de esclavos de color propiedad del cuarto conde de Cabra, Luis Fernández de Córdoba.  Otro esclavo de color que destacó por méritos propios fue Juan Pareja, esclavo ayudante de taller de Velázquez, que le concedió la libertad en 1650 (año en el que pintó su retrato) y que se convirtió en pintor de reconocido prestigio.

El historiador Antonio Delgado Hernández escribía en el siglo XIX: "En los siglos XIV y XV los mareantes de Palos, Moguer y Huelva frecuentaban la costa de Guinea, de donde extraían esclavos negros para los mercaderes de Andalucía... Las naves que conducían esta odiosa mercancía aportaban casi siempre a puertos inmediatos a Niebla, donde se negociaban los esclavos, y comúnmente quedaban muchos en el país... Cuando llegaba el caso de ahorrarlos (libertarlos), moraban en aquellos pueblos, donde la raza se perpetúa casi sin mezcla; pero al cabo de tantos años ha perdido su primitivo color y degenerado en trigueño. Muestran su origen en sus fisionomías y en rastros del ángulo facial de la raza etiópica"

Arcadio Larrea en “Los Negros de la Provincia de Huelva” constató en 1952 (fecha de la publicación de su trabajo) la presencia de descendientes de antiguos esclavos africanos en tres localidades de la zona de Niebla de la que habló Antonio Delgado cien años antes:  en Palos contabilizaba "de diez a 12 familias"; en Moguer "14 familias de negros puros (70 individuos) y unos 30 o 40 travesaos (mestizos)"; en Gibraleón, "el núcleo más importante y diferenciado", más de 200 individuos de color.

Estas comunidades se nutrieron en el siglo XIX de nuevos migrantes de color: Gentes libres que luchaban contra los españoles en Cuba y que, apresados, eran deportados a la península, aveces como paso previo antes de enviarlos a pudrirse a los presidios de Ceuta y Guinea. Tal fue el caso de un tal “Negro Simón”. Compañero del revolucionario cubano José Martí, que terminó sus días condenado por “asesinato” en un penal de Fernando Poo.

Paradójicamente, en 1950 ya no había descendientes de esclavos africanos en Niebla, donde antes fueron tan abundantes. En un documento de 1493 se quejan los vecinos de la población sobre las "muchas libertades e franquezas" que el señor de esas tierras (tercer duque de Medina Sidonia, don Juan de Guzmán), “les mandó dar e dio" a los antiguos esclavos, entre ellas tener un alcalde de su raza encargado de hacer "la justicia sobre sí". Eso en una época, recordémoslo, en la que las gentes libres de color, en la península, tenían prohibido aprender a leer y a escribir y les estaba vedado el acceso a figones y tabernas, fueran libres o esclavos, en la creencia de que el alcohol, incluso en pequeñas cantidades, enloquecía al hombre de color.

¿Donde fue la próspera población negra de Niebla? O se mezclarían con sus vecinos olvidando sus orígenes o quizá emigraron, como hicieron la mayoría de la comunidad negra de Sevilla, en su tiempo tan importante que a finales del siglo XIV tenía un asilo y una cofradía que aún hoy en día aún se mantiene, al menos de nombre: “Los Negritos” es actualmente la hermandad de Semana Santa más antigua de la ciudad. Muchos negros libres de origen sevillano acabaron en Cuba, en cuya capital, la Habana, terminaron creando una especie de organización criminal: los negros curros.

¿De qué trabajaban los afroeuropeos libres de Huelva? Pues lo hicieron en las tareas que pocos o ningún blanco querían hacer, y normalmente por un salario más bajo. Y bastante mal vistos por sus vecinos, claro, por aquello de que “les quitaban el trabajo”.

De unos años a esta parte vuelven a ver migrantes de origen africano en la península. Y me temo que las cosas no han cambiado absolutamente en nada.

jueves, 4 de julio de 2019

Minorías malditas de España 4. Los Maragatos



Se supone que el término “Maragato” procede del latín “mauricatus”, cuya traducción sería “hecho moro” o “morohablante”. Así se llaman los pobladores de la comarca de la Maragatería, en León, que ha adoptado el nombre de sus habitantes, y no al revés como es habitual, ya que esa tierra, hasta el siglo XVI. Recibía el nombre de “La Somoza”. Otra explicación señala que el nombre procede del latín “mauri capti”, es decir, moros cautivos. Y una tercera (por más sencilla quizá la más fiable) afirma que su nombre no tiene nada que ver sobre su supuesto origen, sino sobre las “maragas” o “baragas” (bragas) que llevaban, con lo que “maragato” sería simplemente “portador de maragas”. No se me sonrían, que la braga era como se llamaban los calzones masculinos, antepasados de nuestros pantalones. De “braga” procede el término bragueta y decir “hombre bien bragado” quería decir ser un hombre valiente. Que quizá fuera la definición correcta del término maragato. Luego volvemos a esto.

Sobre el origen de los maragatos la explicación más común es que son descendientes de musulmanes. Así lo explicó el arabista francés Reinhart Dozy en el siglo XIX, apuntando que podían tratarse de descendientes de bereberes, aislados en la zona de Astorga desde tiempos del rey Fernando I de León en el siglo XI.  Ya en el siglo XX el catedrático Jaime Oliver Asín reforzó la teoría magrebí de Dozy, citando a una tribu bereber en concreto: los baragwata, que hacia el siglo VIII emigraron de sus tierras estableciéndose primero en Al Andalus y luego al oeste de Astorga, siendo sus descendientes los maragatos. Sin embargo estudios recientes descartan el origen norteafricano de los actuales maragatos: No tienen mayor porcentaje de ADN marroquí que los que tienen otros pueblos de la península (El nombre completo del estudio, por si quieres buscarlo es “Mitochondrial DNA characterisation of European isolates: the Maragatos from Spain”. Sus autores son Larruga JM, Diez F, Pinto FM, Flores C, Gonzalez AM.)

¿De dónde proceden pues los maragatos? Dejando aparte la tesis africana, hay varias teorías más, a cada cual más peregrina:

Fray Martín Sarmiento, un erudito monje benedictino que en el siglo XVIII apuntó en su texto “Astorga: descripción de la Maragatería” que Maragato procede de "maurellos" o "mourellos" que serian mauritanos que antes de la dominación romana emigraron a la peninsula ibérica con las tropas cartaginesas y que se instalaron en la zona de Astorga, hacia el siglo III antes de Cristo.

Una explicación popular (y poco fundamentada) apunta su origen a visigodos de la época de don Rodrigo, que ante la conquista musulmana del siglo VIII se convirtieron al islam, siendo despreciados por sus vecinos. De ahí vendría el mote, que amalgama las palabras de “moro” y de “godo”

El catedrático de de la Universidad de León Laureano Rubio sostiene que el termino procede del transporte de pescado en salazón que realizaban los arrieros de esta comarca desde Galicia a Madrid, o lo que es lo mismo desde el mar a los gatos. De “mar a gato”, es decir, maragatos.

Otros, menos imaginativos, señalan que el término no aparece en los textos anteriores al siglo XIV, y puede ser una corrupción de “mercator”, es decir, mercader.

Aunque se considera que la capital de la Maragatería es Astorga, en realidad la comarca maragata se encuentra al oeste de la ciudad, en los lindes del monte Teleno. No en vano a la zona se la llamó, hasta el siglo XVI “la Somoza” (posiblemente de “sub-montia”, bajo el monte). La Maragatería propiamente dicha la componen una treintena de pueblos y aldeas (Brazuelo, Castrillo de los Polvazares, Lucillo, Luyego, Rabanal del Camino, Santa Colomba de Somoza, SantiagoMillas, Val de San Lorenzo, Lagunas, Quintanilla, Villalibre de Somoza entre otros) que ya en el siglo XIII disfrutaron del privilegio de “hermandad propia” (unión de los diferentes concejos municipales), concedido por Alfonso X en Burgos en 1270 y ratificado por Alfonso XI en 1336.

Esta tierra, escarpada y poco propicia para agricultura y ganadería, hizo que los de la zona se dedicaran principalmente a la artesanía y al transporte de mercancías, principalmente entre Galicia y Castilla, aprovechando la antigua vía romana que une Astorga con Lugo, donde tomaban la “Vía de la Plata” hasta Madrid. También aprovecharon las rutas del Camino de Santiago para llevar sus mercancías a Asturias, Cantabria y el norte de Castilla. Solían llevar en sus carromatos pescado en salazón de Galicia y carbón de Asturias, que vendían en las tierras del sur comprando productos de matanza (sobre todo embutidos) y productos de secano, que con los que comerciaban en el norte. Se hicieron famosos por la fiereza con la que protegían sus cargamentos de bandidos y ladrones, y por ser fieles a su palabra dada en los contratos: Tenían fama de que se les podía entregar cualquier mercancía valiosa, aunque fuera oro molido, que lo transportarían sin hacer preguntas... ni efectuar sisas. Posiblemente para cimentar su fama y ser fácilmente reconocidos empezaron a vestir de manera muy particular: Sombrero negro de ala ancha, chaleco y armilla (chaquetilla sin mangas), bragas (calzones) de color negro y polainas de paño.

El transporte y comercio de mercancías enriqueció a las familias maragatas, en una sociedad en la que, tras la expulsión de los judíos, la riqueza estaba relacionada con la nobleza y la ostentación. Los maragatos ni eran lo primero ni alardeaban con lo segundo. El oficio de arriero les condujo a desarrollar familias extensas, de padres e hijos pero también de tíos y primos, que la mayoría de las veces vivían juntos en la gran casa arriera maragata (de piedra, con un gran patio central dond se guardan carromatos y animales y pocas o ninguna ventana al exterior). La mayoría de los hombres estaban en los caminos la mayor parte del año, las mujeres se quedaban gobernando la casa y sus posesiones.

Al ser ricos pero plebeyos sus vecinos empezaron a mirarlos con envidia, y pronto empiezan a surgir las habladurías entorno a estas gentes: Es a partir del siglo XVI cuando se generaliza el nombre de maragato, al principio como insulto (para relacionarlos con los moros, es decir, no ser de “sangre limpia” ni “cristianos viejos”) y que el colectivo adopta como señal de identidad. Se les acusa igualmente de judíos, de ladrones y mentirosos, de herejes luteranos (pues no se ganaban el pan trabajando, sino comerciando, a la manera de los flamencos). Se dice de sus mujeres que nunca se peinan una vez casadas, que todos los hombres son borrachos, que sus casas son tan sucias que más bien parecen porquerizas... entre otras lindezas. No ayuda a eso que tengan costumbres propias, como la “boda maragata” (que dura dos días, con boda y tornaboda), la “fiesta del arado” (una especie de carnaval en la que los hombres se visten de mujeres) o la “Covada” (en el que el marido suplanta a la madre tras el parto, metiéndose en la cama junto al recién nacido). Por último, al desarrollar unas lineas de parentesco extensas cayeron poco a poco en al endogamia, negándose a relacionarse con gentes ajenas a sus clanes familiares arrieros, aunque fueran labradores o artesanos de la misma comarca. Eso los hizo marginarse aún más. Con todo, justo es decir que jamás sufrieron persecución alguna más allá de la maledicencia, no como otros colectivos de la península.

La llegada del ferrocarril supuso el fin del monopolio comercial de los maragatos. Los más emprendedores emigraron a América (sobre todo Argentina y Uruguay), otros se instalaron en las ciudades para continuar desde allí sus negocios. Hoy la presencia maragata queda solo en algunos museos locales y en fiestas muy puntuales, en las que se saca del armario el traje maragato típico, ya convertido en más disfraz que otra cosa.



jueves, 30 de mayo de 2019

Minorías malditas de España 3. Los Gitanos





El sustantivo  “gitano”, como se les conoce en España, es una corrupción de “egipciano”, es decir, procedente de Egipto, de donde los españoles del siglo XV (que fue cuando los gitanos entraron en la península) creían que procedían los gitanos. Por el mismo motivo en Francia se les llamaba antiguamente “bohémiens” o boumians” (es decir, bohemios) ya que entraron en el país galo con un salvoconducto del rey de Bohemia. Pero el término más común para llamarlos en Europa es “zíngaros”: (posiblemente del griego azinganos, literalmente “intocable”). Así se les conoce en Alemania (zigeuner), Francia (tzigane o tsigane), Italia (zingaro), Portugal (cigano), Turquía (cingeney). Los gitanos europeos prefieren para sí el término “romaní” o “rom” (que significa “hombre”); los españoles, a menudo se refieren a sí mismos como calé (que se puede traducir por “el que habla caló”, su lengua propia, aunque los hay que dicen que calé procede del indostaní  “kâlâ”, que significa simplemente “negro”.

¿De dónde procede este pueblo que en la Edad Media irrumpió en Europa? Se les ha considerado descendientes de Caín, o de la estirpe de Cam, el hijo maldito de Noé. Otras tradiciones remontan sus orígenes a magos caldeos de Siria, e incluso a hebreos que se negaron a  seguir a Moises a la Tierra Prometida y se pusieron a dar vueltas por el mundo a su aire. Se ha dicho que un gitano forjó los clavos con los que crucificaron a Cristo, trayendo la maldición a todos los suyos (pero los gitanos dicen que nanay, que ellos lo que hicieron fue robar los clavos originales, por lo que robar no es pecado para ellos).

Mitologías aparte, ya en el siglo XVIII un estudio exhaustivo del idioma romaní demostró que se trataba de una lengua de origen indico, emparentada con el  panyabí o el hindi occidental. Es decir, que el origen del pueblo gitano se encuentra  en el noroeste del subcontinente indio, en la zona en la que actualmente se encuentra la frontera entre los estados actuales de India y Pakistán. Esta teoría ha sido respaldada, ya más recientemente, con estudios genéticos.
No hay una respuesta clara sobre el motivo de la diáspora del pueblo gitano. Algunas teorías sugieren que pudieron ser individuos de una casta inferior, reclutados y obligados a luchar al oeste contra el avance musulmán. O quizá fueron conquistados por los musulmanes, esclavizados y enviados al oeste, donde formarían una comunidad cerrada y con el tiempo emigrarían huyendo de sus captores (esta hipótesis está respaldada por una crónica de Mahmud de Ghazni, que informa de la captura de 50.000 prisioneros durante una invasión turco-persa del Sind y del Punyab). La “Crónica Persa”, de Hazma de Ispaham, menciona a un pueblo de músicos que el rey de Persia solicitó al rey de la India hacia el siglo X. El Sahnameh (“Libro de los Reyes”) del poeta Firdusi, datado en 1010, nos da más datos: Este pueblo se llamada Zott (o Rom, o Dom, que de las tres maneras aparece en la crónica), y en número de 12.000, hombres y mujeres, partieron desde su patria junto al río Indo para entretener al rey de Persia Behram con sus cantos, sus bailes y sus espectáculos. El rey Behram les dio trigo, animales y tierras en las que vivir, para que así pudieran entretener gratuitamente al pueblo. Pero tras un año estas gentes habían malgastado lo que les dio el rey, sin labrar la tierra ni cuidar el ganado, por lo que el rey les condenó a vagar por los caminos, viviendo de la caridad, ya que eran incapaces de ganarse ellos mismos su sustento.

Sea por el motivo que fuese, la mayoría de los investigadores están de acuerdo en  que los gitanos abandonaron sus tierras natales de la India entorno al año 1.000. No todos, claro. Pueblos similares a los gitanos se encuentran hoy en día en la India (se supone que originarios de Rayastán, por cierto). Tampoco todos llegaron a Europa. Los lurios, (reconocidos como gitanos incluso por los propios gitanos) siguen viviendo hoy en día en Irán.

Sobre su periplo, podemos ceñirnos a las crónicas: Gentes llamadas “Atsinganoi” aparecen en Bizancio en el siglo XI. Se trata de adivinadores y magos ambulantes que, según una crónica fechada en 1054 (Vida del anacoreta San Georgios), llegaron a ser requeridos por el mismísimo emperador Constantino IX para que con sus artes místicas limpiaran de fieras salvajes los bosques. La cosa acabó mal para ellos: se les acusó de hechiceros y malhechores y fueron perseguidos por la justicia. De ese nombre griego, “atsinganoi”, derivará la palabra “zíngaro”, por cierto.

El fraile franciscano Simon Simeonis describe en 1322 un pueblo de costumbres muy similares a las de los gitanos asentado en Creta. Otro cronista, Ludolphus de Sudheim, habla en 1350 de otro pueblo de características similares, al que llama “mandapolos”, durante su peregrinación a Tierra Santa. En 1360 se establece en Corfú una comunidad claramente gitana (que aparece en las crónicas como “Feudum Acinganorum”). Los peregrinos la bautizan como “Pequeño Egipto”, de donde procedería la palabra “egipciano”. A finales del siglo XIV hay comunidades gitanas ya asentadas en tierras de serbios, búlgaros y rumanos. En 1416 se les encuentra ya en Alemania, al año siguiente en Bohemia, donde se les concede el famoso salvoconducto. En Suiza entraron en 1418 (donde se les expulsó en 1471, siendo el primer país europeo en hacerlo); en Francia en 1419, en 1420 en Bruselas y Flandes. En 1421 entraron en Italia, aunque no entraron en Roma (que se sepa) hasta 1427.

Oficialmente, los gitanos llegan a España en 1415. Es en esa fecha cuando  el infante Alfonso de Aragón concede en Perpignán un salvoconducto a un tal Tomás, hijo de Bartolomé de Sanno, “Indie Majoris Ethiope”, que dice estar peregrinando a Santiago de Compostela. Aunque otros historiadores señalan la fecha de entrada en 1425, apoyándose en la carta de seguro (salvoconducto, vamos) que el rey Alfonso V de Aragón le concede a un tal “Juan de Egipto Menor”. Tanto da que da lo mismo, la cuestión es que ya tenemos a los gitanos en la península, donde inicialmente son bien recibidos. Según la investigadora Teresa San Román en ese siglo XV entraron en la península unos 3.000 gitanos, que viajaban en grupos de 80 a 150 individuos, practicando la vida nómada y dedicándose a la adivinación y el espectáculo. Eran considerados buenos cristianos, tanto es así que en el tercer viaje de Colón (1498) viajaron cuatro gitanos en sus naves (estando como estaba el nuevo continente vedado a moriscos y judaizantes).

La permisividad de las autoridades terminó pronto: En 1499 los Reyes Católicos emiten la llamada “Pragmática de Madrid”, en la que se obliga al pueblo gitano a abandonar su vida nómada, adoptar un oficio y abandonar sus costumbres, su idioma y su forma de vestir (vamos, que dejen de ser gitanos). Se les da un plazo de dos meses, transcurridos los cuales podrán ser expulsados del reino o convertidos en esclavos, lo que más convenga a la autoridad local. Los gitanos no debieron hacer mucho caso a esta ley, ya que la misma pragmática se repite, prácticamente  letra por letra, en 1539 (bueno, cambia el castigo: se les condenará si desobedecen a 6 años de galeras). En total en España se emitirán más de 280 pragmáticas, decretos y leyes contra el pueblo gitano, cada vez más tozudo a integrarse. España no es el único país Europeo que empieza a considerar a los gitanos un problema: Ya hemos dicho que de Suiza se les expulsa en 1471. En el año 1500 se les expulsa igualmente del Sacro Imperio; en 1540, de Bélgica; en 1563, de Inglaterra. En Rumanía, donde se habían establecido tantos, era aceptada legalmente su esclavitud (práctica que no sería abolida hasta 1864)

El momento más oscuro de la historia gitana en España tiene lugar en julio de 1749, cuando se produce la llamada “Gran Redada” . Se trata ni más ni menos que de un proyecto para exterminar a la población gitana española arrestándolos y separándolos por sexos y edades. La cosa tenía su lógica. Si no se podían reproducir, se extinguirían en un par de generaciones. Esta barbaridad, autorizada por el rey Fernando VI y orquestada por el ministro marqués de la Ensenada, supuso el arresto, por el simple delito de ser gitanos, de más de 9.000 personas.  Dieciséis años más tarde (1765) Carlos III ordenó que fueran puestos en libertad, aunque los últimos no fueron liberados hasta 1783. Ese mismo año se promulga que los gitanos son ciudadanos del reino, y por lo tanto pueden residir en cualquier lugar que les plazca. Sin embargo, las presiones para que dejen su vida nómada, sus costumbres y su idioma no cejarán, antes bien, irán en aumento. Los gitanos españoles abandonan en su mayoría su vida nómada por otra semi nómada circunscrita habitualmente a una región. Del mismo modo encuentran un lugar en la sociedad, ejerciendo un oficio... o algo parecido. Se puede decir que entre los años 1850 y 1950 los gitanos son los abastecedores de ganado de labor (caballos, mulas, en menor medida bueyes) tanto para el gran terrateniente como para el pequeño propietario. Esa trata les permite llevar la vida semi itinerante que les gusta, sin estar adscritos a un municipio concreto. Por contra, siguen arrastrando los prejuicios de la sociedad. Se les acusa de ladrones (en especial de los animales que luego venden); de secuestradores de niños (a los que “convierten” en gitanos); y en menor medida (a medida que van pasando los años) de brujos y brujas, causantes de desgracias y de provocar la mala suerte. La progresiva mecanización del medio rural privará a los gitanos de su medio de vida, abocándolos nuevamente a la marginalidad más absoluta. Quedarán relegados a míseros barrios de chabolas primero, y a barrios marginales después, donde la salida más fácil es la delincuencia y el trapicheo, en especial de drogas. Los que tratan de llevar una vida honrada se dedican, en gran parte, a la venta ambulante en mercadillos callejeros o de pueblos. Unos pocos logran integrarse sin perder completamente su identidad gitana e incluso acceden a estudios universitarios. En 1988 se pone en marcha el Programa de Desarrollo Gitano, revisado en el año 2002. Gracias a él los gitanos españoles se han integrado en la sociedad más en los últimos 30 años que en los anteriores 3 siglos. Con todo, la comunidad gitana española (actualmente, unas 700.000 personas) sigue estando asociada a delincuencia y marginalidad. Se les acusa de vivir de las ayudas del Estado, es decir, de ser unos vagos, y de que las leyes son más permisivas con ellos que con el común de las personas.


Lo que, más que menos, es lo mismo que dicen de los migrantes africanos, mire usted qué casualidad...



jueves, 2 de mayo de 2019

Minorías malditas de España 2: Los Chuetas

 

Los Chuetas, del catalán mallorquín "xueta" (plural xuetes), eran (y son, que el tema aún colea, aunque ya poco) los descendientes de los judeoconversos mallorquines. Este nombre aparece por primea vez escrito en las actas de los procesos inquisitoriales de 1678.  Sobre su etimología hay dos hipótesis: Una que procede de juetó (mote despectivo aplicado a los judíos (en catalán jueus); y otra  que hace referencia a la costumbre de comer en público tocino, o de quemarlo en su casa para que lo olieran sus vecinos y así demostrar que se era tan cristiano como el que más (pues tanto judíos como musulmanes tienen prohibido el consumo de la carne de cerdo, por ser animal impuro según sus creencias). En catalán tocino se dice “cansalada”, pero en mallorquín se dice xulla, (pronunciado xuia o xua), por lo que de ahí nacería el nombre.

Se les conocía por otros nombres, claro: “xuetons” (que se traduciría por judiazos), “marxandos” (comerciantes menores, tenderos y buhoneros, por ser los oficios que solían desempeñar)  “des Sagell” o “des carrer”  (en referencia a la calle del Sagell, donde tradicionalmente vivían los chuetas de la ciudad de Mallorca). Entre ellos, a su vez, distinguían entre “els d´orella alta” (literalmente los de oreja alta), que eran los ricos y poderosos; y “els d ´orella baixa” (los de oreja baja) los pobres. Pues ya dice el refrán catalán que es el sino del pobre  “baixar les orelles” (es decir, humillarse). Por otro lado los chuetas solían llamarse “noltros” (nosotros) o “es nostros” (los nuestros). Los no chuetas eran, sencillamente, “es altres” (los otros) o  “es de fora del carrer” (los de fuera de la calle)

El origen de los chuetas se remonta al siglo XV, cuando el temor a que se repitan los asaltos a las juderías de 1391 y las predicaciones (se podría hablar más de amenazas nada sutiles y extorsión, pero en fin) de (San) Vicente Ferrer provocaron conversiones masivas entre la comunidad judía, que condujeron a que hacia 1435 prácticamente no hubiera ya judíos en la isla. Al menos en teoría, ya que la mayoría de las conversiones no fueron en absoluto sinceras,  y los conversos siguieron, en buena medida, practicando sus costumbres de origen hebreo, aunque eso sí, a puerta cerrada. Durante cincuenta años las cosas les fueron bastante bien: aunque estas prácticas eran un secreto a voces no fueron molestados hasta 1488, cuando se instala en Mallorca el Tribunal del Santo Oficio. Ya saben, el que crearon los Reyes Católicos  para fomentar en sus reinos la uniformidad religiosa. Según las actas de la misma Inquisición entre ese año (1488) y 1544 se acogen a Edictos de Gracia (es decir, que confiesan voluntariamente su condición de herejes judaizantes, vamos, que se denuncian a sí mismos a cambio de no ser castigados con penas severas) 559 mallorquines. Otros 239 son “reconciliados” (en que abjuraron de sus falsas creencias y fueron readmitidos en el seno de la Iglesia católica) y 537 fueron “relajados” (que no es que les hicieran un masajito, sino que los entregaron al brazo secular para ser ejecutados por muerte en la hoguera). De ellos 82 fueron, efectivamente, quemados. El resto (455) fueron quemados en efigie por haber muerto durante el proceso (bonito eufemismo para decir que los torturaron hasta la muerte) o, (mejor para ellos) lograron evitar ser apresados y huyeron. Por desgracia las actas inquisitoriales no indican el número de unos y de otros. 

Sea como fuere esta persecución tiene sus frutos: Muchos criptojudíos emigran de la isla, y la mayoría de los que se quedan se hacen más católicos que el mismísimo obispo, para evitar nuevas denuncias. Solo un pequeño grupo mantiene con gran secreto algunas prácticas judaizantes en la intimidad de sus familias, practicando una rigurosa endogamia entre ellos. Ese grupo será el origen de los chuetas. Pese a estar más o menos al corriente de sus actividades, este grupo no será molestado por las autoridades eclesiásticas durante más de cien años. Se les considera un colectivo poco peligroso, en comparación con las amenazas, mucho más cercanas, de los moriscos y (en menor medida) de los protestantes.

Este periodo de bonanza termina en 1678. Aunque la Inquisición como tal empieza a estar en horas bajas, la monarquía española necesita dinero más que nunca. Y buena parte de los criptojudíos mallorquines se han enriquecido haciendo negocios con comunidades judías de otras partes del Mediterráneo (sobre todo con la de Livorno, en la Toscana), así que son un bocado jugoso que morder, tanto más cuando parte de la sentencia supondrá la incautación, ya fuera en parte o en su totalidad, de sus bienes. Entre 1678 y 1695 se juzgaron a 339 personas. 283 fueron “reconciliadas”, aunque tuvieron que sufrir un tiempo de cárcel y se les embargó la mayoría de sus bienes, 5 quemados en efigie (ya que lograron escapar), 14 quemados los huesos (pues murieron en la cárcel o fueron juzgados ya diguntos) y 37 ajusticiados. La mayoría aceptaron besar la cruz antes de que se encendiese la hoguera, siendo asfixiados con garrote. Solo tres (Rafel Valls y los hermanos Rafel Benet y Caterina Tarongí) se negaron a ello y fueron quemados vivos, en 1691.  Se calcula que el valor de los bienes embargados a los condenados alcanzó los dos millones de libras mallorquinas, que en moneda equivaldría a 654 toneladas de plata. Sin duda alguna, fue un buen negocio...

Parte de la condena incluía la vergüenza pública de pasear durante las procesiones de Semana Santa. con la “gralleta”, nombre mallorquín del  sambenito, una especie de escapulario con forma de poncho con un agujero central por donde pasaba la cabeza,  (como los hombres-anuncio de los años 30, para entendernos)  Muchas veces la condena obligaba a los descendientes hasta la tercera generación a llevar igualmente el sambenito, por muy devotos católicos que fueran. Además, se pintaba un cuadro con el nombre y apellidos del condenado portando el sambenito y especificando su culpa, cuadros que estaban expuestos públicamente en el claustro del convento de santo Domingo (y ahí siguieron hasta que un grupo de chuetas, en 1820, asaltó por las bravas el claustro y los quemó todos). Además, en 1691 se publicó el libro “La Fee Triunfante en quatro autos celebrados en Mallorca por el Santo Oficio de la Inquisición en qué an salido ochenta i ocho reos, i de treinta, i siete relaiados solo uvo tres pertinaces.” del jesuita Francesc Garau, en el que aparecen reseñados todos y cada uno de los condenados, Así, los chuetas de Mallorca podían ser fácilmente identificables.
Por si tienen curiosidad, los quince apellidos chuetas por excelencia son:  Aguiló, Bonnín, Cortès, Fortesa, Fuster, Martí, Miró, Picó, Pinya, Pomar, Segura, Tarongí, Valentí, Valleriola y Valls. Hay algunos más, que entran y salen de las listas oficiales: Galiana, Moià,  Sureda, Vilaire, Valleriola (y seguro que me dejo alguno). En total, de una población de 859 289 habitantes (dato de Enero del 2015) que tiene la isla de Mallorca de 18.000 a 20.000 llevan alguno de estos apellidos.


Los portadores de estos apellidos tenían vedado el acceso a ciertas escuelas e incluso sufrían dificultades a la hora de estudiar y ejercer la carrera eclesiástica. A nivel de oficios solo eran admitidos en los gremios de  velluteros, merceros, plateros, tenderos y buhoneros, los únicos que no exigían un certificado de limpieza de sangre. Ningún cristiano que se tuviera por tal tendría a su servicio a un (o una)  chueta, ni aún desempeñando los empleos más bajos. Sobre todo en la Semana Santa y en el periodo de Cuaresma eran objetos de insultos, chascarrillos y burlas, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días:  (Alcalde, yo me desdigo/ de que Juan sea chueta,/ pero viene de la cepa/ que crucificó a Cristo). Por supuesto, ninguno tenía acceso a puestos de responsabilidad política o social, por muy preparado que estuviese o muy rica que fuera su familia.
En los años más duros se les llegó a acusar de negarse a casarse con cristianos viejos para así mantener su estirpe judía (cuando la endogamia era el resultado forzoso de su estigmatización social); que hacían bautizar a sus hijos con nombres judíos del Antiguo Testamento; que despreciaban e insultaban a los cristianos viejos (cuando solía ser al revés); que en sus domicilios tenían siempre iconografía del  Antiguo Testamento, nunca del Nuevo; que ejercían profesiones relacionadas con pesos y medidas para mejor engañar a los buenos cristianos;  que los muy egoístas realizaban colectas solo para sus pobres, ignorando a los cristianos más necesitados; que los que se hacían sacerdotes era para burlarse del credo cristiano; que seguían las leyes alimentarias judías (de no comer cerdo y similares); que festejaban en secreto el Sábado y no el Domingo; que rechazaban la absolución católica en el momento de su muerte... e incluso se decía de ellos que practicaban sacrificios humanos. 

Esta hostilidad fomentó un fuerte sentimiento de grupo, cohesionado y solidario entre sus miembros, fueran ricos o pobres. También provocó una fuerte endogamia, en el sentido de que estaba mal visto (tanto por unos como por otros) que un chueta se casara con alguien que no lo fuera. 

Durante el reinado de Carlos III se produjeron tímidos intentos de acabar con la marginación hacia los chuetas. Intentos de darles una igualdad social y jurídica con con respecto al resto de mallorquines, cosa que no se conseguiría (y sobre el papel) hasta la Constitución de Cádiz de 1812.  En 1836 es designado el primer político chueta:  Onofre Cortès que fue concejal del Ayuntamiento de Palma. Durante la II República (1930-1939) se permitió por primera vez a un sacerdote chueta oficiar misa en la Catedral de Mallorca.

Se puede decir que el prejuicio anti-chueta desaparece en 1950, cesando también la endogamia que caracterizaba al grupo. Sin embargo, en una encuesta realizada entre los mallorquines por la Universidad de las Islas Baleares en una fecha tan temprana como el año 2001, un 30% de los encuestados afirmó que no se casaría nunca con un (o una) chueta. Un 5% fue más lejos y afirmó que no tenía ni quería tener amigos chuetas.


domingo, 31 de marzo de 2019

Minorías malditas de España 1. Los Agotes

Cuando en Septiembre del 2014 publiqué en este blog una entrada sobre los Golluts de la vall de Ribes (Girona) se despertó bastante interés entre mis lectores. Alguno hubo que hasta me preguntó si había habido alguna otra etnia marginada en la península, “aparte de los gitanos, claro”.
Pues sí. En concreto ocho (nueve incluidos los gitanos). Algunas más conocidas, otras bastante menos.
 

El nombre de “agote” es la castellanización del euskera “agot”, en plural “agotak”. Al otro lado de los Pirineos, en Francia, se les llama “cagots”, pero han recibido otros nombres a lo largo de los siglos, a cada cual más infamante: gafos, crestias, leprosos, mesilleros, chistones o chistrones, lazdres, mesegueros, gezitas, patarinos, carpinteros, cristianos de San Lázaro, colliberts, gahets, oiseliers... y seguro que me dejo alguno. Esta comunidad, discriminada durante al menos ocho siglos (del XII al XX) estaba situada sobre todo en Navarra, en el valle de Baztán (localidades de Elizondo, Irurita, Elbete, Amaiur y sobre todo  en Bozate, hoy un barrio de Arizcun). Fuera de Baztán, considerada “Agoterri”, tierra o patria de los Agote, hubo grupos más pequeños en el valle del Roncal, Guipuzcoa, Huesca, y ya en Francia en Bearn y Aquitania.

¿Cuál era su origen y porqué fueron considerados un grupo marginal?  Lo cierto es que actualmente nadie lo sabe con certeza. Teorías, por supuesto, hay muchas:

Pío Baroja y  Michel Francisque, entre otros, los consideraban descendientes de godos. (en este sentido el “cagot” francés sería contracción del bearnés “cas-gots”,  “perros godos”, y el “agot” euskera sería got (godo) quitando la inoportuna “a”. Se trataría de desertores del ejército visigodo, refugiados en los valles vasconavarros y despreciados por sus congéneres por su cobardía frente al invasor musulmán. Otros autores como  Bascle de la Grece rechazan esta hipótesis: los godos eran una raza noble que tenía la misma religión y lengua que las gentes que supuestamente los discriminaban, aparte de un enemigo común: los musulmanes.

Otros traducen “cagots” como “cazadores de godos”, señalando que su origen es musulmán, y por lo tanto africano: Serían supervivientes de la batalla de Tours del año 732, que vencidos por Carlos Martel se les habría perdonado la vida a cambio de convertirse al cristianismo. Teoría dudosa si se tiene en cuenta que en Navarra  la convivencia entre cristianos y musulmanes nunca supuso ningún problema. Los seguidores de Mahoma se bautizaron y se integraron perfectamente.

Hace unos años la Universidad de Burdeos formuló una teoría interesante: Según ésta los agotes serían descendientes de criminales franceses perseguidos por la justicia que habían cruzado la frontera disfrazados como leprosos, refugiándose en el Bajo Pirineo. Estos delincuentes no tenían por qué ser asesinos o ladrones: En la sociedad del siglo XII podían ser perfectamente familias que se hubieran alzado contra su señor feudal, ya sea huyendo de unas tierras a las que estaban adscritos como siervos de la gleba o por negarse a pagar unos impuestos demasiado onerosos... a veces simplemente por no tener con qué. Lo malo es que a su condición de extranjeros se uniría su condición de supuestos apestados, lo que provocaría desde los inicios su marginalidad.

Mª Carmen Aguirre Delclaux, al igual que  J. Altadill, ahondan en el argumento de la enfermedad. Que eran portadores de la peste y, sobre todo, de la lepra, era una de las principales acusaciones que se hacían contra ellos. Según estos autores estas gentes fueron inicialmente consideradas leprosas y como tales encerradas en lazaretos. Al pasar el tiempo y no desarrollar la enfermedad se les permitiría hacer una vida más o menos normal, pero confinados en sitios muy concretos. Se les cambiaría la prisión por otra más grande, y el estigma se mantendría en sus hijos y posterior descendencia. Esta falta de desarrollo de la enfermedad se debería a que, en realidad... no era tal. Pues en la Edad Media se distinguía entre la llamada “lepra roja” (la enfermedad de Hansen, producida por el bacilo Mycobacterium leprae) y la “lepra blanca”, que podía ser lo que hoy conocemos como una erupción o alergia cutáneas, o más comúnmente, psoriasis. Y aún se entendía un tercer tipo de lepra, la llamada “lepra moral” que tenían personas tan malvadas y viciosas que les corrompía el alma en lugar del cuerpo... y que era transmitida de padres a hijos. Tal sería el caso, por ejemplo, de los conversos moros y judíos que seguían practicando a escondidas sus “falsos ritos”.

Una teoría menos truculenta apunta a que los agotes fueran originalmente canteros y carpinteros que trabajaban a lo largo del Camino de Santiago. La crisis de los siglos XVI-XVII los habría dejado sin trabajo, pasando de ser obreros cualificados a jornaleros dispuestos a trabajar un poco de lo que fuera con tal de sobrevivir. Esta explicación cojea en el apartado temporal: Ya se habla de Agotes en el siglo XII, es decir, cuatrocientos años antes del “nacimiento” de este grupo como etnia marginada. 

Algunos apuntan a que los agotes eran en realidad descendientes de refugiados cátaros, escondidos en los Pirineos para huir del poder de los reyes de Francia y el Papado. Como en el caso anterior, hay un baile de fechas, ya que se tiene constancia de la presencia de agotes cien años antes de la herejía cátara.
 
Siguiendo con las explicaciones heréticas, Toti Martínez de Lece apunta a que pudiera ser un colectivo que mantenía tradiciones precristianas. Vamos, que no estaban convertidos del todo. Y, sin embargo, no constituyeron jamás (que se tenga constancia fehaciente) un grupo diferenciado de sus vecinos, ni religiosa ni étnicamente. Hablaban la misma lengua y profesaban la misma fe. No eran ni agricultores ni ganaderos, pero sí hábiles artesanos, de la piedra, el hierro y sobre todo la madera., debido en buena parte a la creencia popular de que la madera no transmite las enfermedades, y por lo tanto incluso esos “apestados” podían trabajarla sin peligro de contagiar a nadie. Llegó a ser tan común que los agotes fueran carpinteros que los que no eran agotes se negaban a aprender el oficio, por miedo a que los confundieran con ellos (y los trataran como tales, claro).

Y es que el trato que se le daba a los agotes no era precisamente tema baladí:

  • Un/una agote no podía contraer matrimonio con alguien no agote
  • Los agotes estaban obligados a vivir en barrios o poblaciones separadas de las gentes “normales”
  • No podían cultivar la tierra ni poseer ganado.
  • Tenían que llevar en sus ropas (normalmente en la espalda) un símbolo que los identificara como agotes (normalmente, una huella de pata de oca o pato de color rojo)
  • Para avisar de su paso y permitir que los no agotes se apartaran de su paso (para no contagiarse de sus supuestas enfermedades) tenían que ir haciendo sonar una campanilla (o unas cliquetas),  al igual que los apestados.
  • En la iglesia no se podían mezclar con los otros fieles: tenían su propia puerta de entrada (“agoten athea”), más baja y estrecha; debían sentarse en una zona aparte del templo, delimitada por una raya en el suelo (o en algunos sitios, como  Arizcun, por una verja); tenían prohibido acercarse a la parte delantera del templo, donde estaba el altar; sus ofrendas eran recogidas y puestas aparte de las de los otros fieles; la eucaristía les era entregada desde lejos, con un palo o bastón, o se dejaban las hostias en un banco para que allí las tomasen; tenían su propia pila bautismal y se les enterraba en un lugar concreto del cementerio, junto a los suicidas, los excomulgados y los hechiceros. Los entierros debían hacerse por la tarde, medio a hurtadillas, y no se podía tañer las campanas en ellos. 
  • No podían beber en fuentes públicas
  • No podían participar en bailes o fiestas
  • No podían pisar el suelo descalzos, bajo pena de abrasarles las plantas de los pies con una barra de hierro al rojo vivo. Eso se debía a la creencia de que si lo hacían la tierra que pisaban se volvía estéril y nunca jamás volvían a crecer sembrados en ella.
  • No podían sentarse en la misma mesa que un no agote
  • No podían ser sacerdotes.
  • En un juicio, el testimonio de siete hombres libres equivalía al de treinta agotes.

Era creencia popular que los agotes eran malos cristianos; herejes que practicaban en secreto ritos paganos; que eran de otra raza, por supuesto inferior. Se les tenía por portadores de todo tipo de enfermedades (en especial la lepra); que carecían de lóbulos en las orejas; que tenían una oreja más grande que otra y que ésa estaba rodeada de pelo por todos los lados. Se decía de ellos que eran hechiceros, cretinos, homosexuales, que se acostaban con animales, que olían mal, que les apestaba el aliento, que si ponían un pie descalzo en la tierra no volvía a crecer nada en ella, 
Se aseguraba que su sangre era más caliente que la de un ser humano “normal”, por lo que si sostenían una manzana en la mano ésta se pudría en cuestión de segundos. Esa temperatura sanguínea los hacía viciosos y lujuriosos, coléricos, orgullosos, susceptibles, arrogantes, astutos, y por supuesto mentirosos. Todo ello absolutamente falso, por supuesto. “Agote” era un insulto especialmente grave, tanto que hay una sentencia  de la Corte fechada ¡en 1820! condenando a un hombre a pagar 25 libras (una cantidad importante en la época) por llamar “agote” a otro en una discusión. Sin que el otro lo fuera, claro. Si lo hubiera sido, no hubiera sido insulto sino afirmación. No en vano se conserva un texto de 1597 que dice textualmente:  “¡ Cállate agote ! Tu opinión cuenta menos que la de un perro. ¡No eres nadie!”

De poco sirvió la Bula pontificia fechada el 13 de mayo de 1515, en la que se recomienda al Chantre de la catedral de Pamplona  que trate a los agotes como al resto de los fieles. Se hizo caso omiso de ella, como también se ignoraron los decretos dictados en 1534 y 1548 por las Cortes de Navarra a favor de los agotes. Ni los buenos oficios de muy noble y poderosa familia de los Ursúa (que siempre defendieron a los agotes). No se promulgó una ley efectiva para terminar con su discriminación hasta 1819, (con la derogación de las leyes discriminatorias medievales en Navarra) declarándose que los agotes poseían los mismos derechos que sus vecinos. Con todo, coletazos de marginalidad y desconfianza hacia este colectivo perduraron hacia bien entrado el año 1950. En esas fechas ya se permite el matrimonio de agotes con otras gentes, y al librarse de la endogamia, el colectivo va diluyéndose.  Pero hasta fecha muy reciente aún se podía oír el dicho popular en Bozate: "Al agote, garrotazo en el cogote"






jueves, 28 de febrero de 2019

Vegetarianos y carnívoros en la Grecia Clásica



Hoy en día, a los nutricionistas se les llena mucho la boca con esto de la dieta mediterránea, que es la más equilibrada y tal y tal, y que la tríada mediterránea (aceite, pan y vino) es el sumun de la civilización, gasrtronómicamente hablando. Y bueno, no les quito yo razón (al contrario, se la doy, y mucho). Pero como nadie es profeta en su tierra, los inventores de esta dieta no sólo la despreciaban, sino que mantenían agrios debates sobre otras dos, y sobre cuál era la mejor.

Por un lado estaban los que rechazaban por completo el consumo de alimentos de origen animal: Vegetarianos eran muchos pitagóricos y neoplatónicos, y los seguidores de los misterios órficos. Para los primeros, matar seres vivos y sintientes, derramar su sangre, devorar su carne, son costumbres de un ser humano inferior, embrutecido, más cercano de esos animales de los que se alimenta que del ser más puro y espiritual en el que se podría convertir. Aristofonte (en el siglo IV antes de Cristo), describía los usos de los Pitagóricos y de cómo vivían sólo a base de pan y agua... Por cierto, también consideraban el sexo como algo sucio y bárbaro, Por lo que bien podemos decir que hacían gala de una absoluta abstinencia de la carne... en todos los sentidos. Los órficos tampoco comían carne... Pero porque creían en la transmigración de las almas. Comerse un pollo asado podía suponer asesinar antes de tiempo el espíritu del abuelo recién reencarnado, fastidiándole así el retorno a su condición humana...

En franca polémica con los vegetarianos estaban ¡los atletas! Tradicionalmente los que se entrenaban para los juegos Olimpicos (u otras competiciones físicas de menor importancia) seguían una dieta energética de higos secos, queso fresco y pan. Pero en el siglo V a. C. aparece un tal Ikkos de Tarento que vence en el pentatlon pulverizando records y, que al ser interrogado por su vitalidad y energía, dice que el secreto está en comer sólo carne... Su ejemplo cunde y apenas cien años más tarde tenemos el ejemplo del campeón de lucha Milos de Crotona, una especie de bestia parda que presumía de comerse diariamente (él solito) ocho kilos de carne acompañados de ocho kilos de pan, con ocho litros de vino (sin aguar) para ayudarlo a bajar todo... Dejando aparte a este animal, la mayoría de los atletas seguían una dieta cárnica, aunque no tan bestia y sí un poco más mística: comían carne de animales ágiles (por ejemplo, de cabra) si practicaban el salto, o de animales fuertes (como el buey) si querían hacerse con su fortaleza...

¿Y qué quieren que yo les diga? Que no soy ni juez ni parte implicada para mediar en el tema. Puedo decirles, eso sí, que el ser humano no sintetiza la vitamina B12. La conseguimos consumiéndola de los animales que sí la sintetizan. Su carencia provoca anemia, trastornos nerviosos y, a la larga, puede degenerar en comportamientos psicóticos. Los antiguos algo de proteína animal sí que tomaban, por muy vegetarianos que fueran, en forma de insectos o restos animales (por ejemplo heces, no me tuerzan el gesto) que estaban pegados a las pobres plantitas. Hoy en día, con fertilizantes químicos e insecticidas... Tomen complejos vitamínicos. Por favor.

¿Tenían razón entonces los carnívoros, sobre que su dieta era mejor? Pues, mire usted... Tampoco. Una dieta en exclusiva de carne roja aumenta la testosterona, que entre otras cosas aumenta el desarrollo muscular y óseo. Pero si no va acompañada de carbonohidratos, verduras y frutas provoca cetosis y exceso de ácido úrico, fastidiándonos el hígado y el riñón. Comer sólo carnes magras (como el pollo y el conejo) tampoco es una opción: Si sólo se consume eso se produce envenenamiento por proteínas, al cabo de siete días se empieza a tener diarreas y (si no se toma algo de grasa) uno puede llegar a morir por ello, que no deja de ser una manera bastante tonta de estirar la pata.

 Así que mejor quedarnos con una dieta equilibrada y comer un poco de todo. Sin excesos, como decía mi muy admirado Epicuro. Pero tampoco se me pasen, que hasta la moderación ha de usarse con moderación.



(De mi libro inédito "Tiempo para Comer". Cinco años ya en el cajón sin editor)

miércoles, 30 de enero de 2019

La Historia tras la Leyenda 8. (y último) Blancanieves



Todo el mundo conoce el cuento de Blancanieves... O, al menos, la versión “lalala” de Disney, estrenada en 1937... Que, sinceramente, en ocasiones se aleja bastante del cuento original.
Éste se publicó en 1812 por parte de los incombustibles hermanos Grimm. Su título original “Schneewittchen” significa, (oh casualidad), “Blancanieves”.  El idioma alemán, ya se sabe...

La protagonista es una hermosa y dulce princesa “de tez blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y pelo negro como el ala del cuervo”, cuya madre muere al poco de dar a luz. El rey su padre se vuelve a casar con una hermosa mujer que es en realidad una poderosa hechicera, muy vanidosa, que consulta siempre a un espejo mágico sobre quién es la más bella del reino... y el espejo siempre le contesta que ella... hasta que Blancanieves cumple 17 años y el espejo ha de admitir que la princesa es mil veces más hermosa que su madrastra. Ésta ordena a un cazador que se la lleve “de paseo” al bosque y la asesine, y que le traiga su corazón... así como el hígado y los pulmones (empiezan los recortes de la historia por parte de Disney). El cazador se apiada de ella y la deja escapar. A cambio entrega a la reina las vísceras de un jabalí joven, que ella hace cocinar y devora con gran deleite,

Blancanieves acaba en casa de siete enanos mineros, que la acogen y la protegen,,, pero no gratis. A cambio Blancanieves ha de limpiar, cocinar, hacer las camas, lavar, coser, tejer y, en suma, mantenerlo todo limpio y ordenado. Vamos, que la tienen de criada (por no decir esclava) sólo a cambio del alojamiento y la comida. En la excelente novela gráfica “Fábulas” de Bill Willingham también es obligada a acostarse con los enanitos... pero no entremos en eso.

Cuando la reina malvada descubre que Blancanieves aún está viva trata de asesinarla... Y no lo intenta una vez sino tres (más recortes de la película). Primero con un disfraz de buhonera, ofreciéndole a Blancanieves cintas para el pelo (y, ya puestos, estrangulándola con una). Pero cuando los enanos vuelven a la casa le desatan la cinta y Blancanieves revive.
La madrastra lo intenta una segunda vez disfrazada de vendedora de peines, ofreciéndole un peine de púas envenenadas. Nuevamente cree que la princesa está muerta, pero los enanos al regresar logran hacerla revivir de nuevo.
Como a la tercera va la vencida, esta vez lo intenta disfrazada de anciana, ofreciéndole una manzana envenenada. Y la princesa “pica” por tercera vez (la verdad es que es una niña un poco tonta ¿no?). Y ya saben: los enanos le fabrican un ataúd de cristal, un príncipe (un poco necrófilo, la verdad) la ve y se enamora de ella, ordena a sus sirvientes se lleven a su castillo el ataúd, los enanos como que nones, en el forcejeo el ataúd se cae... y el trozo de manzana envenenada que Blancanieves tenía en la garganta salta, haciendo que la princesita reviva por tercera vez.

El final del cuento clásico puede que sorprenda a más de uno: El príncipe (que lo es de un reino vecino) se casa por todo lo alto con Blancanieves... e invitan a la boda a la madrastra. Ésta no sabe la identidad de la novia, y cuando se da cuenta que es una trampa ya es demasiado tarde. Como castigo por haber intentado asesinarla tres veces la obligan a bailar para ellos tras la boda. Me dirán ustedes que es poco castigo.... y les contestaré que para hacerle bailar le calzan unos zapatos de hierro calentados al rojo vivo en la fragua, por lo que bailar, no sé yo si baila, pero saltos y alaridos, un rato... Y así hasta que cae muerta. Y es que los cuentos de hadas tradicionales hoy serían clasificados para adultos.


Según el investigador Karlheinz Bartels el cuento está inspirado en un hecho real: En concreto, en la desgraciada vida de la princesa   Maria Sophia Margaretha Catharina von Erthal, nacida en Lohr (Franconia alemana) en 1725. Su padre, el condestable  Philipp Christoph von Erthal, casó en segundas nupcias en 1743 con  Claudia Elizabeth Maria von Venningen, condesa de Reichenstein, también viuda. Aprovechando que él, por motivos diplomáticos, estaba ausente muchas veces de su casa, ella dio prioridad a los dos hijos que tenía de su primer matrimonio, en detrimento de María Sophia, a la que sometió a vejaciones y maltratos (más psicológicos que físicos, que estamos entre gente de la aristocracia). María Sophia era, además, de salud delicada y prácticamente ciega debido a la varicela que sufrió de niña. Era muy querida por el pueblo, ya que realizaba numerosas obras de caridad. Los “siete enanitos” serían siete niños que trabajaban en las minas, prematuramente envejecidos por su duro oficio, a los que ella habría favorecido. Por haber, había hasta un “espejo mágico” en el castillo: Mide 1´60 m. y si tiene curiosidad se exhibe en el museo Spessart, en la misma localidad de Lohr. Presenta una gran limpidez en su superficie (algo inusual en la época) y por ello se dice de él que es “un espejo parlante”, ya que siempre dice la verdad, tanto para bien como para mal. No hay final feliz para esta historia: la “princesa” terminó muriendo muy joven, algunos dicen que envenenada. Y no hubo príncipe que la rescatase de la muerte.

De todos modos no se me entusiasmen: El historiador alemán Eckhard Sander afirma que, de estar inspirado el personaje en alguien, fue en la condesa Margaretha von Waldeck, hija de Felipe, cuarto conde de Waldeck, que vivió en la primera mitad del siglo XVI y que sufrió la estricta disciplina de su madrastra, Katharina von Hatzfeld. A los dieciséis años fue enviada por su padre a Bruselas, a la corte de María de Hungría, donde tuvo un romance con el príncipe de España, Felipe II (que entonces estaba de bastante buen ver), con el consabido escándalo, ya que ella era luterana y todo eso... La cosa se solucionó por la vía rápida. La envenenaron a los veintiún años de edad. Ya se sabe, muerto el perro, se acabó la rabia.

Lo que ambos eruditos obvian muy convenientemente es que versiones anteriores del cuento (o muy similares) se conocían ya por lo menos desde el siglo XVIII. La más popular cambia los enanitos por ladrones (y no precisamente amables), y el espejo mágico por la luna, que es a la que le pregunta la reina malvada si es la más hermosa.