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miércoles, 25 de diciembre de 2024

El Tientapanzas: El asustaniños que dejó de serlo

 

 


 

Pese a que hoy en día es una figura importante del folclore popular de Écija (Sevilla), el Tientapanzas (o Tientapanza) nació en Galicia. Allí, con el nombre de Apalpador, Apalpa-Barrigas o Pandigueiro,  era originalmente poco más que un ogro, un asustaniños más para hacer que los niños se comieran todo lo puesto en el plato sin rechistar. Pues por la noche vendría el Apalpador y les tocaría la barriga, y si no estaba llena se los llevaría a su guarida, para comérselos. El antropólogo Xesús Taboada Chivite apunta a que formaba parte de una tradición pagana, posiblemente precristiana, un ritual de palpar la barriga de niñas y niños en Nochevieja (que llamaban precisamente  noite de apalpadoiro (noche de palpar). Sea como fuere, y ya en tiempos modernos, si los niños se habían portado bien y se lo habían comido todo las barrigas estarían bien prietas, y el Apalpador les daría un regalo (una golosina, posteriormente un aguinaldo o un regalo)

Bien se sabe que muchos gallegos repoblaron la zona de Écija tras la conquista cristiana de Sevilla, y con ellos marchó el Apalpador, rebautizado como Tientapanzas. Este personaje espiaba a los niños para ver si comían o no, les tocaba la barriga mientras dormían para ver si estaba llena y se encargaba luego de informar a los Reyes Magos, que de recibir malos informes de su parte no le dejaban regalos al niño. Curiosamente, el Tientapanzas no es moralista: Le preocupa bien poco que los niños se porten bien o mal. Él solo quiere que coman bien. Es evidente que representa el fantasma de hambres presentes y pasadas, de pobres alimentos en la mesa, muchas veces poco atractivos o sabrosos… pero que es lo único que había para llevarse a la boca.

La tradición fue decayendo con los años hasta que en el 2004 las asociaciones de vecinos de  El Carmen, San Juan Bosco y Puerta Cerrada recuperaron el personaje, convirtiéndolo en protagonista de un pasacalles que desde entonces recorre las calles de la localidad, junto a gigantes, cabezudos y otros personajes. La cabalgata tiene lugar el fin de semana entre Navidad y Año Nuevo. Al terminar el Tientapanzas palpa las barrigas de los más pequeños y les anima a “seguir comiendo así de bien todo el año”

Semillas de aventuras para juegos de rol

Hay que darle una lección a un hombre asesinando (o secuestrando) a su hijo de corta edad. Lo que los sicarios de la casa no saben es que en el cuarto del niño se encuentra un ser monstruoso, que venía a tocarle la barriga a ver si se lo había comido todo. Un monstruo al que no le gusta que le hagan daño a SUS niños.

Una niña confiesa que está sufriendo tocamientos por parte de un “hombre oscuro” que se aparece en su cuarto cuando está dormida. Le han dicho que es el Tientapanzas, pero no le gusta lo que le hace. En realidad es su padrastro, que utiliza su inocencia e ingenuidad para abusar de ella

Un intruso trata de colarse en una casa para subir a la habitación de los niños, para gran espanto de los padres, que tratan de impedírselo. El intruso es casi invisible en la oscuridad o la penumbra, solo la luz directa rebela su aspecto, similar al de un vagabundo, vestido con ropas mugrientas y con barba de varios días. ¿Es el tientapanzas, es un ogro…. O es algo peor?

domingo, 20 de diciembre de 2020

Jultomten, el Santa Claus de Suecia

 



Jultomten, también llamado "Tomten" o Tomte, es el equivalente a Papá Noel en Suecia, que visita las casas por la tarde en Nochebuena (que es más importante que la Navidad en Suecia ) para dejar regalos a los niños (y a los que no lo son tanto).
Es fácil distinguirlo de Santa Claus, ya que:

    • Vive en el bosque (no en el Polo Norte)
    • Tiene mujer e hijos
    • No baja por la chimenea de noche a hurtadillas, sino que golpea la puerta principal
    • Hace siempre la pregunta tradicional: Finns det några snälla barn här? (¿Hay niños buenos aquí?),
    • Entrega los regalos a los niños directamente, antes que se vayan a la cama
    • Viaja con un saco de regalos, acompañado de una cabra que le ayuda a llevar la carga
    • Le gusta que le den a modo de regalo un cuenco de avena con mantequilla, no el pastel de carne y la copita de jerez que habitualmente se deja a  Santa Claus

Aparte de ello, ambas figuras son también diferentes en su aspecto físico: Ambos llevan un gorro rojo y lucen barba blanca, pero ahí terminan  las similitudes: El Jultomten es mucho menos corpulento, viste ropas grises o verdes y tradicionalmente es bastante más bajito: Cosa de 1´20 como mucho.

Según los folcloristas, este personaje nace de dos tradiciones precristianas que terminaron fusionándose:

Por una parte tenemos a los Tomtar (plural de Tomte). Se trata de los espíritus de los difuntos dueños de la tierra, el espíritu ancestral del primero que la labró, estableciendo con ella un vínculo eterno. Por eso siguen vigilando sus antiguos dominios, de ahí su nombre (tomt significa “parcela de tierra”). Para aplacarles en “Jul” (Yule, el solsticio de invierno, equivalente a la Navidad) se les hacían ofrendas de comida y bebida. 


Con el paso del tiempo estos espíritus pasaron a ser considerados criaturas faéricas, elfos o duendecillos domésticos que recibían el nombre de Nissen, o Tomten. Custodiaban el granero, el establo y la casa. Eran invisibles para los adultos, pero no para los animales ni para los niños. Cuentan que tenían el tamaño de un niño de tres o cuatro años, pero su rostro era el de un anciano. Vestía toscas ropas de tono grisáceo y un gorro rojo. Si los dueños de la granja eran hacendosos les hacía el trabajo más fácil. Si por contra eran descuidados o perezosos hacía que la leche se agriara, el ganado enfermara, aparecieran goteras en el techo, se pudriera el grano o la paja o fueran frecuentes los accidentes domésticos. Tampoco les gustaba que se usara lenguaje soez dentro de la granja. Para tenerlo contento era costumbre  dejarle de cuando en cuando un tazón de avena con una cucharada generosa de manteca encima. Si el tazón estaba vacío por la mañana era un excelente augurio: El Tomten estaba satisfecho y había aceptado con agradecimiento el regalo. Se hizo tradicional dejar ese presente precisamente la noche de la festividad de Yule. El cuenco vacío por la mañana auguraba un año de prosperidad y felicidad.

Por otro lado estaba el “Julbock”, literalmente, “el macho cabrío de Yule”. Yule era una festividad muy importante entre los antiguos pueblos escandinavos.  En esos días (pues era una fiesta larga) se daba la bienvenida al nuevo año, celebrando el renacimiento del sol. Se comía y se bebía mucho, pues así se aseguraban de que el año nuevo fuera próspero. Y comida (en especial carne) no solía faltar: Los animales se metían en el establo en invierno (si la casa era muy pobre, compartiendo espacio con el resto de la familia) y almacenar grano y paja para todos era difícil, así que justo antes de Yule era tiempo de la matanza, para reducir al mínimo el número de animales a los que alimentar. Posiblemente formando parte del culto al dios pagano Thor (que viajaba por el cielo en un carro tirado por dos machos cabríos) era tradicional en Yule hacer una cabra (en realidad un cabrón) con la paja del último paquete de grano de la cosecha anual. Esa paja contenía el espíritu de la cosecha, que así reviviría junto con el sol para garantizar una cosecha nueva. Para ello tras las festividades el Julbock se deshacía esparciendo la paja por el suelo de la casa. Pensemos que la práctica de esparcir paja limpia en el suelo de la casa era una práctica habitual en un país donde la lluvia (o la nieve) formaban abundante barro, que evidentemente ensuciaba el calzado de la gente. Un suelo con paja evitaba estar todo el día barriendo tierra (o cosas peores)  
El Julbock entraba en la casa de manera mágica y misteriosa: Se oía un fuerte golpe en la puerta, cuando toda la familia estaba reunida a punto de festejar el Yule, y al abrir la puerta se encontraba la cabra de paja. Posteriormente junto con la cabra empezaron a encontrarse pequeños regalos. Dulces, chucherías, y cosas así, para los niños. No en vano en sueco “regalo de Navidad” se dice “julklapp”, que significa literalmente “golpe de Navidad”. Hoy en día los julbockar (cabras de Yule) siguen siendo muy populares en Suecia como adornos navideños. Las versiones modernas están atadas con cintas rojas y suelen colocarse debajo del árbol de Navidad. Y en las poblaciones se hacen muchas veces versiones muy grandes, que se suelen colocar en la plaza del ayuntamiento o en lugares céntricos. (A la manera de nuestros belenes municipales navideños).

En el siglo XIX, posiblemente por la influencia del vecino Sant Nikolaus, se unen ambas tradiciones en la figura del Jultomten (literalmente “el duende de Yule”). Originalmente era un hombre con una máscara de paja representando (más o menos)  una cabra que entraba en las casas repartiendo regalos “a los niños buenos”. A los niños malos, solo les daba un puñadito de arroz u otro cereal.

Pero quién realmente terminó de definir la figura del Jultomten moderno fue la ilustradora Jenny Nyström (1854 – 1946), famosa por sus postales navideñas.  Añadió elementos tipicos de Santa Claus a su Jultomten, convirtiéndolo en un adulto de tamaño normal, sonriente y amistoso, que llevaba una bolsa de regalos en la espalda y suele ir acompañado de una cabra y de elfos ayudantes.
A finales del siglo XIX este Jultomten había desbancado ya al cabrón de la Navidad (vamos, al Julbock) de los hogares suecos.

Por cierto, una tradición del Jultomten muy divertida para los niños es esconder chucherías y dulces por toda la casa, y animar a los más pequeños a ir en su busca. Puede ser una excelente manera de animar una velada navideña con la familia.

Y felices fiestas, y todo eso...


lunes, 23 de diciembre de 2019

Befana, la bruja de la Navidad





¡Jolines otra vez Navidad!
Bueno, me consuela que esta vez me he encontrado con un personaje al que (al menos en una de sus versiones) estas fiestas le gustan tan poco como a mi…

La Befana (nombre completo, Strega Befana, es decir, “Bruja Befana”) es el equivalente italiano al Papá Noel o a los Reyes Magos: el ser mágico que en la noche del 5 al 6 de enero entra en las casas y deja regalos y dulces para los niños que se han portado bien. Su aspecto es bastante chocante, ya que no se trata de un barrigón rijoso vestido de rojo, ni de elegantes señores venidos de oriente, sino de una bruja en el sentido mas clásico del término: Viste de negro, lleva un gorro cónico, es vieja, tiene verrugas en la nariz y viaja en escoba. Sus ropas están ajadas y muchas veces manchadas de hollín, pues suele entrar en las casas bajando por las chimeneas. Y, en contra de lo que podamos pensar de las brujas (como seres rencorosos y amargados) se la representa normalmente sonriente y alegre, aunque (sobretodo hace un par de generaciones) se contaba que tenía una faceta macabra: No le gustaba que la vieran, así que si algún niño la espiaba, le golpeaba con su escoba, no le dejaba ningún regalo y se iba para no volver nunca jamás. Y si los niños habían sido muy muy malos… Pues a la manera del Krampus alemán, se los comía.
Por contra, si se le dejan los zapatos para que los use esa noche (pues los suyos están siempre rotos) deja más regalos. La Befana también agradece que le dejen un vaso de vino y una fruta (una naranja o una mandarina) para coger fuerzas. En tiempos pasados se decía que si se le daba tal ofrenda la Befana purificaba la casa de cara al año entrante, limpiando con su escoba las tristezas y errores pasados..

Leyendas sobre el origen de la Befana y por qué realiza su trabajo hay tres:

La más dulce cuenta que los Reyes Magos, de camino a Belén, se perdieron por culpa de una espesa niebla, que les impedía ver la estrella que les guiaba. Solo una anciana que vivía sola, a la que los niños temían y tenían por bruja, supo indicarles el camino hasta Belén, y los Reyes la animaron a acompañarles a visitar al Niño. Jesús se dio cuenta de su soledad y de su dolor por darle miedo a los niños (ya que ella nunca había tenido hijos), y le dijo que a partir de entonces sería la abuela de todos los niños, y que estos la querrían siempre.

Otra, algo más neutra (y la más conocida) dice que la Befana indicó el camino a los Reyes, cierto, pero no quiso acompañarles, por pereza. Luego se arrepintió, reunió dulces y fue tras ellos… pero ya no los encontró, ni al Niño tampoco. Para que los dulces no se desaprovecharan los empezóa regalar a los niños que encontraba, y le gustó tanto que lo sigue repitiendo cada año.

Finalmente, una tradición bastante antigua y macabra (y la que a mí, personalmente, más me gusta) dice que la Befana fue la única persona en todo Belén que se negó a honrar al Niño llevándole obsequios. Por ello fue castigada a tener que regalar dulces y juguetes a los niños del mundo, hasta que encuentre al Niño Jesús y sea así perdonada. La Befana lo hace a disgusto, pues lo ve como una maldición (por eso se come a los niños malos).

Sobre el origen de la tradición, está documentada ya en el siglo XIII, aunque historiadores y folcloristas señalan que su origen puede ser mucho más antiguo: En concreto, al siglo III a.C. cuando los romanos inician la adoración de la diosa Strenia (de donde deriva nuestra palabra actual “estreno”, por cierto).  Esta diosa menor estaba vinculada al inicio del año, y en su nombre se intercambiaban regalos, para tener algo nuevo con lo que empezar el año igualmente nuevo. Con la llegada del cristianismo la Iglesia adaptó esta costumbre haciéndola suya, al igual que hizo con muchas otras fiestas paganas.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Los no siempre amables elfos de la Navidad




            Sí, hablamos de esos duendecillos vestidos de verde o de rojo, que viven con Papa Noel en el Polo Norte y que se dedican a hacer juguetes para los niños... Como ya saben que servidor es más fan del Grinch que de Santa Claus, buceemos un poco sobre sus orígenes:

            Los mitos nórdicos originales representaban a los elfos (o duendes) como seres altos, hermosos y con grandes poderes. Se dividen en dos grupos: Los elfos luminosos ((Ijósalfar) y los elfos oscuros (Svartalfar), que viven bajo tierra. Tanto unos como otros tienen una relación ambigua con los hombres: juegan con ellos, y si bien es cierto que a veces favorecen a algún afortunado, lo normal es que un encuentro con estos seres termine en tragedia, tanto para el interesado como para sus vecinos y familiares.

            Entonces... ¿de dónde sale la imagen de los duendecillos bajitos y tal? De los "Nidavellir" (los nivelungos famosos de la saga de Sigfrido), llamados también, según las circunstancias, enanos, gnomos, kobolds, trolls... Son pálidos y cadavéricos, de pelo negro y estatura como mucho humana (muchas veces inferior). Viven bajo tierra, como los elfos oscuros. Pero a diferencia de estos, que están encantados de sí mismos, los nidavellir son inteligentes y laboriosos, excelentes mineros, forjadores, herreros y artesanos, capaces de crear los más maravillosos objetos, que los humanos, con razón, consideran mágicos. 
            Si hemos de citar una culpable sobre la imagen de los elfos de la navidad podríamos citar a Louisa May Alcott, la autora de "Mujercitas" que ya en 1850 (otros dicen que en 1856, pero poco importa) escribió una novela de corte infantil llamada "Duendes de la Navidad", en la que describe unos ayudantes de Santa Claus tal y cómo los conocemos. La novela, bastante mala, y nunca publicada en vida de la autora, por cierto... A su vez, la señora Alcott fue seguramente influenciada por la revista Godey's Lady's Book (Libro para damas de Godey), también conocida como Godey's Magazine and Lady's Book. Esta revista femenina se publicó en Filadelfia entre 1830 y 1878, llegando a distribuir la increíble cifra (para la época) de 150.000 ejemplares. En su especial Navidad de 1873, vemos en portada un Santa Claus en su taller rodeado de juguetes... y de duendes que lo ayudan.
            ¿Se limitan los duendes a fabricar juguetes? No, por supuesto. En el mundo anglosajón (Reino Unido, Canadá, Estados Unidos) se les considera encargados de cuidar de los renos de Santa Claus y, en algunas tradiciones muy interesantes, en espiar a los niños para ver si son buenos o malos a lo largo del año.
            En Escandinavia (Noruega, Suecia y Dinamarca) y sobre todo en su área de influencia cultural (Finlandia, Islandia) las tradiciones son más antiguas... y un poco más siniestras.
            El Santa Claus finés se llama Joulupukki, y sus ayudantes son los tonttu. Un tonttu es un tipo de haltija. Lo traducen como gnomo o elfo, pero sería más apropiado llamarlo "espíritu" ya que, literalmente, su nombre significa "ocupante". Hay muchos tipos de haltija: los que viven en las casas, con los hombres, los de los bosques, loa de las aguas de los lagos... y los de los cementerios. Tienen la facultad de poseer el cuerpo de los humanos, y así es como los tonttu espían a los niños: Cualquier adulto que observe a un niño puede, en realidad estar poseído, de manera temporal, por uno de estos espías de Santa Claus. la posesión puede ser pasiva (el tonttu se limita a observar) o activa, haciendo que el humano anfitrión hable o se comporte de manera diferente, para probar al niño...
            En Islandia la tradición es aún más inquietante: Cuenta la leyenda que de la unión del feo ogro  Leppaluoi y de la comilona troll Gryla nacieron trece hijos, los "Yule lad". Estos visitan por turno las moradas de los humanos las noches anteriores a la Navidad:
            El 12 de diciembre aparece Stekkjarstaur, que tiene dos patas de palo y mama de las ubres de ovejas y vacas
            El 13 de diciembre es el turno de Giljagaur, también gran amante de la leche, por lo que si alguna jarra o botella queda a la vista la robará.
            El 14 de diciembre viene de visita Stúfur, que se limita a devorar las sobras de comida que queden en cacerolas y cuencos
            El 15 viene Þvörusleikir, que chupetea las cucharas.
            El 16 Pottasleikir, que hace lo mismo, pero con las cacerolas
            El 17 Askasleikir, que lo que babosea son los tazones
            El 18 Huroaskellir, que no es glotón como sus hermanos pero sí bastante más gamberro: Le encanta despertar por la noche a los ocupantes de las casas en el más puro estilo poltergeist, haciendo que las puertas den portazos una y otra vez y haciendo chirriar las bisagras por muy engrasadas que estén.
            El 19 Skyrgámur, otro glotón al que le encanta el "skyr" (un tipo de yogurt)
            El 20 Bjúgnakrækir, al que le encantan la salchichas y que hará desaparecer todas las que estén a la vista.
            El 21 Gluggagægir, que es un mirón al que le encanta espiar por las ventanas. También es ladrón de juguetes y de cosas en general por las que se tenga aprecio.
            El 22 Gáttaþefur, ladrón de pasteles (bueno, en concreto ladrón y consumidor de una deliciosa especialidad islandesa llamada "laufabrauð", unas láminas de pan fritas en grasa y azucaradas.)
            El 23 Ketkrókur, que lo que hace desaparecer es la carne ahumada, que se lleva colgando de un gancho o garfio que siempre lleva consigo.
            El 24 llega el último, Kertasníkir, al que le gusta la oscuridad y odia la luz. Por eso sopla para apagar velas y candelabros.
            ¿Y el 25? El 25 llega su madre, la monstruosa Gryla, rapta a los niños que sus hijos le han dicho que no han sido buenos , se los lleva a su guarida, los mata, cocina y devora. Un niño que haya sido malo sólo se salvará si el día 25 se pone ropa nueva, pues entonces Gryla no le reconocerá, ya que no coincidirá con la descripción que le han dado sus hijos.
            El Tomten escandinavo, con su permiso,  me lo reservo para el año que viene, siguiendo mi tradición de post anual navideño ligeramente gruñón.
            Y buenas fiestas, empachos menores y no se gasten toda la paga de navidad (si es que la tienen) en compras antes de la primera quincena de enero.
            JO, JO, JO y todo eso.


lunes, 22 de diciembre de 2014

El Grinch, ladrón de la Navidad.



            Miren, lo confieso: soy fan del Grinch. Ya lo he dicho más de una vez. Así que qué mejor que estas "entrañables fechas" para hacer memoria del personaje y de su autor.

            Cuando hablamos del Grinch a casi todos les viene a la cabeza la película del año 2.000 interpretada por Jim Carrey y dirigida por Ron Howard. No es una mala versión (aunque para mi gusto el Grinch de Carrey es un pelin demasiado histriónico... pero bueno ¿algún personaje de este actor no lo es?)

            Pocos saben que el Grinch, originalmente, era un poema... O un cuento en verso, como prefieran. Vio la luz en 1957, en un libro infantil llamado "Cómo el Grinch robó la Navidad" Su autor era Theodor Geisel, que firmaba sus obras como "Dr. Seuss". Este autor de cuentos infantiles tenía un estilo muy especial. En aquellos tiempos en que a los niños no se les tenía por gilipollas (con perdón) gustaba de usar simbolismos e imágenes surrealistas. Sus cuentos encerraban moralejas cómo el deterioro del medio ambiente, la búsqueda de la identidad personal o, en el caso del Grinch, el verdadero espíritu de la Navidad, que no consiste en comilonas y regalos (eso es lo que roba el Grinch) sino en el espíritu de amor y paz entre semejantes celebrando así el Nacimiento de Cristo....
           
            Pero mejor les dejo el cuento, con la excelente traducción de Yanitzia Canetti, y decidan por sí mismos... Considérenlo mi regalo de Navidad:

Hace tiempo (y no es un chiste)
vivió un ser de mirada triste.

Villa Quién fue el lugar

donde el Grinch escogió morar.

Los felices “quienes” ahí vivían

y el Grinch con ellos reñía.

No se reía, siempre enojado,

le gustaba estar amargado.

La Navidad, sin explicación

odiaba de corazón.

Un diciembre muy helado

se sintió el más malvado

y a la bella Nochebuena
quiso quitarle lo buena.

Esa linda noche mágica

decidió volverla trágica.

“Nadie la disfrutará

y el pueblo entero llorará 

cuando vea mi travesura

que nadie espera sea tan dura.


Ash, cómo odio pensar

que mucho amor se van a dar

y todos juntos de las manos

se querrán como hermanos.

Mira, Santa barrigón,

me caes mal por cachetón

y estropear quiero tu plan

(ni creas que soy tu “fan”):

que nadie quiera a tus duendes

para ver si así aprendes
a
no ser tan buena gente

y querer tanto a la gente”.

En eso al Grinch se le ocurrió

una muy mala idea y sonrió.

“La Navidad debo evitar,

que no se pongan a cantar,
que los niños no hagan ruido 

y que caigan en olvido;

que no sean felices 

y se llenen de lombrices.


Ja, los quienes quieren fiestas
y yo seré su aguafiestas”.

De Santa Claus se disfrazó

y a su perro convirtió

en un reno narizón.

Con gran prisa entró a un hogar

y su plan puso a actuar.

Con el rostro deformado

y el corazón más malvado 

los dulces y los regalitos, 

la comida, el arbolito

todo junto lo robó

y en su bolsa lo escondió:

bicicletas y paletas,

muñecas y patinetas, 

el suave vino y el pavo...

lo robó y dijo “Bravo”.

En eso lo sorprendió

una niñita que vio

lo que hacía el malvado ladrón 

y con ternura dijo al bribón:

“Santa, no te lleves todo.

Quiero jugar y así no hay modo.
Por fa, querido Santita,

te prometo ser buenita,

pero no tomes mi bota

ni mucho menos mi pelota”.

El Grinch inventó una razón

y la niña de buen corazón 

le creyó a quien vio disfrazado

de Santa, el viejito adorado.

“Mira chiquita”, el malo mintió,

“de tu árbol la luz se fundió.

Me lo llevo a arreglarlo

y vendré a regresarlo”.

La niña contenta quedó

y el muy cruel a otra casa partió.

De esa también se robó

lo que en ella bonito encontró:

en toda la villa de “quienes”

hurtó los regalos y bienes

que a todos harían felices

y al faltarles, infelices.

Luego corrió a su casa sombría

a esperar que llegara el día.

“Navidad hoy por fin no tendrán

y reiré de cómo llorarán”.

Pero en eso un sonido oyó

que de veras su mente turbó.

Eran risas y cantos de gozo...

¡celebraban con gran alborozo!

El Grinch entendía muy poco

o todos estaban muy locos

o sin comer y sin regalar

podían igual festejar.

Así, Navidad no estaba en las tiendas

ni en las manos de Santa las riendas

de hacer que la gente del mundo

se diera cariño profundo.

El Grinch así lo entendió

y ser bueno por fin decidió;

regresó los juguetes con prisa

y en mil caras brotó una sonrisa.

Lo mejor es que con esa lección

al Grinch se le curó el corazón

y se puso a reír y a bailar

y aprendió desde entonces a amar.


Pues eso... Felices Fiestas... Pero no sean consumistas. No piensen que la Navidad son los regalos o las comilonas... Porque eso, el Grinch se lo puede llevar...