sábado, 30 de abril de 2016

Crónica macabra 5: Los exorcismos de Mossén Cinto Verdaguer



Mossén Cinto Verdaguer (en castellano: padre Jacinto Verdaguer) está considerado uno de los mejores (si no el mejor) poeta en lengua catalana, así como uno de los forjadores del catalán moderno. es conocido sobre todo por su poema épico "L´Atlántida", premio Extraordinario de los "Jocs Florals " de Barcelona de 1877. Pero hay una faceta del poeta que nos interesa más... Sus actividades como exorcista.

En 1886, con 41 años de edad, el poeta se hallaba inmerso en una profunda crisis de fe, que ni siquiera un viaje a Tierra Santa (algo no precisamente fácil ni barato por aquel entonces) logra remediar. Se siente egoísta y sobre todo vanidoso, muy alejado del ideal de

pobreza y humildad que él mismo predica. Por aquel entonces tiene el cargo de confesor y limosnero de la familia del banquero y empresario Antonio López, primer marqués de Comillas. Unos cinco años más tarde un pariente lejano suyo, el joven sacerdote  Juan Güell (no confundir con el mecenas de Gaudí, del mismo nombre) le presenta al también sacerdote Joaquín Piñol.

Piñol tenía por entonces unos cincuenta años, y tenía aspecto de asceta: delgado, vestido con una sotana raída y con ojos de loco. Y palabras, también: decía que era evidente para cualquiera que tuviera ojos para ver que el Diablo campaba a sus anchas por las calles de Barcelona, envenenando a los obreros con la "perversa ideología anarquista" Había sido discípulo del místico carmelita  Francisco Palau y Quer (beatificado por Juan Pablo II en 1988, poca broma). El carmelita creó la "Escuela de la Virtud", para enseñar catequesis correctamente, y practicó discretos exorcismos. Su discípulo no quiso ser menos, y para ello fundó una "Casa de Oración" en el 4º piso del número 7 de la calle Mirallers (el edificio aún existe, por cierto). Allí se rodeó de seguidores y aduladores, que de hecho vivían con él en el mismo piso (en lo que hoy llamaríamos el más puro estilo secta, si).

Al igual que su maestro, Piñol llevaba a cabo exorcismos. Y no tardó en involucrar en ellos a mossén Cinto. Se conservan informes de dichas ceremonias gracias a dos fuentes fiables: la del sacerdote Joan Güell y las notas que tomó el propio mossén Cinto (notas que fueron publicadas en 1995 por la editorial Barcino, por si tienen interés)

Mossén Cinto llegó a obsesionarse, y mucho, con las prácticas que realizaba en la "Casa de Oración" de Piñol. Tanto que una vez, en 1893, se las explicó con detalle a la señora marquesa, dejándola aterrorizada y enfureciendo al señor marqués, que por muy laureado sacerdote que fuera su confesor no dudó en echarlo de su casa, y denunciarlo al obispado por mala praxis.

Y es que el tema no es para bromas: Aunque el exorcismo es uno de los siete sacramentos que puede dar un sacerdote católico, en la práctica sólo pueden realizar el ritual canónico aquellos que han sido autorizados por el Papa para tal fin (en España, por si les interesa, durante muchos años hubo sólo 5, hasta que el anterior pontífice, Benedicto XVI, elevó la cifra a los 15 actuales). Así que el obispado se tomó muy a mal que se practicasen estos exorcismos a sus espaldas:  Suspensión cautelar del padre Piñol, "destierro" de mossén Cinto al santuario de La Gleba (a 8 km. de Vich, para que se me sitúen) y amonestación severa para el padre Güell, que nunca realizó ningún exorcismo.

Verdaguer volvió a Barcelona, ya liberado de su castigo, en 1895, pero había perdido el favor de los poderosos y tuvo que irse a vivir en una habitación alquilada de la casa de Deseada Martínez Guerrero, una viuda con tres hijos que dijo ser médium y lo involucró en sus sesiones espiritistas, que mossén Cinto explicaba diciendo que no podían ser otra cosa que almas en pena. Ante este nuevo escándalo el obispado trató de hacerle encerrar por demente, y al no conseguirlo, le retiró la potestad de celebrar misa y otros rituales católicos.
Murió, enfermo de tisis, en 1902, a los 57 años.

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