jueves, 28 de febrero de 2019

Vegetarianos y carnívoros en la Grecia Clásica



Hoy en día, a los nutricionistas se les llena mucho la boca con esto de la dieta mediterránea, que es la más equilibrada y tal y tal, y que la tríada mediterránea (aceite, pan y vino) es el sumun de la civilización, gasrtronómicamente hablando. Y bueno, no les quito yo razón (al contrario, se la doy, y mucho). Pero como nadie es profeta en su tierra, los inventores de esta dieta no sólo la despreciaban, sino que mantenían agrios debates sobre otras dos, y sobre cuál era la mejor.

Por un lado estaban los que rechazaban por completo el consumo de alimentos de origen animal: Vegetarianos eran muchos pitagóricos y neoplatónicos, y los seguidores de los misterios órficos. Para los primeros, matar seres vivos y sintientes, derramar su sangre, devorar su carne, son costumbres de un ser humano inferior, embrutecido, más cercano de esos animales de los que se alimenta que del ser más puro y espiritual en el que se podría convertir. Aristofonte (en el siglo IV antes de Cristo), describía los usos de los Pitagóricos y de cómo vivían sólo a base de pan y agua... Por cierto, también consideraban el sexo como algo sucio y bárbaro, Por lo que bien podemos decir que hacían gala de una absoluta abstinencia de la carne... en todos los sentidos. Los órficos tampoco comían carne... Pero porque creían en la transmigración de las almas. Comerse un pollo asado podía suponer asesinar antes de tiempo el espíritu del abuelo recién reencarnado, fastidiándole así el retorno a su condición humana...

En franca polémica con los vegetarianos estaban ¡los atletas! Tradicionalmente los que se entrenaban para los juegos Olimpicos (u otras competiciones físicas de menor importancia) seguían una dieta energética de higos secos, queso fresco y pan. Pero en el siglo V a. C. aparece un tal Ikkos de Tarento que vence en el pentatlon pulverizando records y, que al ser interrogado por su vitalidad y energía, dice que el secreto está en comer sólo carne... Su ejemplo cunde y apenas cien años más tarde tenemos el ejemplo del campeón de lucha Milos de Crotona, una especie de bestia parda que presumía de comerse diariamente (él solito) ocho kilos de carne acompañados de ocho kilos de pan, con ocho litros de vino (sin aguar) para ayudarlo a bajar todo... Dejando aparte a este animal, la mayoría de los atletas seguían una dieta cárnica, aunque no tan bestia y sí un poco más mística: comían carne de animales ágiles (por ejemplo, de cabra) si practicaban el salto, o de animales fuertes (como el buey) si querían hacerse con su fortaleza...

¿Y qué quieren que yo les diga? Que no soy ni juez ni parte implicada para mediar en el tema. Puedo decirles, eso sí, que el ser humano no sintetiza la vitamina B12. La conseguimos consumiéndola de los animales que sí la sintetizan. Su carencia provoca anemia, trastornos nerviosos y, a la larga, puede degenerar en comportamientos psicóticos. Los antiguos algo de proteína animal sí que tomaban, por muy vegetarianos que fueran, en forma de insectos o restos animales (por ejemplo heces, no me tuerzan el gesto) que estaban pegados a las pobres plantitas. Hoy en día, con fertilizantes químicos e insecticidas... Tomen complejos vitamínicos. Por favor.

¿Tenían razón entonces los carnívoros, sobre que su dieta era mejor? Pues, mire usted... Tampoco. Una dieta en exclusiva de carne roja aumenta la testosterona, que entre otras cosas aumenta el desarrollo muscular y óseo. Pero si no va acompañada de carbonohidratos, verduras y frutas provoca cetosis y exceso de ácido úrico, fastidiándonos el hígado y el riñón. Comer sólo carnes magras (como el pollo y el conejo) tampoco es una opción: Si sólo se consume eso se produce envenenamiento por proteínas, al cabo de siete días se empieza a tener diarreas y (si no se toma algo de grasa) uno puede llegar a morir por ello, que no deja de ser una manera bastante tonta de estirar la pata.

 Así que mejor quedarnos con una dieta equilibrada y comer un poco de todo. Sin excesos, como decía mi muy admirado Epicuro. Pero tampoco se me pasen, que hasta la moderación ha de usarse con moderación.



(De mi libro inédito "Tiempo para Comer". Cinco años ya en el cajón sin editor)

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