viernes, 1 de noviembre de 2019

Minorías malditas de España 8. Soliños


Sucedió hace casi veinte años, cuando estaba recopilando información para mi suplemento sobre Galicia, “Fogar de Breogán”. Estaba charlando con una mujer (del Morrazo, por cierto) con cierta fama de sabia y entre risas terminé preguntándole si es que era una meiga. “Non”, me contestó repentinamente seria y orgullosa. “Eu son soliña”

Muchos antropólogos no consideran a los Soliños una etnia marginal, ya que se trata de los descendientes de una mujer cuya historia se ha teñido de leyenda, y no es mote infamante, sino apellido que  llevan con orgullo. De todos modos, aunque solo sea para honrar su recuerdo, la historia de María Soliño merece ser narrada.

Al despuntar el siglo XVII Cangas de Morrazo era una población pesquera que gozaba de cierta prosperidad: A su puerto llegaban gran cantidad de pescado (especialmente congrio y merluza) que se vendía, sobre todo en salazón, a otras provincias de España e incluso al extranjero. Todo ello terminó bruscamente el 9 de diciembre de 1617, cuando una escuadra de piratas “turcos” llegó a la ría de Vigo. Según los datos del Memorial del Procurador Gerónimo Núñez, cronista de los hechos, dos mil piratas desembarcaron entre punta de Rodeira y punta Balea (posiblemente ni fueron tantos, ni venían de Turquía, sino de la Bereberia, pero en fin, así lo escribió). Siempre según el memorial, Cangas fue saqueada y arrasada, con unas 150 casas incendiadas. Las víctimas se contabilizaron en más de un centenar de muertos, sin contar las violaciones y los que fueron capturados para ser vendidos como esclavos. Los demás lograron escapar a los montes cercanos. Cangas de Morrazo tardaría casi dos siglos en recuperarse, hasta finales del siglo XVIII o principios del XIX. Eso supuso que la pequeña nobleza (y la Iglesia) vieran reducidos sus ingresos en concepto de diezmos y rentas. También que muchos de los supervivientes “perdiesen la razón”, según el memorial del procurador. Posiblemente, por estrés postraumático. Ambos hechos se conjugarían de la manera más perversa imaginable.

Una de las supervivientes afectadas fue María Soliño. Perdió a su hermano, Antonio Soliño, y a su marido, Pedro Barba, ambos asesinados por los piratas. Se dice que solía dar largos paseos por la playa, ya fuera de día o de noche “para ver si el mar devolvía algún cuerpo de ahogado al que dar cristiana sepultura”. Y esa costumbre fue su desgracia. O al menos, la excusa para la misma. Pues María Soliño era una mujer rica. Había heredado de su marido, además de su casa de dos plantas en el centro de la población y una empresa de pesca, salazón y exportación de pescado, varias fincas y, lo más importante,  “derechos de presentación” en la Colegiata de Cangas de Morrazo y en la Iglesia de San Cibrán de Aldán. Esos “derechos de presentación” suponían en la práctica unas rentas que la Iglesia tenía que pagar de por vida a los herederos del fundador de un edificio religioso, y que procedían del diezmo recaudado por dicho edificio. Unas rentas muy jugosas que la Iglesia deseaba recuperar. Era imposible hacerlo del adinerado Pedro Barba, pero su viuda, María Soliño, no tenía ahora quien la defendiese, había perdido el negocio familiar y sus fincas, hoy por hoy, no valían nada.

La Inquisición llegó a Cangas en 1619 y detuvo a buen número de esas “locas” que no se habían recuperado de los hechos de 1617, acusándolas de brujería. Un buen número de ellas eran enajenadas, pobres de solemnidad. Otras, como María Soliño, eran viudas desamparadas con un buen pasar económico. María, nacida en el mismo Cangas en 1551, fue detenida en 1621, cuando tenía 70 años. Como las otras, fue interrogada (delicado eufemismo para señalar que la torturaron) y, como las otras, confesó lo que quisieron: Que era bruja desde los cincuenta años, que había copulado con Satán, que procedía de una estirpe de brujas nacidas de la unión entre una meiga hija del diablo y de un pirata normando siete siglos atrás. Lo que nunca lograron que confesara es que había negado a Dios Nuestro Señor. El 23 de enero de 1622 fue condenada a que le fueran confiscados todos sus bienes y rentas (que era lo que se pretendía desde el principio) y llevara el Sanbenito (hábito penitencial infamante) durante seis meses. No existe constancia de la fecha de su defunción ni de dónde está enterrada. Se especula que murió antes de cumplir los seis meses de penitencia, y por no haber quedado en “gracia” con el Altísimo se le negó sepultura en tierra sagrada.

No fue la única, por supuesto. Entre 1619 y 1628 fueron encausadas por el santo Oficio otras ocho mujeres acusadas de brujería:  Entre ellas,  Elvira Martínez, condenada al escarnio público al confesar ser bruja y consorte de Satán. O la “meiga de Darbo”, cuyo único delito fue que le sangrara la nariz sin razón aparente y le hicieran confesar que era porque los muertos se comunicaban con ella. O Catalina de la Iglesia, que confesó haber asesinado a cinco niños y niñas de pecho. De las encausadas Teresa Pérez y María dos Santos solo sabemos su nombre. Y de las tres últimas, ni cómo se llamaban ni siquiera su supuesto crimen. No debería extrañarnos si recordamos que poco antes (noviembre de 1610) se produjo el célebre auto de fe de las brujas de Zugarramurdi.

La anciana María Soliño desapareció, pero “María Soliña” vive. La leyenda dice que su fantasma aún recorre las playas de Cangas del Morrazo, en especial cerca de Coiro. Sus descendientes reivindicaron su apellido y aún hoy lo lucen con orgullo. Fue y es protagonista de poemas, canciones e incluso novelas. Hoy en día, incluso un IES de Cangas lleva su nombre.

No, no acabaron con la Soliña. Y no está sola.

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