lunes, 2 de diciembre de 2019

Minorías malditas de España 9. (y último) Los Vaqueiros de Alzada






Brañeros, “Baqueros” (sí, con “B”) y sobre todo Vaqueiros es el nombre con el que se conoce un grupo étnico, situado entre la parte occidental de Asturias y el norte de León, dedicado a la cría del ganado vacuno. Aunque aparecen citados en documentos a partir del siglo XVI, es  Gaspar Melchor de Jovellanos el primero que hace una descripción extensa de estas gentes, en una carta fechada en 1793 a su amigo  Antonio Ponz. Sus costumbres y modo de vida les hicieron especialmente odiosos a los ojos de sus vecinos, en especial durante los siglos XVII y XVIII (y buena parte del XIX). Sus brañas (aldeas vaqueiras) se encontraban en los concejos de Tineo, Salas, Valdés, Belmonte, Navia, Cudillero, Villayón y Somiedo. Los apellidos vaqueiros más conocidos son Ardura, Acebedo, Acero, Antón, Arnaldo, Barreiro, Berdasco, Boto, Calzón, Cano, Blasón, Freije, Gayo, Gancedo, Parrondo Riesgo, Rubio, Redruello, Mayo, Sirgo, Gavilán, Parrondo, Pico y Verdasco. Y sobre todo Feito, y Garrido, quizá las dos familias más grandes y poderosas entre los vaqueiros. Así lo dice la copla popular “Antes que Dios fuera Dios y el sol diese nestos riscos, ya los Feitos era Feitos y los Garridos, Garridos”. Estos apellidos eran considerados infamantes tanto por los “marinuetos” (los asturianos que vivían en la zona litoral) como por los “xaldos” (que vivían en las montañas pero tenían vida sedentaria). Era creencia común que el que nacía Vaqueiro, moría Vaqueiro. Tampoco le dejaban ser otra cosa, ni los vaqueiros querían serlo. De todos modos, nunca hubo demasiados: El número de vaqueiros nunca sobrepasó el 4% de la población total asturiana, y muchas veces apenas llegó al 2%

Sobre su origen se han elaborado las más diversas teorías (y que al lector de esta serie de “minorías malditas” le sonarán familiares, pues fueron usadas para otros colectivos): Que eran originariamente esclavos romanos huidos; celtas renegados que se aliaron con los romanos; vikingos que quedaron aislados;  una rama escindida de los maragatos (esa era, en concreto, la teoría de Jovellanos); y especialmente moriscos derrotados de la revuelta de las Alpujarras de 1568-1571 y/o que se negaron a irse de la península con la expulsión de 1609-1613. Sea cual fuere la razón, eran “hijos de moros” que se habían escondido en los montes. Esa era la opinión más extendida en los siglos XVIII y XIX sobre el origen de los vaqueiros por parte de sus vecinos. En una época, y no es casualidad, en la que el sustantivo “moro” se usaba como insulto pues se consideraba sinónimo de hereje y cobarde. Incluso, en según qué contexto, define a un hombre embrutecido, más cercano de las bestias que de los hombres. Un infrahumano, en suma. Origen que los vaqueiros negaron siempre, y con mucha razón. Los antropólogos están de acuerdo, hoy en día, en que eran simplemente gentes de la tierra que decidieron vivir de manera diferente a la de sus vecinos.

Los vaqueiros entran en la historia escrita en 1523. Una serie de personas “llamadas baqueros” ponen queja por escrito de que el concejo de Valdés les quería obligar a pagar impuestos como si fueran vecinos establecidos allí, siendo así que no lo eran, sino extranjeros y viajeros de paso. Algo más tarde, en 1552, encontramos una queja por escrito de los vecinos del concejo de Somiedo, explicando al alcalde mayor los prejuicios que les ocasionaban los vaqueiros que iban a pasar el verano a aquellas tierras porque les comían las hierbas y luego se marchaban en septiembre sin ayudarles a después a pagar los tributos concejiles. Ya entrado el siglo XVII, Diego das Mariñas, señor de Campona, hace una petición formal al rey para que se castrase a todos los vaqueiros a fin de que no se extendiese la raza. Esta petición fue apoyada por algunos nobles asturianos, pero por suerte no fue tomada en serio.

La desconfianza, desprecio y marginación que sufrían los vaqueiros se debía en gran parte a su forma de vida. Aunque compartían un mismo territorio, los vaqueiros no reconocían ningún amo. Y lo cierto es que su forma de vida trashumante les permitió con éxito eludir las cargas fiscales durante siglos. Los vaqueiros no vivían en el pueblo, (por lo que no pagaban impuestos ni al municipio ni al señor feudal, y mucho menos diezmos a la iglesia), sino arriba en las montañas, en sus “brañas” (aldeas vaqueiras, luego ya entraré en detalle con ellas). Y eso, en invierno. En los meses más cálidos se trasladaban con todos sus enseres a prados más altos aún. Por ello ni iban a misa con regularidad ni sus hijos iban a la escuela. Cuando bajaban a las aldeas de los xaldos para comprar lo que no podían producir (herramientas y ropa, básicamente) o para vender sus excedentes (principalmente queso, a veces alguna vaca o ternero) lo hacían en grupo. La desconfianza imperaba entre los dos colectivos. Para los vaqueiros, xaldos y  marinuetos son unos presumidos, que se jactan de cosas que ni tienen ni pueden tener, y por ello son envidiosos y malos con sus vecinos. Por su parte, era creencia común entre xaldos y marinuetos que los vaqueiros eran gentes sucias, analfabetas, ariscos y rudos, esquivos y astutos, siempre dispuestos a engañar en sus tratos a los “honrados” sedentarios. Gentes malas e “inferiores”, en suma, a las que despreciar y de las que desconfiar. Se decía de los vaqueiros, a la hora de describirlos, que eran una mezcla de gallegos (por lo de recelosos, desconfiados e ignorantes) y catalanes (por lo de interesados y separatistas).

Xaldos y marinuetos, en complicidad con la Iglesia y la autoridad local, hacen sentir al vaqueiro que es un ser inferior de mil maneras diferentes: En las tabernas nunca les servirán el vino en vaso de cristal, sino en pote de cuerno. En los bailes de la romería (y de cualquier fiesta, suponiendo que los vaqueiros acudan a ella) se les hace bailar aparte y entre ellos, nunca con las mozas de la localidad (ni ningún xaldo se rebajaría a sacar a bailar una vaqueira, por supuesto). Los dichos ofensivos y rijosos relativos a los vaqueiros son moneda corriente. En las iglesias, los vaqueiros han de situarse al fondo, separados de los demás por una señal (normalmente una baranda o viga de madera, aunque la mayoría se retiraron en 1844 por Real Decreto aún queda una en  la iglesia de San Martín de Luiña, por si tienen curiosidad). En las procesiones no les dejaban llevar pendones, ni cruces o imágenes. No se les enterraba junto a “las gentes de bien”, sino en lugar aparte, para que estuvieran separados en muerte como lo estuvieron en vida. Incluso sacerdotes había que por no dejar, ni los dejaban entrar en la iglesia, dándoles la comunión en la puerta del templo. Quizá por ello los vaqueiros no pisaban la iglesia si no era para una boda, bautizo o comunión (por dificultad para salvar las distancias, decían ellos con cierta razón, por ser unos paganos, decían sus vecinos).

Lo cierto es que los vaqueiros no tenían demasiadas habilidades sociales, ni siquiera entre ellos. Era difícil que miembros de dos brañas distintas se reunieran, por lo que lo habitual era que los matrimonios se concertaran entre miembros de la misma braña, la mayoría de las veces con vínculos de sangre entre ellos, lo que provocaba una endogamia cada vez más acentuada. Como describió con mucho acierto el escritor, dibujante y viajero británico Ricard Ford en 1844 (A Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home, traducido como “Manual para viajeros por España y lectores en casa”); "Cada pequeño clan se mantiene solitario y altivo, esquivando y despreciando a su vecino: se protegen contra la humanidad como protegen a sus rebaños del lobo; nunca se casan fuera de su propia tribu."

Ford dio en el clavo al calificar la braña como tribu, pues pocas estructuras hay en España más tribales que una braña vaqueira. La definición fácil de braña sería “aldea de vaqueiros”, pero en realidad era mucho más que eso. Dicen los cultos que su nombre deriva del latín “brannam” (lugar alto y empinado), y quizá tengan razón.  Otros dicen que deriva del bable “branu” (verano)… y al igual tengan razón ellos. En esto, ni quito ni pongo rey.
Una braña era un pequeño poblado en el que vivía una familia extensa: el patriarca y sus hermanos, esposas, hijos, nietos, sobrinos, primos… En ocasiones fueron bastante grandes, pero el número de edificios nunca superó el medio centenar. Estaba situada en un prado, en algún lugar alto y agreste, con gran desnivel. Los vaqueiros aprovechaban los terrenos circundantes llanos como pastos para el ganado y para mantener pequeños huertos. No circulaba dinero en las brañas. No había pagos por el trabajo. Todo era colectivo, y los miembros de la braña, relacionados por estrechos lazos de parentesco, se ayudaban unos a otros. Algunos escritores románticos vieron en las brañas la evolución de los castros de aquellos astures que se enfrentaron a Roma… y si no es cierto, bien pudiera serlo.
Las familias vaqueiras tenían dos brañas: la de invierno y la de verano, situada en una zona más alta, y se trasladaban de una a otra con todas sus posesiones según fuera el periodo de la  trashumancia. De ahí la coletilla “de alzada” con que los definió Jovellanos, pues “alzaban” sus moradas en la temporada cálida (desde inicios de mayo hasta finales de septiembre). Las brañas nunca se quedaban del todo vacías. Quedaba siempre en ellas un guardés conocido como el “vecinderu” que cuidaba de la braña fuera de la estación de uso.

La casa del vaqueiro (o más bien choza) estaba hecha con muros de piedra, sin cemento o argamasa. Unos simples agujeros hacían las veces de puertas y ventanas. El techo era habitualmente de paja. Al menos, así era el “teito”, la casa de la braña de verano. Las casas de las brañas de invierno solían ser un poco más confortables. Con todo, incluso las más elaboradas tenían estructuras muy sobrias, con ventanas pequeñas. La parte más importante de la casa vaqueira era la cuadra, el alojamiento de los animales… eso, cuando no compartían espacio físico con sus dueños.

A partir de los años 40 del siglo XX se produce la integración de los vaqueiros con el resto de la sociedad asturiana. Coincide, como no, con el fin de la explotación tradicional ganadera. Se abandonan los signos externos que identificaban a los vaqueiros, y se pone fin a  los prejuicios, y con ellos a la endogamia. También es cierto que muchos vaqueiros dejan de serlo, pues migran a la ciudad buscando mejores condiciones de vida. Hoy en día apenas nos queda el  Museo de los Vaqueiros de Alzada en la población de Naraval, y la romería llamada "La Vaqueirada", que se realiza el último domingo de julio en el Alto de Aristébano, limitrofe entre Luarca y Tineo. Se escenifica una boda vaqueira, con cantos y bailes regionales, y sobre todo se come, se bebe sidra (mucha) y se ríe uno mucho. Muy recomendable, la verdad...

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