
En el 209 a.C. Escipión el Africano tomó Cartago Nova (hoy Cartagena), considerada inexpugnable (cómo la tomó es otra historia, y quizá la contemos en otra ocasión). Entre el botín de guerra que capturó se encontraba “algo” que revolucionaría el arte de la guerra de los romanos y les haría sojuzgar a los pueblos vecinos: los maestros forjadores de las excelentes espadas hispanas. Los romanos habían aprendido en sus propias carnes la dolorosa lección de las falcatas, las espadas que portaban los mercenarios celtíberos de Anibal: Una espada de hierro de doble filo, de unos 50 cm. de largo por 7 de ancho, buena para lanzar tajos pero sobre todo para dar estocadas, ligera y por lo tanto rápida de usar. Ni que decir tiene que la nueva “tecnología” se incorpora a la máquina militar romana: Cinco años después de la conquista de Cartago Nova, en el 204, las tropas romanas que desembarcan en África para luchar en Zama y poner de rodillas a Cartago llevan, colgando del costado derecho, la espada hispánica (el “gladius hispanicus”)… y han sido entrenadas para usarlo correctamente. (Antes de que me busquen tres pies al gato nuestra espada actual recibe su nombre de la “Spatha”, más larga que el gladius, usada por las tropas de caballería).
Los romanos hicieron cambios en el modelo original de la falcata hispánica, para mejor adaptarlo a su terrible estilo de lucha: Los principales fueron que aumentaron la punta del arma (aumentando así el poder de penetración: un gladius atravesaba sin problemas una cota de mallas) y cambiando el hierro por acero (haciéndola más ligera y letal).
El gladius no era un arma para héroes, sino para soldados: estaba cuidadosamente diseñado para usarse en una situación muy concreta… y bien empleada era letal de necesidad. La legión romana marchaba en orden cerrado contra el enemigo (¿por qué les encantaría tanto el ataque frontal?) y llegado el momento les arrojaban las lanzas ligeras, los pilum. Este arma (casi mejor llamarlo jabalina) estaba diseñada para inutilizar el escudo del enemigo. La punta de hierro del arma estaba asegurada al asta de madera por dos clavijas: una de metal, otra de madera. Al hincarse en el escudo enemigo la de madera se rompía, haciendo que la clavija de metal se doblara hacia abajo por el mismo peso del arma. El desafortunado dueño del escudo no podía arrancar el pilum, ni seguir usando el escudo. Así que llegaba al cuerpo a cuerpo contra los romanos sólo con su arma ofensiva.
El legionario romano, mientras tanto, había ya desenvainado su gladius y se parapetaba detrás del scutum: de forma rectangular, ligeramente curvado, 75 cm. de ancho por 140 de alto, dos placas de madera contrachapada forradas de lona y cuero, con refuerzos metálicos en la parte superior, central e inferior. Adoptando una formación similar a la de las falanges griegas, los romanos unían escudo contra escudo, formando un muro impenetrable en el que se estrellaban los ataques enemigos. Su brazo derecho formaba un ángulo de 90 grados empuñando el gladius: Era ridículamente fácil (y seguro) correr un momento el scutum para lanzar una rapidísima cuchillada hacia adelante en el vientre del enemigo, o golpearle en la cara por encima del escudo, o en las piernas por debajo. Eso sin contar que se podía embestir con el scutum, para inmovilizar o aturdir al enemigo. En caso que se rompiera la formación, su doble filo permitía lanzar tajos y adoptar maniobras de combate más abiertas (Tito Livio describe que cercenaba con bastante facilidad brazos, piernas y cabezas, y si lo dice Tito Livio yo me lo creo), pero su función principal era en el combate cerrado. El gladius no era una espada medieval, compendio del honor y la caballerosidad: Era una herramienta de muerte. Y los romanos la usaron tan bien que, hasta la llegada de las armas de fuego, ningún otra arma mató a más hombres que ella.



