sábado, 27 de abril de 2013

(Breve) Historia de la Prostitución 4: Los siempre prácticos (y copuladores) romanos:




En Roma, la prostitución pierde definitivamente lo que le quedaba de sagrado (lo más parecido a las servidoras sagradas de los templos de Babilonia son, en Roma, las Vestales, que no eran demasiado lúbricas que digamos).
Y es que los romanos son un pueblo práctico, poco amigo de mezclar churras con merinas: Poco imaginativos y casi nada místicos, prefirieron imitar y/o adaptar amplios aspectos de la cultura griega a desarrollar los propios. Estaban muy ocupados conquistando el mundo para andarse con zarandajas. Eso sí, dotaron a los pueblos sometidos de un excelente corpus de leyes (que, por cierto, son la base de nuestro sistema jurídico actual). Supongo que conquistar se puede hacer en plan bestiajo, pero mantener lo conquistado y administrarlo... Pues eso es cosa de burócratas y legalistas. Y de esas dos cosas, los romanos lo eran más que nadie.
Y con esa manía de reglamentarlo todo, la prostitución no iba a ser pasada por alto, que a los romanos les gustaba la cama más que comer con los dedos.
A los romanos debemos, entre otras cosas el nombre de la que ejerce el oficio más antiguo: La puta. Originalmente, la palabreja significaba solamente poda (de árboles), y nombraba también a una diosa menor de la Naturaleza, consagrada precisamente a esa actividad. Eso que se hace por primavera, vamos. Aprovechando la circunstancia, las mujeres que querían quedarse embarazadas eran azotadas con las ramas recién cortadas. Para debilitarlas, ya que si no quedaban embarazadas sin duda era porque su naturaleza era más fuerte que la del varón...
Ejem...
Sin comentarios...
Con azotes o sin ellos (y sin entrar en si eran azotes rituales o palizas) la cosa es que aprovechaban la fiesta de la puta para montar unas divertidas fiestecillas de fertilidad. bacanales, vamos, en las que participaban alegremente las muchachas llamadas puttas. Y de ahí nos viene la palabreja, hoy en día soez pero de un pasado más que respetable.

Tipos de prostitutas, pues había muchos. Al igual que en Grecia, había esclavas que trabajaban para su amo, y mujeres libres que, por necesidad o porque les fuera la marcha, elegían ese oficio. Y como en Grecia, tenían muchos nombres, según su precio y dónde "ejercían".
Las más baratas eran las Cuadratarias, mujeres que se entregaban a los hombres por un cuadrante, una moneda de escaso valor. Para entendernos, era más barato tener sexo con ellas que tomarse un vaso de vino en un puesto callejero.
Las Copae eran las camareras de las Cauponas (más o menos como nuestros bares, ya hablé de ellos en el artículo sobre gastronomía romana).  Al parecer era una regla no escrita que si el cliente se encaprichaba de la que le servía el vino... Pues sólo era cuestión de negociar el precio que le iba a costar el revolcón con el encargado del establecimiento.  Toda caupona que se apreciara tenía unas pequeñas habitaciones reservadas para tal fin.
Luego estaban las Forariae, el equivalente a nuestras putas de carretera. Se ofrecían a los viajeros en los caminos rurales próximos a Roma.
Las Ambulatorae eran las putas callejeras, más conocidas como Nonariae, ya que no podían salir a ejercer su oficio antes de la hora novena (nuestras 15 h., para entendernos... La hora de la cena de las personas de bien, por cierto )
Mención aparte merecen las Bustuariae, que eran prostitutas que se ofrecían ¡en entierros y en cementerios! Una curiosa manera de dar consuelo a los apenados deudos del difunto...
Las más caras eran las Delicatae, prostitutas de lujo, bien educadas, las "scorts" de hoy en día. Los más poderosos eran los únicos que podían permitirse el pago por sus servicios, y muchas veces las contrataban más o menos en exclusiva, instalándolas en alguna residencia como mantenidas fijas. Decían ser Famosae, es decir, de buena familia, y que se dedicaban a esto del sexo por puro placer. Bueno, alguna había que sí iba de tal palo, pero la mayoría... En fin, qué les voy a contar...  
También había gigolós, por cierto: Spadonii (llamados así por el tamaño de su "espada" o miembro)
Aunque estaban bastante aceptadas socialmente, las prostitutas romanas tenían que llevar elementos que las diferenciaran de las mujeres decentes: Túnicas de color naranja azafrán o marrón rojizo (tonos que ninguna casta matrona llevaría) y pelucas amarillas (que uno barrunta si no será ese el origen de la tan extendida creencia que las rubias son más lascivas que las morenas). Nada de medias de rejilla ni enseñar el sostén de lencería, entre otras cosas porque la ropa interior aún no se había inventado: Si se tenía frío, hombres y mujeres se vendaban las piernas, que debajo de la túnica siempre se ha colado el fresco. ¿Y no había sujetador? Me dirán los curiosos. Hombres, pues no... y sí. No tenían sostén de copas como hoy lo conocemos, pero se arreglaban las tetas y disimulaban de paso los michelines con una faja de tejido fino que llamaban "fascia pectoralis" (y que era conocida por su nombre coloquial "mamillare", es decir, sujeta mamas). Más sofisticado era el strophium, un ceñidor de cuero suave con el que realzaban el busto caído...  Que el wonderbra ese puede que sea invento más o menos reciente, no digo que no, pero los antiguos no se chupaban el dedo. Y las antiguas, menos.  Por cierto, lencería fina no tenían, pero apuntaban maneras:  Las ricas y famosas usaban una redecilla de oro para sujetarse los pechos en las grandes ocasiones, y como la idea no era de esconder sino de enseñar, se pintaban los pezones y las aureolas con colores dorados, plateados o, a veces, hasta rojizos..    

Volviendo al tema, si uno quería irse de putas de verdad en Roma... pues se iba al prostíbulo.
En una sociedad en la que muy pocos sabían leer, uno sabía que estaba ante un antro de perversión, burdel o, como los romanos lo llamaban Lupanae (de donde viene nuestro "lupanar"). Pues eso, que uno reconocía el local en cuestión... por la representación del dios Príapo que estaba, esculpida o pintada, junto a la puerta. Un dios con unos atributos sexuales muy desarrollados y siempre en erección. Que ya dije que los romanos, de imaginativos, poco. Y de discretos... pues menos.  
Una vez en el local se negociaba con la encargada el precio del servicio. Ésta le entregaba una ficha de metal llamada "Spintria". En todo se asemejaba a una moneda, salvo que en lugar de la cara del César tenían esculpidas posturitas sexuales. Con esa moneda se pagaba a la prostituta, y así no se mancillaba la imagen del emperador.
Las posturas sexuales estaban pintadas en las paredes, a veces alguna ante la puerta de la habitación de la chica mostrando su "especialidad". Por su parte, las prostitutas disponibles se mostraban ante el cliente, que sólo tenía que señalar y decir: "Quiero que esa me haga eso". Y la muchacha, bien enseñada, se lo llevaba a su habitación.
Bueno, lo de "habitación"... En Pompeya se conserva admirablemente un burdel casi intacto (frescos lascivos incluidos) y el que esto suscribe encontró las celdas bastante deprimentes. Esas estancias recibían el nombre de Fornices" (y de ahí viene "fornicar") y eran cubículos sin ventilación. El lecho era de mortero, sobre el que se colocaba un colchón de paja o plumón (sí, ya lo sé, muy cómodo no sería, pero tampoco es que fueran a irse a dormir...). No había espacio para mucho más: Quizá una palangana para lavarse y un pequeño candil.

Y no, en Roma no estaba nada mal visto, esto de irse de putas... Lo que de verdad estaba mal visto, por mucho que nos asombre, era el adulterio (femenino, se entiende). Adulterio entre personas libres, claro, que "usar" para consolarse a un esclavo o esclava, pues como que no contaba... Los maridos celosos, como mucho, le ponían una argolla de las gordas en la punta del pene a los esclavos que la mujer se mirara demasiado, más que nada para evitar la tentación...

Próxima entrega: Prostitución en la Edad Media

sábado, 16 de marzo de 2013

(Breve) Historia de la Prostitución 3: La prostitución griega (o el invento del burdel)


Se puede decir que la prostitución, tal y como la conocemos, nace en la muy culta, filosófica y siempre respetable Grecia: Para empezar “prostitución” procede del griego “porne”, del verbo “pernemi” (vender). Es decir, favores sexuales a cambio de dinero. El intercambio de antes, de ahora y de siempre.

¿No había en Grecia prostitución ritualizada por la religión? Claro que sí. En Sicilia, Chipre, el Ponto, la Capadocia… El caso más famoso se daba en el templo de Afrodita de Corinto,  donde esclavas consagrada a la diosa se entregaba a cambio de dinero a la clientela (marineros sobre todo, por cierto), como una manera de honrar a la divinidad. Más de lo mismo que ya vimos antes. Por si les interesa el dato, el “aspecto” de la diosa al que estaban consagradas era la “Aprodites Pandemo” (Afrodita de todos), patrona de las prostitutas, por cierto… El templo de Corinto llegó a tener más de mil esclavas sirviendo al placer en sus mejores tiempos, esclavas que eran entregadas al templo a modo de donación por los fieles agradecidos (a la manera de exvotos de hoy en día). Ha llegado hasta nuestros días un canto festivo que nos habla de un campeón olímpico, un tal Jenofonte, que en el siglo V aC entregó a la diosa de Corinto cien esclavas jóvenes en agradecimiento por haber ganado la carrera a pie y el pentatlón.

Pero la mayoría de las prostitutas eran laicas, es decir, que aparearse con ellas no tenía nada de religioso. Podían prostituirse tanto mujeres como hombres jóvenes, siendo su clientela (que se sepa) sobre todo masculina (las mujeres, ya se sabe, siempre han sido mucho más discretas que sus maridos). Mientras que la prostitución femenina abarcó mujeres de todas las edades, en Grecia sólo los adolescentes eran considerados aptos para prostituirse. (En concreto, desde la pubertad hasta que empezaba a salirles barba). Algunos tenían clientela femenina, pero en su mayoría satisfacían los gustos homosexuales de sus clientes. Cosa que no estaba en absoluto mal vista. Fue célebre en su día Felón de Elis, un muchacho del que se encaprichó el mismísimo Sócrates… que se lo encontró nada menos que en un burdel… Llegó a ser uno de sus discípulos favoritos, y estuvo con él hasta su muerte.
Y hablando de prostitución homosexual, Platón y Luciano mencionan a un tipo de prostitutas, las “hetairístriai”, especializadas en satisfacer únicamente a mujeres.

No se me imaginen que ser prostituta (o prostituto) no era considerado algo degradante y vergonzoso: Se consideraba que era algo que realizaban los pobres por necesidad, esclavos y siempre, extranjeros. O no griegos, o griegos de otro sitio. Ninguna polei pasó por la vergüenza de albergar una prostituta oriunda de sus mismas calles. Si se hubiera dado el caso, posiblemente la hubieran lapidado.
Por ello se dan rasgos de diferenciación social con el colectivo: En Grecia las prostitutas visten de una manera diferente, para ser diferenciadas de las mujeres “honradas”. En el templo tienen un lugar reservado, aparte de los demás. En algunas polei hasta se las enterraba aparte. Además, quien ha ejercido la prostitución pierde sus derechos cívicos, y no puede ejercer cargo público alguno, lo que en sitios como Atenas era algo muy, muy grave.

Eso sí, estaban obligadas a pagar impuestos… (Ya dije que los griegos podían ser mojigatos, pero nunca fueron tontos). Irse con una prostituta no está mal visto, en cambio, tener sexo adúltero (con mujer libre soltera, no hablamos de las esclavas, que no son mujeres sino propiedades). Una moralina que se mantendrá hasta principios del siglo XX. Ya se sabe, las putas cargan con el pecado de su oficio, y también con el pecado del cliente, que para eso cobran…

Y era precisamente el pago por sus servicios lo que diferenciaba a las diversas prostitutas:

Las más baratas eran las pornai, esclavas propiedad de un pornoboskós o proxeneta (que se traduce como “pastor de prostitutas”). Originalmente eran esclavas de origen bárbaro, es decir, no griegas. Más tarde se incorporarían al “gremio” mujeres de origen helénico, pero siempre esclavas. Con éste tipo de “material” fue con el que el estadista Solón fundó en el siglo VI aC el primer burdel de la historia, en su ciudad, Atenas. Los beneficios obtenidos por el mismo sanearon las maltrechas arcas municipales, aunque Solón reservó una parte para construir un templo… evidentemente, consagrado a “Aprodites Pandemo”, que es de bien nacido ser agradecido, y todo eso… Los prostíbulos estaban situados sobre todo en la zona portuaria de las ciudades, (o en barrios alejados si la ciudad no era costera) ya que su clientela eran marineros, forasteros de paso y ciudadanos pobres. Se cobraba por un servicio el equivalente a medio jornal diario de un trabajador no cualificado: Un óbolo (la sexta parte de un dracma). En los prostíbulos, por cierto, no estaba permitido que la mercancía animara al cliente a que usara el producto: Toda iniciativa tenía que venir del pagador, nunca de la prostituta. (Supongo que para que no hubiera malos entendidos)

En las calles estaban las khamaítypos (“la que golpea la tierra”, ya que aliviaban al cliente en cualquier callejón o en el mismo suelo). Menos despectivo era llamarlas “prostitutas libres” ya que lo eran, pues eran mujeres no esclavas, es decir, sin proxeneta que las chuleara. Se maquillaban la tez muy blanca con albayalde y se colorean los labios y las mejillas con zumo de mora. Han de estar censadas y pagar impuestos, por cierto… Su precio es variable, pero superior a las pornai: Suele rondar los cuatro o cinco dracmas.
Dentro de la clase de prostitutas no esclavas pueden englobarse también las auletrides (bailarinas y músicos), que dentro del precio del entretenimiento para los banquetes masculinos incluyen tanto sus habilidades musicales como amatorias. Muchachas vírgenes muy hermosas podían prostituirse una única vez en su vida para vender su virginidad: El precio de tal privilegio solía ser de 1 mina (100 dracmas)

En la cúspide social de las prostitutas griegas se encuentran las heteras, cortesanas de lujo comparables, en cierta medida, con las geishas japonesas: Gozan de una educación avanzada y son capaces de dialogar en términos de igualdad con los hombres, tener bienes propios y administrarlos ellas mismas. Cosas impensables para cualquier otro tipo de mujer en la Grecia clásica (bueno, excepto las espartanas y las lésbicas, pero esas, son de comer aparte). Las Heteras o hetairas (cuyo nombre ya lo dice todo, pues se traduce por “compañía”) cobraban cifras exorbitantes que sólo la más selecta compañía podía pagar: Según Aulo Gelio, el precio podía llegar a los 10.000 dracmas por una sola noche.
Hubo cortesanas famosas y muy respetadas: Las más conocidas son Aspasia, que fue amante del célebre Pericles; y Teódota, que aparece en un diálogo de Platón dándole la réplica al mismísimo Sócrates.

Sólo Esparta, de entre todas las polei de Grecia, se enorgullecía de no tener ninguna prostituta dentro de sus fronteras. Sus envidiosos vecinos decían que era lógico, teniendo en cuenta que los espartanos preferían la compañía de un compañero de armas a la de una mujer, ya fuera propia o ajena, gratis o de pago.  

Próxima entrega: La práctica y reglamentada prostitución en Roma.


domingo, 3 de marzo de 2013

(Breve) Historia de la Prostitución 2: La prostitución sagrada de Babilonia



La primera noticia que tenemos de ella procede de Herodoto, en el siglo V A.C… Pero ya se sabe que era un crédulo y le tomaban el pelo cada dos por tres. Y un poco mojigato, además…

Sea como fuere, y tal y cómo nos lo cuenta él mismo en su en su “Historia”, Libro I, cap. 99: (según la edición de la editorial Gredos de finales de los 80, que es la que tengo más a mano)
"La costumbre más infame que hay entre los babilonios es la de que toda mujer natural del país se prostituya una vez en la vida con algún forastero, estando sentada en el templo de Venus. (...) van pasando los forasteros y escogen la que les agrada. Después que una mujer se ha sentado allí no vuelve a su casa hasta tanto que alguno le eche dinero en el regazo, y sacándola del templo satisfaga el objeto de su venida. Al echarla el dinero debe decirla: 'Invoco en favor tuyo a la diosa Militta', que este es el nombre que dan a Venus los asirios”.
 
Y claro, se nos escandalizó…
A nosotros, a estas alturas, no debería, que no deja de ser una evolución lógica de los ritos de fertilidad que, como ya vimos antes, eran moneda corriente en el mediterráneo oriental (y en las ciudades de Fenicia en concreto)

Y luego Herodoto confunde churras con merinas y añade que en los templos moran sacerdotisas al servicio de la diosa, que realizan actos de fornicación en honor de ella, ¡y    cobrando por ello! (dinerito que va a parar a las arcas del templo, por cierto). Y añade el muy meapilas que son muy decentes a su manera, que hacen el coito normalito, sin desviaciones ni guarradas, y que cuando salen del templo a airearse son muy respetadas y gozan de mucho prestigio tanto entre las clases altas como las bajas...

Y ya tenemos montado el mito de la prostitución sagrada.

Y luego tuvieron que venir Jeremy  Black y ,Anthony Green, con su excelente  Gods, Demons and Symbols of Ancient Mesopotamia” (Texas Press 1992) para enmendarle la plana al pobre Herodoto... con solo 2500 años de retraso. Nadie es perfecto.

Pues al parecer todo se debe a un error de traducción:

Las mal llamadas “prostitutas” recibían el nombre de  amtu” (sierva) o de “naditu” (literalmente, “sin cultivar” en lengua acadia). Eran mujeres consagradas al servicio de la divinidad (es decir, sacerdotisas). Las primeras solían residir en las dependencias del templo, las segundas podían casarse, pero con condiciones: No podían darle hijos a su marido. Éste, o recurría a los servicios de una concubina, o usaba el método anticonceptivo favorito de estas tierras: El coito anal.

¿Y cómo es que estas sacerdotisas, antecesoras con algunas variables de las vírgenes vestales y nuestras monjitas de hoy en día, acabaron siendo consideradas putas? Pues el malentendido se debe a una práctica reliiosa bastante divertida que realizaban las naditu: La  “hierós gámos” ("boda sagrada"): En la fiesta del Año Nuevo, el rey sumerio, representando al dios Dumuzi, mantenía relaciones sexuales (algunos dicen que escenificaba, supongo que dependería de la potencia viril del rey, de lo joven y guapa que fuera la moza  y del humor con el que andara ese día) con una sacerdotisa (naditu) que representaba a la diosa lunar Inanna (Ishtar), simbolizando el enlace divino que permitiría la resurrección anual de la vida y la primavera. Nada muy diferente a los ritos de fertilidad que vimos en la entrada anterior. La ceremonia se hacía la parte más sagrada del templo, por las representaciones que nos han llegado a nuestros días, y  posiblemente encima del altar (eso sí que eran misas divertidas). Recomiendo que le echen una ojeada a los bajorrelieves del templo de Assur, si tienen curiosidad...

¿No hubo prostitutas en Babilonia? Pues claro que las hubo. Para aburrir.

Para empezar (y supongo que esto ayudaría al pobre Herodoto a confundirse): Una familia que tuviera deudas podía saldarlas entregando a una de sus hijas al servicio del templo. A esta práctica se la llamaba Tidennutu (literalmente, "esclavitud por deudas") Estas mujeres ejercían de prostitutas, en beneficio del templo, que ejercía de proxeneta. Pero no está probado que ejercieran en el templo mismo, y aunque gozaban de la protección del clero (es decir, de los dioses), mal se las puede llamar “sagradas”´. Oigan, que no lo digo yo, que es la tesis de Gernot Wilhelm, que es un tipo serio...

¿Y prostitutas sin vinculación con los templos? Pues las hubo, claro. Ofrecían sus servicios en la calle, con el rostro descubierto (lo que escandalizó a los pacatos de los hebreos, que ya vimos que sus prostitutas iban con el rostro tapado). Recibían el nombre de “harimtu”, y ejercían su oficio en unos barrios concretos (curioso antecedente de los “barrios rojos” que tan modernos nos parecen en algunas ciudades de hoy en día):

No te cases con una “harimtu”, cuyos maridos son muchos (…) En la desgracia, ella no te ayudará. En la adversidad,  se burlará de ti. Pues ella ignora el respeto y la sumisión“  (proverbio sumerio extraído de “Babylonian Wisdow literature”, de Wilfred. G. Lambert, disculpen la mala traducción, que es mía)

Próxima entrega: La prostitución griega o el invento del burdel.


martes, 11 de diciembre de 2012

(Breve) Historia de la Prostitución: 1. Los orígenes de la prostitución




Dicen que es el oficio más antiguo del mundo… Y posiblemente lo sea, si es que nuestras antepasadas se comportaban como nuestros primos los primates. Se ha observado que las hembras de los bonobos acceden con mayor frecuencia a tener relaciones sexuales con los machos que les traen comida. Ya saben, “por el interés te quiero, Andrés” y todo eso… Y como hablamos de interés, vamos a definir prostitución como intercambio de sexo por favores, bienes, y/o dinero. Y esto, que nos parece una verdad de Perogrullo, en el pasado no lo fue tanto, ni se entendió así.

Con la revolución neolítica se asoció la fertilidad de los campos a la de la mujer, por aquello de que daban fruto y todo eso. Así que se organizaban rituales de fertilidad bastante más divertidos que las ceremoniosas misas actuales (y es que así, daba gusto ser creyente, oiga). El acto sexual, a menudo realizado en el templo en honor de la diosa-madre correspondiente, (Tania, Isthar, Asrarté, Afrodita, Anaítis, póngase el nombre que corresponda, que para lo que nos importa es lo mismo) proporcionaba a la vez fertilidad a las mujeres y a la tierra, es decir, que otorgaba prosperidad a la ciudad. En Babilonia, la ciudad griega de Corinto y la tierra de Canaán esas prácticas derivaron en la llamada “prostitución sagrada”. Las siervas del templo (mal llamadas prostitutas, ya hablaremos de eso) se entregaban a los sacerdotes (que tontos no eran) y, por dinero (donativos para el templo, decían) a quien las requiriera. No por lujuria, sino por religiosidad (ejem)

Una variante de ese ritual se daba en las ciudades de Fenicia: En las ceremonias en honor de las divinidades de la fertilidad (Anat y su consorte Aleyin, Inanna y Tammuz,  Afrodita y Adonis, los nombres varían en cada ciudad pero el ritual no) las mujeres tenían que golpearse el cuerpo y cortarse la cabellera, para ofrecérsela luego en sacrificio a los dioses. Las que querían conservar su cabellera… Pues tenían que “sacrificarse” de otra manera. Salían entonces del templo y se dirigían a un mercado especial, donde se entregaban a los extranjeros, a los que no eran de la ciudad. Su recaudación se entregaba como ofrenda al templo. Este rito marca un punto de inflexión: El comercio sexual reglamentado, a cambio de dinero, (y tal y como lo conocemos hoy en día) abandona así los templos, y se convierte simplemente en un negocio.

… Lo que va muy bien a las sociedades que consideran ofensivo practicar sexo bajo el techo del templo, aunque sea para honrar a los dioses. Tal es el caso de los pacatos Hebreos, redactores de la Biblia y vecinos de las gentes de Canaán…  “Abominaciones cananitas” llama a tales prácticas el libro del Deuteronomio. Pero claro, si el comercio carnal no se hace en el templo, en algún sitio se tendrá que hacer… La misma Biblia, en el Génesis, describe cómo se practicaba la prostitución en la antigua sociedad judía: La prostituta se coloca al lado de la carretera, fuera de la ciudad, y se ofrece a los viajeros. Se cubre la cara, lo que la marca como prostituta, para diferenciarla de las mujeres honestas, que van con el rostro descubierto (y posiblemente para garantizarle un poco de anonimato). Es curioso cómo dan la vuelta la tortilla del destino, que ahora hay sociedades en los que la mujer, para ser honesta, ha de ir con el rostro y el cuerpo cubiertos… Bueno, dejémoslo, que pierdo el hilo.

Los egipcios tampoco practicaban la prostitución sagrada al uso, aunque en la época pre-dinástica (entre el -4.500 y el -3000, para entendernos) se realizaban rituales orgiásticos en honor a la Diosa-Madre, en el que las sacerdotisas se estimulaban el “fervor religioso” con objetos rituales que, casualmente, tenían formas fálicas. Además de ejercer como consolador ceremonial, estos objetos se colgaban del cuello a modo de talismanes… Discretas, ellas.
De estos rituales derivaron las llamadas “palácidas” mujeres muy hermosas, reclutadas entre la elite de la aristocracia egipcia, que entregaban su cuerpo como parte del ritual de la siembra, para aumentar la “fuerza” inseminadota del río Nilo.
Las prostitutas egipcias al uso (las que cobraban por sus servicios) solían ser bailarinas (o decían serlo, aunque sus bailes fueran de otra manera). Las que eran felatrices (es decir, las que practicaban el sexo oral) se pintaban los labios con tintes vivos y llamativos, para ofrecer el producto (ya he dicho que, ante todo, discretos….) Por cierto, esta costumbre no era exclusiva de las prostitutas-bailarinas (Kat Tahut, se las llamaba, nombre muy gráfico si tenemos en cuenta que “kat” quiere decir vulva). Muchas mujeres de toda condición se pintaban los labios así para indicar que les iba la marcha. La felatriz más famosa de todos los tiempos fue Cleopatra, que dicen que llegó a  chupársela a un millar de hombres uno detrás de otro… Posiblemente falacias, y disculpen el juego de palabras con falo.

Próxima entrega:
La famosa prostitución sagrada  de Babilonia.




martes, 20 de noviembre de 2012

De Desencuadernadas, Garitos y Fulleros (III): Tahúres, Fulleros y Barateros.




Hablado ya del continente y de lo que se hace en él, hablemos ahora del contenido. Tres son los habituales de las casas de juego:

Los tahúres no son en el siglo de oro jugadores de ventaja, pese a que con tal nombre se les conozca en el siglo XXI. En el siglo XVII se conoce con este nombre a los jugadores compulsivos, los que hoy en día llamamos ludópatas, y que en ese tiempo simplemente se decía de ellos que estaban poseídos por el vicio del juego. Ya se ha comentado que el juego estaba muy extendido en la época, pero los escritores contemporáneos dan datos realmente alarmantes: Barrionuevo, en sus célebres “Avisos” afirma que solamente en la Villa y Corte viven unos 378 “caballeros tahúres”, perdidos por el juego. Unos años antes el sacerdote francés Jean Muret, agregado a la embajada del arzobispo de Embrum, se queja en una carta del abuso del juego en la Corte, citando el caso de un grande de España que se jugó (y perdió) una lujosa cama con adornos de oro, que se había hecho traer unos días antes desde Génova. De la misma fuente tenemos noticia de otro jugador compulsivo que, tras jugarse el coche y las mulas que tiraban del mismo, se jugó al cochero, engañando a su oponente asegurándole que era esclavo, y no criado y libre, que tal era su verdadera condición.


“Ya sabéis lo que pasa cuando a algún desdichado dan una estocada, sin que haya lugar de decir ¡Dios, valme!...; esto es a la letra del perder en estos juegos... en un cerrar y abrir de ojos dejan al hombre sin habla, sin dinero y sin aliento...”
Luque Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos

Mezclados con estos tahúres y de los que, sin tener el vicio del juego, gustan a veces de calmar sus ocios con el mismo, están los fulleros, que son, estos sí, jugadores profesionales, amantes de la trampa, que ellos llaman flor, y de la más mínima ventaja. Sus usos y maneras merecen relación aparte, y eso haremos enseguida. Baste de momento al lector que pocas veces suelen actuar solos, que es lo normal que actúen en buena compañía. Con uno o dos fulleros suelen actuar igual número de valentones o rufianes, por ellos llamados “ángeles de la guarda”, encargados de echar mano a la toledana si algún blanco esquilmado protesta de la buena suerte de su compadre, y de hacer desaparecer las pruebas del delito (por ejemplo, las cartas marcadas o los dados cargados) antes que algún curioso, atraído por el escándalo, tenga ocasión de examinarlas de cerca. Otros que andan en cuadrilla con los fulleros son los enganchadores, que atraen con mil y una promesas a los incautos para que se sienten a la mesa en la que han de ser desplumados como pollos. Estos pueden actuar también como pedagogos, ofreciéndose, como de buena fe, a los incautos que desconocen el juego, restándole dificultad al negocio y sentándolo con buenas maneras en la tabla de juego donde se encuentra su cómplice.


Para finalizar, tengan buen cuidado vuesas mercedes, si a pesar de todo quieren jugar en garitos extraños, de quién tienen a la espalda, que no es raro que los cómplices del fullero actúen como apuntadores o guiñones, procurando ver las cartas de la mano del otro y diciéndoselo luego a su compadre con señales secretas disimuladas.

Hay aún un tercer grupo de gentes que van a los locales de juego, aquellos que, como antes se ha dicho, pagan gustosos para entrar sin tener la menor intención de jugar ni una sola vez, y que aún salen del local más ricos que cuando entraron: Para empezar, están los pícaros y gente de la carda, que de encontrarse a algún fullero o descuidero ejerciendo en el local le alargan la mano, para que su compañero de germanía deje en ella algunos reales (normalmente, ocho o diez) a cambio de no denunciarlo al garitero o al responsable del local.
Luego están los entretenidos, aquellos que se dedican a servir a los jugadores en mil y un menesteres: Para empezar, acuden bien temprano a las casas de juego a ocupar las mesas, no para jugar, sino para cederles el asiento a los jugadores a cambio de la primera propina. Luego se mantienen bien cerca de las mesas, para apresurarse en los recados que los jugadores les soliciten: traer de beber, a veces algo para comer, o incluso un orinal, si la urgencia es grande pero el vicio del juego (o la apuesta que se juega) lo son aún más. Estos individuos serviles suelen ser aceptados por el garitero, pues aparte de no dar nunca problemas también procuran ganarse su aprecio realizándole algunos trabajillos menores, como limpiar el suelo, traer naipes nuevos o espabilar las velas.
Y es que estar cerca del que gana puede tener su beneficio, y no poco. Que es costumbre que el que gana una baza ceda parte de su beneficio, en forma de propinilla, a los que están a su alrededor. Así, repartiendo un poco de su suerte, ésta no se aparta de su lado, que ya se ha dicho que no hay nadie más supersticioso que un jugador. A esta propina se la llama “el barato”, y aunque suele limitarse a uno, o como mucho dos reales, es un insulto rechazarla, por muy rico y poderoso que se sea y muy escasa la cantidad que se dé. Mirones hay que viven exclusivamente de estas propinas, y por ello reciben el nombre de Barateros. Con el mismo nombre se conocen, y no deja de ser malicia germanesca, a los matones que, avisados que sale un jugador con abundante ganancia, lo esperan en las cercanías del garito para emboscarle y quitarle la bolsa, sino la vida...

Las fullerías más al uso:

Fullerías de cartas marcadas:
A la acción de marcar las cartas se le suele llamar comúnmente Raspadillo, y se suele hacer con una navaja, a veces simplemente con arañazos o rasguños (en tal caso, se le llama también Uñada, y fulleros hábiles hay que hacen esta fullería en juegos de sangrado, con partidas largas, que tras un par de vueltas los naipes buenos se han vuelto todos marcados). En ocasiones, cuando las marcas son especialmente sutiles y difíciles de distinguir, se le llama a esta fullería Ala de Mosca. Por el contrario, las marcas groseras y evidentes se llaman Colmillo, pues parecen hechas con un colmillo de cerdo. Marcar los naipes con pequeños bultos (frotándolos en determinados puntos contra un grano de arena gruesa, por ejemplo) se le llama Bastilla, Barriguilla o Verruguilla. Otra manera de ciertas cartas para que el fullero las reconozca luego en la mano del contrario consiste en rozarlas mucho para que adquieran brillo en un punto determinado. A esto se le llama Bruñido. Las marcas también pueden hacerse con un simple lápiz o manchándolas con un poco de hollín (Humillo).
La forma más simple de marcar una carta, ya para finalizar, es doblarla para reconocerla luego. A una carta marcada de esta manera se le llama Cayada, Guión o Maestra.

Fullerías al barajar las cartas
Ni que decir tiene que son fullerías que pueden hacerse conjuntamente con las anteriores.
Se llama Alabardilla o Empanadilla al juntar cinco o seis cartas, ponerlas en la parte superior de la baraja y luego barajar por el medio de tal forma que esas cartas no se separen y vayan a manos del fullero; Amarre es disponer la baraja de tal forma que salga la carta que le es más favorable al fullero; Astillazo es meter solapadamente una carta mala entre las del contrario para perjudicarle el juego y evitar de esa forma que tenga una buena mano, y Paquete cuando al repartir las cartas de la baraja, el fullero se queda con un naipe o más y luego los pone sobre el que está encima. Para terminar, se llaman Cartas picantes la baraja que tiene los naipes disparejos, de tal forma que salen más a menudo las cartas que el negro desea.

Otros trucos de fullero:
Dar Lamedor: Fingir que se pierde para animar al contrario a seguir jugando y así ganarle todo lo apostado.
Dar Luz: Enseñar, como al descuido, alguna carta al contrario para que crea que tenemos lo que no tenemos.
Espejo de Claramonte o Cepolería: Mirar las cartas del contrario, normalmente utilizando algún espejo o cristal.
Hacer Burros: Cuando el negro deja que su contrincante cometa todo tipo de descuidos y errores sin advertirle de nada.
Hacer la Feila: Cuando un fullero es cogido haciendo alguna trampa, se finge desmayado o con algún ataque al corazón.
Palma: Trampa que se hace con los dados, consistente en cambiar en el cuenco o palma de la mano un dado bueno por un dado cargado o fusta.

Hablando en Germanía. Expresiones propias del mundo del juego:
Alzarse en el Juego: Retirarse de la mesa de juego cuando todavía se está ganando, sin dar tiempo a los contrincantes a que se puedan desquitar. También se llama “Sacar el dinero del reino
Baldar: Ganarle todo el dinero a un contrincante. También se llama “Dar muerte a la bolsa
Bienes de Vilhán: El dinero que se apuesta en un juego.
Caer la Casa Encima: Cuando un fullero termina arruinándose al haber sido engañado por las trampas que, paradójicamente, le ha hecho otro fullero. También se llama “dar revesa”
Cantar Flor: Descubrir una trampa en el contrario.
Conservari Dineris: Frase que se le cantaba al que estaba perdiendo en el juego. Es un cultismo basado en el salmo de “Conserva me Domine”.
Cuajar la Conversación: Iniciar el juego.
Encierro para la Muerte: Cuando dos o más fulleros se ponen de acuerdo para desplumar al resto de jugadores.
Encuentro: La jugada más valiosa en un juego de dados, cuando en los dos salen los puntos más altos.
Errada: Nombre que recibe una superstición que tienen muchos jugadores, y es que piensan que cuando pierden una vez, perderán siempre.
Espantar la Caza: Ganar muchos lances sin presumir para que el contrario no se dé mucha cuenta.
Gotera en Paila: Ganar en el juego, pero de forma lenta y continuada.
Juegos de estocada: Juegos en los que las apuestas son muy fuertes
Juegos de sangría: Juegos en los que se gana (o pierde) lentamente
Mesa Gallega: Ganar todo lo que hay en la mesa de juego.
Sacar la bomba: Cuando el coime echa del garito a los negros por temor a la justicia.
Tabla de tocino: Mesa en la que se juega a juegos de poca ganancia, o con apuestas bajas.
Tomar una naranja: Empezar a jugar de buena mañana

domingo, 7 de octubre de 2012

De Desencuadernadas, Garitos y Fulleros (II): Donde jugar: Casas de juego y Casas de conversación



Se juega en todos y cada uno de los rincones de las Españas, que ya se sabe que la nobleza tiene por gran deshonor el trabajar en otra cosa que no sea servir al Rey en la diplomacia o con las armas, y de tanto ocio por fuerza ha de nacer el aburrimiento, que es una de las madres del pecado. Como en muchas otras cosas, son la Villa de Madrid, por ser capital, y Sevilla, por ser la desembocadura del río de riquezas que  nace en las Américas. Más de trescientos garitos hay en esa ciudad, y la Villa y Corte no le anda muy a la zaga. Juegan señores y vasallos, nobles y pícaros, se juega en los salones de los Palacios y en las ruinosas covachas de los barrios más bellacos. Juegan hombres y aún mujeres, en cuarteles y en cárceles, en salas de justicia y en mancebías. Pero como hay que distinguir, y aunque cualquier sitio es bueno para echar una baraja, vamos a hablar aquí de los locales exclusivamente dedicados al juego.

Casas de juego

Llamadas por mal nombre Mandrachos, Leoneras y otros aún más germanescos, son locales autorizados por Real Licencia, que se suele dar a soldados lisiados en la guerra, de probada honra, reconocido valor pero escasa bolsa, que tienen así un modo de ganarse honradamente el pan.

Tampoco es mala cosa que el amo o encargado de la casa de juego sea hombre bravo, pues ha de lidiar con los que tienen mal perder, que nunca es del agrado de uno irse con la bolsa menguada o vacía, o con los fulleros y sus cómplices, que todo el disimulo que le ponen a ejercer su arte se vuelve bronca y bellaquería, cuando se sienten descubiertos.
Casas de juego las hay de mayor o menor importancia, llamando los jugadores, comúnmente, “Garitos” a las casas más humildes, en los que la clientela suele ser más miserable. Dicen las gentes doctas que tal nombre viene de la palabra “garita”, que así se llaman los estrechos aposentos de las galeras. Es costumbre pagar una pequeña cantidad para entrar en las casas de juego, se juegue luego o no. Este pago recibe el nombre de paila o coima. Y no se extrañen de que haya quien pague y luego no juegue, que aún en los garitos más infectos no falta alguna comodidad con la que atraer al ocioso, ya sea un botijo con agua fría en verano o un braserillo más valiente que eficaz en invierno. Casas con más pretensiones añaden algún vasejo de vino a los que consideran buenos clientes, o un bocado a los que llevan mucho tiempo jugando, para que el rugir de sus tripas no les obligue a alzarse de la mesa. Y aún diré más, que hay que, yendo cada día a una Casa de Juego sin tocar nunca una baraja, sale diariamente de ella con beneficio. Pero tenga paciencia el lector, que primero es uno y luego, lo otro, y pronto a describir esa gente llegaré.

En una casa con licencia solamente se pueden jugar a los juegos de cartas legales, y nunca a los dados, por ser considerados peligrosos, pues como hasta un zagal sabe es en ellos mucho más fácil hacer la flor. De lo cual se lamentan mucho los soldados, que son muy aficionados a ellos. Claro que, como ya se ha mentado, del dicho al hecho, hay demasiado trecho, y hasta la más honrada de las casas de juego tiene algún lugar tranquilo donde la clientela de confianza se puede saltar las normas.

Casas de conversación

Pero las personas de calidad prefieren distraer sus ocios en las Casas de Conversación, lugares selectos donde, pese a que no se paga por entrar, no puede colarse cualquiera. En ellos se charla de nimiedades, se debate sobre la política del reino o sobre la última decisión de Olivares, los poetillas recitan a sus amigos más íntimos sus poesías y se establecen, a veces, hasta duelos de ingenio, acertijos y composiciones rimadas improvisadas. Y, por supuesto, también se juega. Y a veces a juegos ilegales, y con apuestas altas, que hay que tener muchos hígados o ser muy insensato para sostenerlas, que al no estar estas Casas tan vigiladas por la ley como las Casas de Juego, pueden ser más peligrosos aún que ellas.

Ni que decir tiene que garitos ilegales hay ciento y más, y en ellos se juega a todo tipo de juegos, siendo los preferidos los de estocada, ya que puestos a ser deshonesto, mejor pecar por lo alto que no por lo bajo. De cuando en cuando alguaciles y corchetes hacen alguna redada en uno de estos antros, pero no crea el lector que suele pillar a los jugadores con las manos en la masa, que la cosa suele ser al contrario: Que un Mandracho ilegal puede tener una única puerta para entrar, pero a buen seguro tendrá mil y una salidas. Y no faltan ojos y oídos atentos, que den alarma de la llegada de la gurullada, dando tiempo al grueso de la tropa a emprender la huida:

Si la casa es grande, usan postigos falsos a otra calle; si es pequeña, sobornan a los vecinos para saltarlas paredes y tejados; si tienen, por suerte, alguna iglesia cerca de ella, se valen a costa de su fábrica con muchas tejas quebradas y otros daños. Entiéndense los centinelas y avisos que tienen para este fin con unas metáforas extrañas (...) Sin saber cómo (...) en un momento despachan los fulleros, unos por aquí y otros por otra parte; y apenas cuando entra la justicia halla hombre de los que jugaban (salvo los que tienen vara alta con alguaciles y escribanos)
Luque Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos.
Hablando en germanía:
Nombres de las cartas
As: Asa Fuerte, Eslabón, Punto, Suerte Sola.
As de Espadas: Espadilla.
Cuatro de Bastos: Palos Vacíos.
Dos de Bastos: Horca.
Ocho de Oros: Tabla de Horno, Tabla de Pan.
Rey: Casa Grande.
Seis de Copas: Calle del Puerto.
Siete: Cueva del Becerro, Ronda, Setenil.
Sota: Cuatro letras, Puta (del palo que sea, Espadas, Bastos, Oros o Copas), Soldado.
 

domingo, 16 de septiembre de 2012

De Desencuadernadas, Garitos y Fulleros (I)




Los juegos de cartas en el siglo XVII


Se llama al juego la “Ciencia de Vilhán”, y los jugadores, que de supersticiosos lo son mucho, dicen que era un hombre maldito, quizá un endemoniado si no el demonio mismo. Unos lo hacen árabe, otros flamenco o francés. Otros, los menos, dicen que nació en Madrid y participó en muchos asuntos siniestros, para luego pasar a Andalucía, y terminar quemado en Sevilla por ejercer de monedero falso. Por otro lado, líbrenos Dios de corregir al muy docto don Juan de la Cueva, que en su obra “Los Quatro Libros de los Inventores de las Cosas” dice así:

“Bilhán, nacido dentro de Barcelona
de humildes padres y plebeya gente,
según dice el autor que de él escribe,
fue solo el que en el mundo dio principio
a la invención de los dañosos naipes,
y por ello acabó debidamente
en poder de unos fieros vandoleros
en un pozo por ellos arrojado”.

Por ello los dineros que en el juego se ganan son los “bienes de Vilhán”, y no han de gastarse en otra cosa que en el juego mismo. Pues de lo contrario, caerá el enojo de Vilhán, sea humano, demonio o simple piel de Barrabás, y nunca volverá a ganar nada en el juego, antes bien, perderá todo lo perdible. Y si el ingenioso lector piensa que el afortunado jugador puede burlar a Vilhán no jugando nunca más en su vida, que se desanime al punto: Que Vilhán no tiene prisa, y si el que ganó no juega, a buen seguro que lo harán sus allegados o sus descendientes, que perderán ciento por cada moneda de ganancia: la cuestión es, y ha de tomarse como ley matemática, que el dinero de Vilhán vuelve siempre a Vilhán.
 
Este mítico ser puede ser moro, flamenco, francés o catalán, pero las cartas que usen los jugadores han de ser, por ley, castellanas. Que hay real estanco (es decir, que hay que tener sello y licencia de la corona) para la fabricación de las mismas, y aquel que use barajas prohibidas, por ejemplo, catalanas o francesas, se arriesga a tener que pagar una buena multa, y quizá a visitar la Cárcel, que con la Real Hacienda no se juega (Ni entonces, ni ahora...)

Los gariteros que se tengan por honrados solamente dejarán jugar en sus casas (al menos, de manera oficial) a juegos de sangrado (o sangría), en los que se gana y se pierde de poco en poco. No por otra cosa, sino porque el asunto le conviene: Que le interesa tener el local lleno, que el vicio del juego anima a otros vicios, como el del beber, y se puede pagar por un mal vino el doble que lo que se daría a regañadientes por un Valdeiglesias, que entretenidos por el juego, blancos y negros poco distinguen lo que se echan al gaznate. Pero esa razón por sí sola poco valdría si no fuera que, por pragmática Real, los juegos de estocada, en los que de una sola vez se pueden vaciar una bolsa y aún perder un Mayorazgo, están absolutamente prohibidos. Y aunque la mayoría de los coimes hagan la vista gorda y de cuando en cuando dejen que alguna de estas partidas se lleve a cabo en habitación cerrada y con cierto secreto, la corchetería no perdonará al garitero que permita abiertamente tales actividades, por mucho unto que se les ponga en la mano.

Juegos de sangría (autorizados por la ley):

Cientos:
Juego de naipes para dos personas; gana el que consiga reunir primero cien puntos. Es muy conocido en Francia, donde lo llaman piquet.

Hombre:
También llamado la Polla. Es una variante del actual Tresillo, que se juega entre tres participantes con nueve cartas cada uno. Se discute si su origen es Italiano o Español. Calderón defiende la hispanidad del juego en varias de sus comedias:

De España vino con nombre,
opinión, noticia y fama
a Parma, esto no te asombre,
cierto juego que se llama,
señor, el juego del hombre.
Cesar el juego aprendió,
y un día que le jugó,
teniendo basto, malilla,
punto cierto y espadilla,
la tal pella remetió.

Quínolas:
Juego de naipes que consiste en conseguir tener en la mano cuatro cartas de un mismo palo (a lo que se llama “tener quínola”). Si lo hacen dos al mismo tiempo, ganará la mano que tenga más puntos.

Siete y llevar:
Antepasado directo de nuestro siete y medio actual, se juega usando prácticamente las mismas reglas.


Juegos de estocada (ilegales):

Andaboba:
También llamado Carteta, Juego del Parar. Consiste en sacar primero una carta para los puntos y otra para el banquero, ganando la primera que haga pareja con las que luego irán saliendo de la baraja.

Cargada:
Juego de naipes en el que todos los participantes deben hacer una baza. Todo aquel que no la haga pierde (el llamado Bolo) y si todos la hacen perderá el que tenga más, ya que se ha “cargado” de bazas.

Dobladilla:
Juego de naipes que consiste en doblar la parada a cada suerte.

Otros juegos de cartas:
Juegos poco conocidos, y por lo tanto de legalidad (o ilegalidad, según se mire) no determinada, son:

Malilla:
Juego de naipes en que la carta superior es el nueve.

Primera de Alemania:
Juego en que las cartas tienen otros valores que no son los suyos. Se reparten cuatro cartas a cada jugador y se gana todo con la suerte del flux.

Rentoy:
Juego de naipes entre dos, cuatro, seis u ocho jugadores. Cada uno de ellos recibe tres cartas y se vuelve otra como muestra de triunfo. El dos del palo gana a todas las demás, y el orden es: rey, caballo, sota, siete, seis, cinco, cuatro y tres. Se roba y se hacen bazas como en el hombre (tresillo), se envida y se permiten señas entre los compañeros. Se le supone antecesor del mus.

Hablando en Germanía:

El vocabulario de los fulleros
Baraja de cartas: Bueyes, Cartispitis, Cuarenta y ocho, Descuadernada, Maese Lucas.
Baraja española (sin ochos ni nueves): Cuarentena, Libro de las cuarenta hojas.
Baraja con cartas marcadas: Hechizos, Naipes Hechos.
Casa de Juego: Garito, Leonera, Mandracho, Palomar
Cómplice de fullero: Diácono, Enganchador, Guiñón, Macareno, Pedagogo
Dados: Albaneses, Brechas, Huesos de Muerto, Juan Tarafo.
Dados cargados: Brochas, Fustas
Encargado de un garito de juego: Bolichero, Coime, Mandrachero, Tablajero
Guardaespaldas de fullero: Ángel de la guarda
Jugador incauto, inexperto, de buena fe: Bisofio, Blanco, Despellejado, Sencillo
Jugador profesional: Arador, Búzano, Camodador, Cien Sayos, Donillero, Entruchón, Taquín.
Trampa: Flor, Fullería
Tramposo: Albanés (con los dados), Cierto (con las cartas), Florero, Fullero, Negro,