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domingo, 30 de julio de 2017

En busca del tesoro de los templarios. 1: La capilla secreta del castillo de Gisors



 Al amanecer del día 13 de octubre de 1307 las tropas de Felipe IV el hermoso irrumpieron simultáneamente en las principales encomiendas templarias, acusando a la orden de herejía. Hoy en día está muy claro que lo que pretendía el rey francés (en complicidad con el papa Clemente V) era hacerse con el inmenso tesoro que la orden había acumulado en sus apenas doscientos años de existencia. Sin embargo, a la hora de la verdad, riquezas muebles se encontraron más bien pocas. Hay quien dice que la auténtica riqueza de la orden eran sus numerosas posesiones, repartidas por toda la cristiandad, y bien que pudiera ser cierto...
Pero la leyenda dice que un templario, Gérard de Villiers, logró zarpar del puerto de la Rochelle con quince enormes cofres llenos de riquezas... ¡El tesoro perdido de los templarios!
Pero... ¿A dónde llevó Villiers esas riquezas?

Muchos buscadores de tesoros no se van muy lejos y afirman que la flota fue un señuelo, y el tesoro NUNCA SALIO DE FRANCIA.

A una hora de París, la localidad bien merece una visita. Situada en la región de la Alta Normandía, el turista podrá admirar la iglesia de Saint Gervais et Saint Protais. En una pedanía cercana, Boisgeloup de Gisors, residió Picasso durante seis años, y allí dicen que elaboró los primeros bocetos del célebre “Guernika” A tres kilómetros de la localidad, en la villa de Neaufles-Saint-Martin, el curioso encontrará la llamada “torre de la reina blanca”, alrededor de la cual gira una bonita leyenda de pasadizos secretos y templarios... Un pasadizo que lleva a donde finalmente irán tanto el turista como el buscador de tesoros: Al castillo de Gisors.

Incluso si uno no va con un pico y una pala en el maletero del coche, la visita vale la pena: Es una construcción normanda típica, una muralla resguardando un recinto dominado por un montículo central, sobre el que se alza la magnífica torre del homenaje. Esta torre (o más bien, sus subterráneos) se convirtieron en la obsesión de un hombre llamado Roger Lhomoy. Una obsesión que lo perseguiría toda su vida.

Lhomoy era granjero, oriundo de la región, y había vivido toda su vida oyendo historias acerca del fabuloso tesoro que los templarios habían escondido en unos subterráneos secretos del castillo. En 1944 tuvo la que consideró la oportunidad de su vida: Logró el puesto de vigilante del castillo, lo que le permitió explorar el recinto a sus anchas. Encontró un pozo sellado junto al torreón,  y convencido que era la “entrada secreta” se pasó los dos años siguientes excavando por las noches, con los instrumentos de jardinería a los que tenía acceso (ya saben, pico, pala, azada... poco más). Con ese material tan rudimentario logró abrir una galería de unos veinte metros de profundidad, hasta que tropezó con un muro. Apartó algunas piedras y se coló dentro de lo que describió como “una cripta de unos trescientos metros cuadrados y más de cuatro de altura. Parecía una antigua capilla, ya que había un altar y estatuas de Cristo y los apóstoles en las paredes. Igualmente contó hasta diecinueve sarcófagos de piedra de unos dos metros de largo, aliniados a lo largo de los muros. Y, lo más interesante, treinta enormes cofres de metal, que no pudro abrir por mucho que lo intentó.

Pocos días después decidió dar parte a las autoridades para rescatar el tesoro. Er marzo de 1946... y el circo empezó. Nadie se atrevía a adentrarse por la precaria madriguera que había excavado Lhomoy. Finalmente el valiente fue el jefe de bomberos local, Émile Beyne. Se coló por la rendija y regresó cubierto de tierra, afirmando que había tenido que retroceder, debido a la falta de aire, a pocos metros del final del túnel. No encontró la capilla descrita por Lhomoy, ni muro, ni nada parecido. Sólo una madriguera de tierra que amenazaba con derrumbarse.

Lhomoy acudió a los periódicos y logró el respaldo de la opinión pública. Solicitó continuar las excavaciones con más medios, ensanchando la galería para poder llegar con garantías al tesoro. El ayuntamiento de Gisors no sólo no le concedió permiso de excavación... sino que rellenó la galería que había excavado con hormigón, después de que un experto determinara que con sus excavaciones Lhomoy había desestabilizado la estructura de la torre, provocando la aparición de fisuras en la misma. Ni que decir tiene que el vigilante fue despedido, e incluso amenazado con ser encerrado en un manicomio si no desistía en su empeño de excavar en busca de su tesoro imaginario.

Eso no le desanimó. En 1952, seis años después, se presentó en el ayuntamiento de Gisors con dos socios inversores: dos hombres de negocios parisinos llamados Lelieu y Guiblet. Y, lo más importante, con una autorización del Ministerio de Cultura Francés para realizar excavaciones. Pero en Consejo Municipal de la localidad tenía que dar el visto bueno a dichas excavaciones, y las condiciones que impuso fueron demasiado onerosas: Exigió una cuantiosa fianza para sufragar posibles desperfectos en el monumento, así como la entrega de las 4/5 partes de los beneficios de la empresa, si los había. Los dos inversores decidieron que con tales condiciones no les salía a cuenta el negocio, y Lhomoy volvió a quedarse solo con sus sueños... que cada vez parecían más locos.

El ultimo acto de esta historia (al menos, por ahora) tiene lugar diez años más tarde, en 1962. El entonces Ministro de Cultura francés, André Malraux, presionó para que se reabrieran las galerías. Tras dos años de trabajos, con el asesoramiento de Roger Lhomoy (y cuando según éste faltaba apenas un metro y medio para llegar a la capilla) las obras fueron interrumpidas en febrero de 1964. Roger de Lhomoy murió diez años más tarde, a la edad de setenta años, y, al parecer, su fantasía murió con él...

¿Pero fue realmente la locura de un hombre obsesionado por el fabuloso tesoro de los templarios? ¿O hubo intereses privados que conspiraron para quedarse el tesoro? Lo cierto es que las leyendas locales que escuchó Lhomoy desde niño acerca del tesoro de los templarios escondido en el castillo de Gisors son bien conocidas. Y hasta pueden tener cierta base, ya que el castillo fue propiedad templaria. Hay registros históricos que  afirman que existe una cripta bajo la localidad, así como pasadizos que unían el castillo con la iglesia de  Saint Gervais et Saint Protais (parte de los cuales se han excavado, por cierto) y con la torre de la reina blanca de Neaufles-Saint-Martin. Incluso hay un texto en los Archivos Nacionales, datado en el siglo XVII, que describe en Gisors la llamada “capilla de Santa Catalina”, una cripta subterránea que hoy por hoy aún no ha sido descubierta (aunque la opinión general es que debe estar bajo la iglesia principal de la localidad) y que según dicho texto, que a su vez transcribe otros textos medievales, se parece mucho a la cripta que “imaginó” nuestro granjero tachado de delirante, quijotesco, quimérico y soñador...

miércoles, 31 de mayo de 2017

Trasmoz, el pueblo excomulgado



“Los sábados, después de que la campana de la iglesia dejaba oír el toque de las ánimas, unas sonando panderos, y otras, añafiles y castañuelas, y todas a caballo sobre escobas, los habitantes de Trasmoz veían pasar una banda de viejas, espesas como las grullas, que iban a celebrar sus endiablados ritos a la sombra de los muros de la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte” Gustavo Adolfo Bécquer “Desde mi celda” 1871

Entre diciembre de 1863 y julio de 1864 Gustavo Adolfo Bécquer residió, junto con su hermano Valeriano, en el monasterio de Veruela, para que el clima seco de la comarca aliviase la tuberculosis que padecía el poeta. Fruto de esa estancia es su libro “Cartas desde mi celda”, una colección de nueve escritos epistolares en los que se revela la faceta de cronista del autor. Y tres de esos escritos hablan, en mayor o menor medida, del castillo y del pueblo de Trasmoz.

Y es que la cosa tenía su miga. No hacía ni quince años, hacia 1850, los vecinos habían despeñado por un barranco a la “tía Casca”, una bruja que se dedicaba a lanzar maleficios y aojamientos contra vecinos, cosechas y ganado. Otras brujas que llegaron después y gozaron de mejor fortuna por ser más benévolas, como la “tía Galga” que junto a su hija, que aunque no era bruja la auxiliaba, hacía lectura del destino y fabricaba unos “potajes milagrosos” que curaban muchos males. Muchas de estas brujas se instalaban en las cercanías, o en las mismas ruinas malditas del castillo que se alza a la vera del pueblo.

Lo normal, teniendo en cuenta que la tradición brujeril y mágica le viene de antiguo, a la fortaleza. Las leyendas cuentan que lo levantó el mago moro Mutamín en una sola noche, gracias a un pacto con el Diablo. Desde entonces siempre ha estado maldito, lugar de reunión de brujas que los sábados se reúnen desde siempre para urdir maldades y sacrificar niños con los que alargarse la vida y ganar oscuro poder... Claro que, si son de los aguafiestas, podemos repasar las crónicas históricas y descubrir que, en realidad, la fortaleza se alzó en el siglo XII, y que formaba parte del conjunto de fortalezas que defendía Aragón de su vecina Navarra. Su momento de gloria llegó en el siglo XV, cuando fue cabeza del Señorío de Trasmoz. Con la conquista de Navarra por Fernando el católico en 1512 la fortaleza perdió su razón de ser, y ya las crónicas del siglo XVI dan fe de su abandono y estado ruinoso. Pero ya arrastraba fama de lugar maldito: a mediados del siglo XIII Blasco Pérez, sacristán de Tarazona, se dedicó a fabricar moneda falsa tras los muros de Trasmoz, y para ahuyentar a los curiosos se inventó todo tipo de cuentos macabros de brujas y diablos, que calaron en la imaginación popular y han llegado hasta nuestros días. El pobre sacristán, por cierto, no acabó muy bien: según los Anales de la Corona de Aragón en 1267 el rey Jaime I lo condenó a muerte por tal actividad (aunque, al ser clérigo, es de suponer que se le conmutó la pena)

 No es solo el castillo de Trasmoz el que arrastra la carga de ser lugar maldito y diabólico: También el pueblo del mismo nombre, hasta tal punto que hoy en día es el único pueblo excomulgado del estado español. La cosa tiene su miga: El abad Andrés de Tudela, del monasterio de Veruela, entra en litigio con el concejo de la localidad debido a la posesión de la leña del Monte de la Mata. El monasterio de Veruela es dueño de extensos territorios, de pueblos enteros en toda la comarca... pero no es dueño de Trasmoz, que responde solo ante el rey. Y la localidad gana el litigio. Enfurecido, el abad excomulgó al pueblo y a sus habitantes en el año 1255. (Tenía mal perder, el zagal).

Pero Trasmoz no está sólo excomulgado: También es una localidad maldecida por la Iglesia. A inicios del siglo XVI la situación se sigue manteniendo igual: Trasmoz NO pertenece al monasterio de Venaruela, mal que les pese a los señores monjes. Por aquel entonces Trasmoz pertenecía al señor Pedro Manuel Ximénez de Urrea. El agua que llegaba al pueblo tenía que atravesar zonas que pertenecían al Monasterio de Veruela, y el abad Pedro Ximénez de Embún decidió desviar el río. Se llevó el litigio a las Cortes de Aragón, que fallaron a favor del pueblo y en contra del abad... que demostró tener tan mal perder como el anterior, maldiciendo al señor de Trasmoz, a sus vasallos y a los descendientes de estos. La maldición se llevó a cabo en la iglesia del monasterio y consistió en tapar con un velo negro la cruz del altar y leer el salmo 108 (“Danos tu ayuda contra el adversario, porque es inútil el auxilio de los hombres; Con Dios alcanzaremos la victoria, y él aplastará a nuestros enemigos”). Con cada palabra sonaba la campana. Debió ser una ceremonia impactante.

Hoy en día los habitantes de Trasmoz llevan el tema de la excomunión, la maldición y las brujerías del castillo con bastante buen humor. Hasta hubo, hasta el año 2010, un museo de la brujería, del que existe el proyecto de volver a abrir.

Si quiere ir a Trasmoz, coja la N-122, y antes de llegar a Tarazona coja el desvío en dirección a Vera de Moncayo. Allí coja la carretera local que conduce a Trasmoz. Sólo son dos kilómetros, de no muy buena carretera, eso sí. El castillo se encuentra en la parte alta del pueblo, aunque el coche tendrá que dejarlo, como mucho, junto al cementerio. ¿La mejor fecha para ir? Sin duda, el primer sábado de julio, cuando la asociación “El Embrujo” celebra su Feria anual de Brujería y Magia. Participe en los diferentes actos que se celebran ese día, compre maravedíes falsos para pagar en la feria y los espectáculos, curiosee en los puestos de la feria, asista a las representaciones populares, deguste las tradicionales “migas diabólicas” y ríase de Dios y del Diablo.

Que, al fin y al cabo, se trata de eso...



domingo, 29 de enero de 2017

Los santos prohibidos: 7 (de 7) La beata Bernarda (la del coño)


En esta serie he tratado de ser riguroso, tanto con la tradición eclesiástica como con la versión histórica de las vidas de los diferentes mártires. En esta última, permítanme que me aparte un poco del dogma, y adopte una perspectiva más "ludus iocandi".

Todos hemos oído hablar del famoso “coño de la Bernarda”, en sus acepciones “Esto parece el coño de la Bernarda” o “Esto es como el coño de la Bernarda”. ¿Pero quién fue la famosa Bernarda?

Dicen unos que fue una prostituta sevillana, tan solicitada que su vagina no conoció descanso y sus piernas sólo volvieron a cerrarse ya en el ataúd, una vez difunta. Otros precisan más y dicen que la tal Bernarda fue prostituta que ejerció en Alhucemas, hacia el final de la Guerra del Rif. Las tropas españolas desembarcaron en septiembre de 1925, pero no recibieron orden de avanzar hacia el interior de Marruecos hasta primavera de 1926, entreteniendo la espera con numerosas prostitutas entre las que destacó por su buen hacer la famosa Bernarda.

Sin embargo, corre desde finales del siglo XVIII otra tradición que sitúa a la tal Bernarda en un contexto completamente diferente, no ya como prostituta pecadora sino como santera beata y digna de entrar en el santoral. Esta tradición es la que recogió Manuel Talens en su novela “La parábola de Carmen la Reina” (publicada en 1992).

Según esta tradición, la tal Bernarda ejercía como santera en el pueblo de Artefa (¿quizá Artafe, en las Alpujarras? Aunque otras leyendas relacionadas dicen que estaba el pueblo por Ciudad Real, cerca de Sierra Morena). Unos dicen que se dedicaba sólo a sanar animales, otros que también lo hacía con personas. Sea como fuera, sus curaciones eran muy milagrosas. Pues era, claro, muy religiosa, pese a ser hija de moriscos, algunos dicen que hija natural ¡del rey musulmán Abén Humeya! Que ni en las fechas se ponen de acuerdo las diferentes leyendas, que mientras unos dicen que vivió por el siglo XV, otros la sitúan cien años más tarde, en el XVI.

La santidad le venía a la buena mujer, pásmese, nada menos que de su reverendísimo coño, que según unos metió en él la mano entera san Isidro Labrador (la versión del siglo XV) y según otros el arcángel San Gabriel (la versión del siglo XVI). Y parte de la sanación que tan milagrosamente ejercía consistía en tocarle el santo coño, suponemos que con el dedo, o la mano, que la tradición no lo especifica... Y claro está, a su muerte quedó incorrupto (el coño), y las buenas gentes de Artefa lo metieron en relicario de oro y enviaron mandado al Arzobispo de Granada para que se iniciasen los trámites con Roma, para que la hiciera santa. Pero volvieron los emisarios con la siguiente respuesta:

“Dicen los senyores teologos e dominicos desta Ecclesia de GRANADA que nunca oyóse en toda la christiandad, que el Senyor Papa gobierna, y Christo benedice, que nada bueno saliera del coño de una muller, a no ser el Senyor mesmo IesuChristo, de su Sancta Madre, con todo Virgen, e que por eso la devoçión popular del coño de la BERNARDA era cosa perniçiosa que devía ser desterrada, so pena de mandar la Inquisición a façer las pesquisas oportunas”

Y ante tal cerrazón y con el lógico miedo a las pesquisas de la Santa Inquisición resolvió el cura del pueblo esconder la reliquia, a espera de tiempos más propicios para su veneración. Y ahí sigue.

Y es más, la relación de todos los hechos de la beata (y su coño) quedó escrita para la posteridad en la obrilla “Relación de las cosas verdaderas que acotescieron en Las Alpuxarras en lo que se refiere á una piadosa muller llamada la Bernarda, y al coño della, que fizo grandes milagros para la gloria eterna de Dios nuestro Senyor y de la Sancta Madre Ecclesia, escrita por el Licenciado Higinio Torregrosa, Cura Propio de la Ecclesia del Sancto Christo del Zapato desta ciudád de Artefa”



Y queden ustedes con Dios... que al igual yo me he quedado con ustedes.


sábado, 31 de diciembre de 2016

Los santos prohibidos: 6 (de 7) San Foutin, el del falo.



Seguimos con otro santo francés “peculiar”. Les pongo en antecedentes:

Según la tradición, entre los años 87 y 177 vivió en Lugdunum (la actual Lyon) un tal Potino (Photinus en latín). Tuvo el honor de ser el primer obispo cristiano de la ciudad. Como ser cristiano no estaba muy de moda fue martirizado en tiempos de Marco Aurelio. Lo cierto es que martirizarlo poco, en comparación con otros: Como el hombre estaba muy yayo (90 años, en concreto) quedó fatal de la primera paliza que le dieron y murió a los dos días escasos de su encierro. Como prueba de su existencia y martirio se conserva una carta atribuida a San Ireneo (que lo sucedió en el cargo), dando las malas noticias, y que está recogida en la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea (HE V, 1,1–4,2). Hasta aquí, fetén. Uno más, me dirán ustedes, que no anda precisamente escasa la Iglesia cristiana de mártires...

El problema está que, en francés medieval, “foutre” significa, literalmente, “joder”(en el francés actual se dice “baiser”, que es el infinitivo de besar, lo que ha dado lugar a más de una bofetada de turista escandalizada frente a españolito con problemas idiomáticos... aunque también ha dado lugar a reacciones gozosamente sorprendidas de oh la la que atrevidos son los españolos y todo eso). En catalán es raíz que se mantiene, así que si visitan mi ciudad posiblemente oirán un “no´ m fotis” que es absolutamente equivalente al castizo “no me jodas”

Bueno, sigamos. Por esta confusión lingüistica, al pobre y venerable Photinus, con el nombre de “Foutin” se le empezó a venerar como santo que “resucitaba” la virilidad perdida de los hombres. Se decía de él que ya en vida practicó muchos milagros en este sentido, y claro ¿acaso no iba a hacerlos después de muerto?

Había en Francia dos lugares de peregrinación para los seguidores del santo:

El monasterio franciscano de Les Cordeliers de Embrun, (Altos Alpes), albergaba a modo de reliquia nada menos que el falo momificado (y de considerable tamaño, por cierto) del santo. Sobre esta reliquia, muy milagrosa, se vertía vino en ocasiones especiales, se recogía de la bandeja y luego se vendía en pequeñas redomas como santa medicina contra la impotencia y la esterilidad masculina. El monasterio fue muy dañado en la Guerra de los Cien años (de hecho, hoy sólo queda la iglesia en pie, y aún muy restaurada) y la sagrada reliquia se perdió. Personalmente y por las descripciones pienso que sería el miembro viril de un caballo o burro, pero bueno, ya saben que soy un descreído.

Más importante era el santuario de Varages (Provenza), donde la devoción a san Foutin era tanta que los peticionarios colgaban cipotes de cera en su capilla, a modo de exvotos (no me atrevo a imaginar como lucía la iglesia durante la misa, que me entra la risa). El motivo de tanta devoción era una talla de madera del santo tenida por muy milagrosa: Gastaba un cipote erecto bastante considerable, y las feligesas, así disimuladamente, raspaban unas virutas del mismo para hacerselo tragar con vino a su marido y así resucitar su masculinidad. Por maravilla celestial por mucho que se raspara, el falo nunca menguaba.
No me busquen la talla en Varages, que se perdió durante la Revolución Francesa. Se conoce, eso sí, la explicación del “prodigio”: La talla estaba atravesada por un cilindro de madera a la altura de la entrepierna, y a medida que menguaba por delante le daban un martillazo por detrás para que volviera a crecer. Y cuando se acababa el cilindro, pues otro, que el bosque está lleno de madera. Sobre el origen de la talla ya entramos en el terreno de la especulación: Posiblemente una vieja estatua romana dedicada al dios Priapo, famoso por sus grandes.... atributos.

Próxima (y última) entrega: La beata Bernarda, (sí, la del coño).

jueves, 1 de diciembre de 2016

Los santos prohibidos: 5 (de 7) San Guinefort, (el perrosanto)




Fue fábula o cuentecillo que se hizo muy popular durante la Edad Media. Seguro que cuando se la cuente les sonará. Aunque ya circulaban versiones anteriores, vamos a quedarnos con la versión que puso por escrito Étienne de Bourbon (aunque le gustaba firmar como Stephanus de Borbone, muy pedante él). Este monje dominico e inquisidor fue entre 1223 y 1250 predicador general, cargo de cierta importancia gracias al cual recorrió buena parte de la Francia actual. Redactó un grueso volumen llamado “Tractatus de diversis materiis predicabilibus” (actualmente se encuentra en la Sorbona, por si tienen curiosidad. El fácil de reconocer: Lo tienen atado con cadenas para evitar su robo. Como los libros más peligrosos de cierta biblioteca....) El libro en cuestión pretende ser un catálogo de los errores de la fe, pero se queda en una recopilación de más de 3.000 relatos cortos, escritos con intención ejemplarizante, a menudo con moraleja, muy ameno para los que nos gustan estas cosas.

Según el relato Guinefort vive con su amo, el señor del castillo de Villars-les-Dombes. Éste tiene un niño de pocos meses, y Guinefort acostumbra pasar las tardes en la habitación donde está la cuna, custodiándolo (supongo que sale más barato que contratar una niñera). Un día que el señor se ha ausentado se encuentra al volver la cuna volcada, al niño que no aparece por parte alguna y el perro que viene a saludarle, alegre como hacen siempre los perros... con sangre en el hocico. Convencido de que Guinefort ha matado al niño saca la espada y lo atraviesa sin dudar. Entonces oye un llanto: El niño está escondido tras un tapiz, donde lo ha dejado el perro, y la sangre es de una víbora que se había colado en la habitación. El perro no era el asesino del niño... sino su salvador. Arrepentido vuelve ante el perro, que agoniza y que con sus últimas fuerzas mueve levemente la cola y le lame la mano. Todo muy perruno. Sea como fuere, el señor del castillo mandó que le hicieran una tumba de hombre, pues mejor que muchos hombres había sido, y pagó a juglares para que narraran su historia y fuera por todos conocida. Guinefort fue considerado un protector de niños, y su tumba un lugar de veneración, a la que el pueblo va en romería el 22 de agosto, día de su muerte según la tradición, a rogarle por la protección de sus hijos, sobre todo si son de corta edad. Ni que decir tiene que la cosa no acabó muy bien: La Iglesia consideró que esto de hacer mártir y santo a un perro era herejía de las gordas, así que destruyó la tumba, no sin antes desenterrar los restos del pobre perro y quemarlos, como sutil indirecta a quien continuase con esta tontería de culto.

No debieron los labriegos de la zona terminar de pillarlo, que están documentadas romerías al lugar donde se supone que estaba la tumba hasta 1930, en que se hizo la última. Por si tiene curiosidad la oración que hay que hacerle es:

“Sant Guinefort, protégenos de los idiotas y de las serpientes malvadas”

Amén.

Proxima entrega:: San Foutin. (el del falo)